ÉPALE252-PICHÓN

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

ÉPALE252-PICHÓN 1Regresamos a Patakón, en las catacumbas de Parque Central, no solo para verificar su resistencia al paso del tiempo tras 25 años de permanencia, sino para comprobar que pese a la guerra económica y su devastación, mantiene con hidalguía la calidad, la cantidad y el gusto. Lo de los precios ya es otra historia.

Alguna vez lo reseñó con su pluma lúcida Mabe Chacín (Épale CCS No 56) cuando el plato más caro ascendía a 180 Bs. Hoy el escenario es más o menos así: en un localcito chiquito pero cálido, en el Sótano 1, justo entre las dos torres, sin demasiado aspaviento pero con suficiente personalidad, se esconde (o se exhibe, depende del cristal) el patio (o la cocina, o la antesala) de un ranchón paisa. En su interior, desde una falsa cornisa se desprende un balcón de maderas rústicas, puertas bordadas con vivos colores, flores de artificio y ventanas coloniales, como una fachada que se desborda sobre el Atlántico. La decoración la complementan varios Botero de pacotilla, vasijas de barro y lámparas que gotean tenues desde un techo obscurecido, más propicio para los enamorados que para un grupo de fablistanes hambrientos.

Un detalle coqueto puede ser desesperante: la carta es una simpática ventana de aleros batientes que si usted tiene hambre, va a pasar mucha arrechera al intentar abrir. Una vez superado el trance, lo que sigue es el placer por el menjurje, que es esa expresión tan nuestra para identificar la mezcolanza que tan bien le sienta a la gastronomía costeña colombiana, donde lo que abunda es variedad y cantidad. Lo que un poeta de esta revista, el inefable Rodolfo Castillo, denomina “burreao”.

El patacón es el que usted conoce y casi toda la geografía golosa del Caribe: el plátano verde pisado que en Patakón despachan con diversidad. Queso guayanés, al ajillo, playero, con pollo, con carne, especial, play, etc., patrimonio gastronómico que comparten con igual pasión Colombia, República Dominicana, Costa Rica, Panamá y Venezuela.

Los dueños del local, nos cuenta Ernesto Medina, uno de sus encargados, son barranquilleros y, por tal motivo, expresan en su propuesta un homenaje a su tierra. Lo ratifican en el resto del menú: sobrebarriga, bandeja patakón, bandeja de pollo, fritanga y bandeja paisa: esa promiscua ÉPALE252-PICHÓN 2y seductora manera de servir juntos huevos, arroz, carne, chorizo, morcilla, chicharrón y frijoles rojos, escandalosa para un nutricionista pero conmovedora para un tragón. Eso, acompañado, en nuestro caso, por una impertinente miscelánea de vegetales cocidos que uno no entiende qué hacía en aquel amasijo.

Les va burda de gente de ese universo peregrino y misterioso que hormiguea por entre los pasillos de Parque Central.

También ofrecen otras variedades en el menú, como ensaladas, carnes, pollos, mondongo, ajiaco y pescados. Pero ¿a quién le importa?

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