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POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Una sopa es seria cuando te pone a moquear. Las de La Excusa, de Mercedes a Mijares, edificio La Avileña, en Altagracia, están hechas para aflorar los sentimientos.

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Abarcan un cúmulo de emociones que pasan por la nostalgia (el recuerdo de la abuela), la alegría (barriga llena, corazón contento), la emoción infantil (algún día puedes regresar), la tristeza (te tienes que ir, tienes que pagar) y la secreción pareja si la acaricias con media cucharada de picante de la casa.

Cambian según el día: pollo, costilla, rabo, mondongo, cruzao, con la cualidad invariable de que contienen, de verdad, piezas virtuosas de cada animal, se aderezan con sencillos aliños naturales y no dejan de exhibir una pluralidad de verduras y tubérculos que en la mayoría de los locales han sido declarados extintos.

Danzan con delirio entre sus aguas ñame, ocumo, zanahoria, ají y apio bajo el hervor agitado del mediodía caraqueño, en una de las cuadras con más raigambre del recuadro histórico y a pocos pasos de la iglesia de Las Mercedes, en la calle por donde dicen que una mujer espectral vagaba seduciendo a los viandantes díscolos de la Caracas de entresiglos para luego abatirlos de terror con un abrazo espantoso.

Despachan la consabida variedad nutricional del funcionariato caraqueño: desde desayunos, encabezados por las clásicas empanadas y el café de máquina, hasta los jugos naturales y las birras frías, pasando por la parrilla mixta, que es el plato más costoso: por ahora, en Bs. 11.000. Son polos de una extensa gama de ofertas que convocan a los trabajadores del Banco Central de Venezuela, el Ministerio de Educación o el Colegio Universitario Francisco de Miranda, con sus enormes sedes contiguas, además de los impenitentes que llegan atraídos por una especie de flautista de Hamelín.

Pero la guinda es la sopa con su poder de persuasión y la cantidad justa para saciar el apetito. Un tejido espeso salpicado de cilantro, que alguna vez guarnecían una o dos arepas, completando un círculo apetitoso cargado del placer de las cosas sencillas. Hoy sobreviven las rodajas de un limón.

El local también es sugestivo: abierto, luminoso, con 11 mesas forradas por añosos manteles de plástico y un aliento atemporal que remite a días dorados y decadentes; comensales articulados por el compadrazgo del hambre y el chiste animoso de Daniel, el mesonero que por 13 años ha liderado la atención, servido de réferi en discusiones políticas, aconsejado a visitantes extraviados y servido la sopa, y todo lo demás.

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