Simón Rodríguez: enseñar divirtiendo

NIÑO EXPÓSITO NACIDO EN LAS POSTRIMERÍAS DEL SIGLO XVIII, TUVO LA AUDACIA DE REMOVER LOS ARRAIGADOS PRECEPTOS MORALES DE SU TIEMPO CON UN PENSAMIENTO Y DOCTRINA EDUCATIVA PERMÍTANNOS EL LUGAR COMÚNINFINITAMENTE ADELANTADOS A SU ÉPOCA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Varios misterios concurren sobre la figura de Simón Rodríguez, uno de ellos tiene que ver directamente con sus progenitores. Expósito (niño abandonado apenas nacido), señalado por las malas lenguas de ser hijo de un cura de apellido Carreño y se sospecha que nació el 28 o el 29 de octubre de 1769, porque la costumbre de la época era llamar a los niños según el santo que celebraba el santoral. Lo llamaron entonces Simón Narciso, pues como no había quien dijera exactamente qué día había venido al mundo, a la hora de su presentación o registro hubo que ejercitar un cálculo más o menos improvisado o irresponsable y, entonces, convencionalmente se acepta que Simón nació el 28.

Muchos años después tuvo ocasión de desafiar esa costumbre y campaña permanente de la Iglesia, que se empeñaba en que los íconos del catolicismo fueran honrados; sus hijos, nacidos en Ecuador, fueron llamados Choclo, Zapallo y Zanahoria: nombres de especies vegetales y, de paso, comestibles, en lugar de nombres de santos. Ya por esa época se decía de él que era masón, y bien poquito que le importaba.

Bien poco le importaban también la moralina y los escrúpulos de sus contemporáneos, como lo demuestra su muy conocida audacia: todo Chile se estremeció de espanto cuando los niños a los que les daba clases llegaron a sus casas con el cuento de que ese extraño profe venezolano, al dar la clase de anatomía sobre las partes del órgano sexual masculino, se sacaba el chaparro para mostrarles a los pupilos uno de verdad.

FORMACIÓN PARA LA LIBERTAD

No se conocen testimonios acerca de cuánto o para qué les sirvió a esos alumnos verle el machete a don Simón, pero sí se sabe que su método para enseñar, más cercano al juego que a la ladilla de los claustros formales, estimulaba en los jóvenes una visión más sincera y menos rectilínea del mundo y sus fenómenos. De las muchas cosas que su tocayo Simón Bolívar dijo acerca de ese su primer o segundo maestro, resulta notable por lo sencilla y libre de toda ampulosa retórica: la sentencia según la cual Rodríguez “enseñaba divirtiendo”.

También tuvo ocasión de agradecerle en persona lo que había hecho con su niñez, con las siguientes palabras (éstas sí, un poco ampulosas): “Usted formó mi espíritu para la libertad”. Y eso que bastante se le fugó el señorito Bolívar de la casa, cuando el tío se empeñaba en llevarlo para que lo metieran en el carril por métodos distintos a la coñaza y la ladilla de los sacerdotes, y el Simoncito tenía que ser casi arrestado y vuelto a llevar a donde este educador peculiar.

Rodríguez, transfigurada su identidad en Samuel Robinson luego de huir de una Venezuela donde lo esperaba la cárcel, el cadalso o la guerra, viajó por Estados Unidos y Europa poniendo en práctica sus métodos de enseñanza. Diez años después de despedirse de aquel singular alumno que se llamaba como él, se lo volvió a encontrar en el Viejo Continente, cuando ya (apenas) el maestro tenía 32 años y su pupilo 21. Juntos se jartaron varios litros de vino, juntos presenciaron la coronación de Napoleón Bonaparte en Italia, juntos caminaron por los Alpes y juntos hablaron de planes y sueños. En mitad de uno de esos delirios juveniles Bolívar le hizo el famoso juramento en el monte Sacro, que Rodríguez se encargó de difundir después, y es fama que luego de tanta parranda y de tanta emoción ante los monumentos naturales e históricos de Europa el alumno se vino a derrotar imperios y el maestro siguió formando gente para el futuro.

El paradero de los huesos del maestro también son un misterio, aunque la versión oficial haya difundido una versión tan fácil: dicen que los restos de Simón Rodríguez reposan en el Panteón Nacional, pero hay serios indicios de que esos restos que trajeron desde el Perú en 1954 no son los suyos.

Ojalá sea cierta esta última versión, porque probablemente ha habido pocos venezolanos ilustres que se parezcan menos que él a la idea de un panteón silencioso y ahogado de boato: Simón Rodríguez era el estruendo en mitad de la misa, el sacudón en el centro de las sociedades pacatas, el candelorio en la oscuridad de las monarquías y religiones.

ÉPALE 346