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LA SEMANA PASADA HABLÁBAMOS DEL MÉTODO ALÍ PRIMERA DE DESCUBRIMIENTO Y EXPLOSIÓN POÉTICA: COGE CARRETERA Y CANTA UN PAÍS. HOY NOS TOCA EXPLORAR EL MÉTODO DEL OTRO EXTREMO, EL DIAMETRALMENTE OPUESTO: ENCIÉRRATE Y CANTA LOS VUELOS INTERIORES

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE
ILUSTRACIÓN TATUN GOIS

jes no son, necesariamente, o no siempre, estériles. Dicen por ahí que Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana (Sor Juana Inés de la Cruz para los panas y para la posteridad) realizaba no solo vuelos metafísicos sino, además, carnales, y que de alguna experiencia tocable tuvo que sacar algunos de esos versos sospechosos y conmovedores:

Divina Lisi mía:
perdona si me atrevo
a llamarte así, cuando
aun de ser tuya el nombre no merezco.
(…)
Así, cuando yo mía
te llamo, no pretendo
que juzguen que eres mía,
sino solo que yo ser tuya quiero.
(…)
Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.
Hora de ubicarse mejor en el contexto. Que alguien tire, se prepare para tirar o imagine que tira, y después (o antes) vaya y escriba sus sensaciones al respecto, es hoy lo más natural del mundo; para verificarlo basta con instalarse a navegar en ese feisbuc un buen rato. Pero hacerlo en una sociedad del siglo XVII (se lee diecisiete), en un México gobernado por virreyes y por la Santa Inquisición y en un maldito convento donde se supone que las mujeres deben autocastigarse o ser castigadas, el acto de escribir así de sensual adquiere registros de hazaña. Aquí el relato amerita otro paréntesis. Abrámoslo en el párrafo que sigue.

Si algún rasgo es justo y necesario resaltar en esa mujer asombrosa que fue Juana Inés es su múltiple inteligencia. No solo su inteligencia en forma de conocimiento y almacenamiento de datos e información sino, además, su inteligencia emocional (desde niña decidió que no quería casarse: inteligente sí te era) y su capacidad para encontrar la salida (más bien la entrada, como se verá a continuación) en situaciones claves de su vida.

Uno de los episodios más conocidos, entre los que han trascendido de su vida, cuenta que hambrienta de saber y picada desde niña por la curiosidad de las cosas que sucedían en el mundo, e incluso en el universo, tuvo el impulso de entrar a la universidad. Ante el obstáculo mayor —las mujeres no eran aceptadas en la universidad— quiso disfrazarse (o, efectivamente, se disfrazó, dicen otras lenguas) de hombre, cuando rondaba los 14 años de edad.

A petición del virrey Antonio de Toledo, un grupo de sabios humanistas le hizo una especie de examen para evaluar sus conocimientos y aptitudes para las humanidades y la ciencia, y la muchacha salió bien librada. Un cura de apellido Núñez de Miranda tuvo noticias de sus peculiares capacidades. Tuvo noticias, también, de sus nulas y ningunas ganas de engancharse con un hombre (al parecer estaba bien buena y le sobraban pretendientes, pero todos la hacían bostezar), así que le indicó el camino más adecuado: chacha, pues métete a monja.

La joven y su familia aceptaron la proposición que provenía de ese cura confesor de los virreyes, lo cual no era poca cosa, e ingresó o intentó ingresar a la orden de las Carmelitas. A los pocos días la chica renunció a este intento, porque resulta que las Carmelitas son una orden estricta para verdaderas aspirantes a santas, y zape gato: Juana Inés quería que la encerraran en una celda pero con sus libros y sus plumas de escribir, no para que viniera una vieja coñoemadre a levantarla a las 4 de la madrugada para que lavara los baños con media galleta y un vaso de agua entre el pecho y la espalda, qué vaina es esa. Se enfermó la pobre Juana, rebajó como 15 kilos de los 40 que pesaba y aprovechó la palanca que tenía con el confesor del virrey para que la sacaran de esa mierda.

Alguien le dijo que la orden de San Jerónimo era ligeramente menos estricta: solo le permitían ocupar una celda de dos pisos y tener a sus órdenes las sirvientas que sus mecenas y padrinos pudieran pagarle.
¿Escribía lindo, audaz y profuso Juana Inés? Pos sí; ¿desafió a la sociedad de su tiempo? También; ¿se atrevió a debatir con las autoridades eclesiásticas acerca del derecho de la mujer al estudio? Sí señor; ¿aceptó con gusto la posada con servidumbre en el relajadísimo convento de San Jerónimo, donde además de esclavas le permitían leer y escribir, celebrar tertulias, recibir visitas? Pos claro que sí, hermana: bien inteligente sí te era la muchacha.

Una de las asiduas visitantes de la “celda” de Sor Juana era una Leonor de Carreto (aquella Lisi del poema), esposa del virrey y, por lo tanto, virreina. A esta Leonor le dedicó Juana Inés varios poemas que no hace falta tener muy mala intención para olfatearles la caída sensual y provocadora, pero cuando la emplazaron en serio para que explicara a qué venían tanta declaración de amor y tanto manoseo lírico Juana Inés aseguraba que aquello se llamaba amistad y gratitud (la virreina pagaba su estadía en el convento) y Leonor gritaba que el que tiene real puede recibir el amor de los poetas o poetisas que le dé la gana.

En justicia, Sor Juana Inés de la Cruz ha sido ubicada en la más alta cumbre de los autores del barroco hecho en América, como excelsa exponente del Siglo de Oro y como referente entre las poetisas que desafiaron las convenciones en la época colonial. Cuando fallecieron sus protectores, los virreyes, la situación cambió para ella en el convento y en la sociedad. Entró en una etapa de ostracismo que la Iglesia, interesadamente, interpreta como que la muchacha, de pronto, se dio cuenta de lo feo que era andar parándole el machete a los lectores con esos poemas tan rudos. Pero en la vida real lo que ocurrió fue que perdió todos sus privilegios y ya no le fue permitido escribir.

En 1695, durante una peste de fiebre tifoidea, se contagió mientras atendía a los enfermos y murió el 17 de abril. En estos días de noviembre se cumplen años de su nacimiento.

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