Soñar sí cuesta algo

Por Pedro Delgado / Fotografías Archivo

Sumido en un sopor con etiqueta de duermevela, en una de éstas me vi en la ruta de El Junquito montado en la parrilla de la moto del negrito Luis “Ahumao”, una malandrosa Kawasaki 350, todo terreno ella, que a medio bigote se podía estar en 7 minutos flash girando la curva del kilómetro 12; raspando durísimo vía pueblo desde Boqueroncito, kilómetro 1. Dejar atrás el Curva Azul, el Cherry, Los Picapiedras, albergues cuatro estrellas para la nota de amar a escondidas a precios de bolsillo suficiente, era el un, dos, tres de la mitad del recorrido.

Recordar la década de los 70 es rememorar la banda motorizada cabalgando Norton, BSA, Gilera, AJS, Ducati, Bultaco, Triumph, Honda, Yamaha, Suzuki, Vespa… con la suicida osadía de ir sin casco protector, a full milla por un pavimento cero baches enrollado a la verde montaña al destilar de la gris neblina. Normal era pararse en el 15 a comprarle una botella de hierbaluisa al viejo Rosendo y, de guamazo en guamazo, seguir escalando asfalto y bosque.

Por el kilómetro 17 los golfeados con queso, café con leche y el chocolate sacaban la mano en una alcabala difícil de no apearse. Al llegar al pueblo, con olores y sabores entremezclados se iba uno acercando, sobre todo sábados y domingos, por entre comensales convidados por la fama del lugar, idos a atragantarse de la morcilla y la chinchurria, tan vulgares ellas, desnudando su sabor ante las foráneas y agresivas mandíbulas; tentación aparte la del cochino frito, hallaquitas, yuca y guasacaca.

Y mira tú que para soltar los zapatos al ruedo, muy de pinga el Refugio Alpino con los compases de aquellos panas, Los Satélites; o el negro Oscar D’ León y sus compinches, a punta de 3 de la tarde y dele, en la pista del Junko Park. Un rodeo por detrás de la cancha de los caballitos alquilados: invitación a profanar la maleza a la hora del polvito rápido, sin mucho pararle bolas al sadismo de la plaga.

Muchas vivencias pasadas por la pantalla de la memoria, acercadas al lugar común del recordar es vivir. Soñar sí cuesta algo, decimos, evocando a pleno desarrollo un lugar y un tiempo ya lejano; reconstrucción en mi cerebro de una vivencia difícil de no acatar.

Recientemente, cuando Alfredo “Cachalote”, excompañero de ruta, me comunicó que el pana Luis había fallecido, posiblemente la noticia quedó gravitando hasta llevarla a mi cama aquella madrugada inconclusa.

ÉPALE 381