ÉPALE269-TROTA CCS

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ • @CLODOHER / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Para hablar de los lugares dónde correr en Caracas, debo comenzar con el parque Los Caobos. Primero, porque llevo años trotando allí, y luego porque en sus senderos, entre zancada y zancada, nació la idea de estas crónicas. También fue en el parque, junto a la fuente de Maragall (lo que yo llamo “mi oficina al aire libre”), donde pacté su publicación en Épale CCS con mi amigo Gustavo Mérida.

Los Caobos es un lugar mágico y humilde. Si fuera un ser humano sería de esos que hacen grandes cosas, pero no tienen pretensiones. Tendría la personalidad opuesta a los que se las echan de mucho.

A veces da la impresión de que no lo dirige nadie, que va al garete, que simplemente está ahí, como un gran solar olvidado en medio de la ciudad. Por ejemplo, se cae un árbol y pasa meses tirado en el mismo sitio, como si a nadie le importara.

Otras veces parece que le hubiesen dado la custodia a un jefe hacendoso, y ocurre que afanosamente cortan el monte, podan los árboles, limpian los espejos de agua. Entonces parece un niño de barrio con ropas domingueras.

LOS CAOBOS ES UN LUGAR MÁGICO Y HUMILDE. SI FUERA UN SER HUMANO SERÍA DE ESOS QUE HACEN GRANDES COSAS, PERO NO TIENEN PRETENSIONES. TENDRÍA LA PERSONALIDAD OPUESTA A LOS QUE SE LAS ECHAN DE MUCHO

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Para los trotadores, Los Caobos es eso que apelando a un lugar común se llamaría “un oasis”. Ya sea que se le entre por la plaza de Los Museos o por el Paseo de la Resistencia Indígena (ex Colón), cumple su función de burbuja de serenidad en medio de nuestra ciudad demente.

Para correr es un lugar casi ideal. Se puede utilizar desde muy temprano y durante todo el día. Incluso en los días calurosos y en horas del mediodía es amigable porque sus innumerables árboles cubren de una agradable sombra casi todo el perímetro de la pista de trote, de aproximadamente 2.000 metros.

En Los Caobos se puede correr de cualquiera de las tres formas que ya hemos estudiado en entregas anteriores: solo, en pareja o en grupo. Si a uno le gusta el cambote, hay varios clubes que tienen al parque como sede. Para encontrarlos basta con ponerse en la pista y seguir a los trotadores gregarios. Esos grupos son tan poco formales y sencillos como el parque en sí mismo. Su carácter popular y sin rollos queda evidenciado en la carrera de despedida de año que suelen hacer el 31 de diciembre. Ese día corren como si fuera la propia carrera de San Silvestre y luego se caen a cerveza.

ÉPALE269-TROTA CCS 1A los que corren en pareja o solos, no les faltará el asesor que les meta miedo con la inseguridad. Yo no soy quien para desestimar esas advertencias, pero siempre he creído que los malandros prefieren blancos más papaya que un corredor. Claro, todo depende de qué tan tentadores sean los posibles frutos del atraco. Los mamarrachos con indumentaria pobretona no llaman la atención. Debe ser por eso que hasta ahora (toco madera) he salido ileso.

El circuito de Los Caobos solo tiene un defecto y este es válido únicamente para los “duros” (corredores avanzados, en el argot): es casi totalmente plano. No hay subidas que pongan a prueba los cuádriceps y el bofe. De resto, es una maravilla, pues incluso la pista de trote está marcada cada cien metros, de modo que se pueden hacer repeticiones y cambios de ritmo, dos modalidades de entrenamiento sobre las que ya hablaremos.

De un tiempo para acá, es posible ampliar el circuito sin sobresaltos hasta la Plaza Venezuela, pasando por el puente de la ciclovía. Antes se podía hacer, pero arriesgando la vida al cruzar una calle con ferocidad de autopista o al vadear una pasarela que funge como sanitario y refugio de indigentes. No se lo recomiendo a nadie.

Otros beneficios de Los Caobos es que al terminar la faena de trote se puede hacer ejercicio anaeróbico en los gimnasios artesanales (esos que usan pesas hechas con cemento o piezas de automóvil) y, en ciertas horas, recibir clases de yoga o practicar fútbol tierrúo (el campo es un auténtico polvero). También puede uno sentarse a contemplar la paz, un extraño privilegio en estos predios citadinos.

Dependiendo igualmente de la hora, es posible comprar jugo de naranja, agua o algo de comer. En la puerta por el lado del Museo de Bellas Artes hay una doña que vende bollitos. Hasta tiene un lema rimado: “¡Bollitos, pa que corra más durito!”.

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