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EN SU IV EDICIÓN, EL FESTIVAL MUSICAL PUSO EN EVIDENCIA, UNA VEZ MÁS,
EL ECLÉCTICO GUSTO MUSICAL CARAQUEÑO Y EL ESPÍRITU GREGARIO QUE NOS LLEVA
A PERSEGUIR, EN LOGIA, LOS SONIDOS DE LA URBE. ESTA VEZ, FUE MÁS AMPLIO
Y PROFUNDO, DESDE LOS CAOBOS HASTA LA PLAZA DIEGO IBARRA, DONDE
LOS ESCENARIOS SIRVIERON PARA CANTAR, CONTAR Y GOZAR

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

Unas colas, que a ratos se estiraban o encogían con agilidad mecánica, atravesaban la avenida Universidad en dirección La Hoyada y Capitolio aún a las 8 de la noche, una hora peligrosamente salvaje en ese trayecto de oficinas gubernamentales que, en condiciones normales, queda inhabilitado para la vida civil cualquier día del año, menos el jueves, viernes y sábado, en los que el Suena Caracas espantó los espíritus de las catacumbas, hizo huir a los malandros del Centro y posicionó un ambiente cosmopolita que, por momentos, pareció una estampa de la 5ª avenida de Nueva York.

Las oleadas de gente que escupía el Metro transitaban a sus anchas, persiguiendo el aroma a espíritu colectivo que emanaba la plaza Diego Ibarra, donde se escenificaron los tres días de cierre musical de la programación que se extendió por un mes y devino en un encuentro necesario para el sosiego en medio de anuncios económicos oficiales. Casi todos los olores inclinaban la balanza hacia la buena vibra, los ritmos de la nostalgia y la vanguardia, el viejo discurso del amor y las nuevas modalidades del chanceo donde lo que importa, al final, es el roce de las pieles que se encuentran en el ajetreo de la ciudad que bulle.

Se respiró, en medio de la fiesta de la música, un ambiente de multitudes que, con el letargo de Pacheco y las anchas aceras recuperadas, junto a las luminarias que titilaban con aires mundanos de San Jacinto a Traposos, hizo renacer en Caracas un soplo de celebración continua, pues mientras reventaban los decibeles desde la tarima de la plaza la rumba se multiplicaba en cada esquina, donde el pueblo armaba su propio festín proletario al compás del cocuy y el pajarito, exégesis de la antigua fascinación caraqueña por la cerveza y el ron.

Los rostros de Caracas, todos en el Suena

Los rostros de Caracas, todos en el Suena

Más allá, se ampliaba la celebración del mes más bonito del año.

En Los Caobos se escenificaba el Suena Caracas alternativo y, alargando más hacia el Este la rebelión bonchona, se desarrollaba la segunda edición de la Feria Internacional de Ciencia y Tecnología, que también convocó a un público alegre, aspirando bocanadas de supervivencia.

Bowayo Ras Lecinho

Bowayo Ras Lecinho

Cada espacio, como un mapa indeleble de los gustos y saberes, dejó ver la piel de la Caracas que cada quien decide vivir: los abuelos descarriados, quienes el jueves sudaron nostalgia con los bises del “Taboga” de La Dimensión Latina; la energía deslenguada de los carajitos de cachuchas ladeadas que terminaron suplicando pon pa’l anís, frase que impuso el rapero Gona el viernes, en la noche de hip hop, como un nuevo himno para la curda; la fuerza telúrica del mestizaje que nos ata cuando el sábado todo el mundo saltó a solicitud de los de Criollo House, quienes, a través de un gesto torpe y espontáneo, revelaron lo mucho que aún nos falta por recortarle camino en el imaginario cultural al machismo homofóbico al gritar: “El que no brinque en esta vaina es maricooooooo”.

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Cada día, hasta las 3 de la mañana, hasta que un repentino silencio desolador devolvía el sueño a los residentes de la aledaña La Concordia, donde la rumba tenía acento del Valledupar y, muchas veces, el coro de Ay hombre, del colombiano Jorge Celedón, sonó más alto que lo que emanaba el Festival.

Una alegría rebelde, sin prejuicios ni complejos, se escurrió por Caracas durante el Festival

Una alegría rebelde, sin prejuicios ni complejos, se escurrió por Caracas durante el Festival

VARIEDAD EN EL GUSTO

Mujeres de alhajas y pintarrajeadas alegremente se dejaron meter mano en la obligatoria requisa del jueves, aunque no parecían sospechosas. El viernes le tocó a los chamitos de tatuajes de dragones drogados y zapatillas Converse All Star quienes, de entrada, ya se sabían las letras de sus raperos favoritos, una escena musical que en Venezuela tiene innumerables seguidores y poderosos exponentes que se codean con sus iguales del mundo entero. El sábado fue Caracas toda la que se dejó ordenar para ingresar en mínimas cuotas a la plaza, espacio que cada vez parece menos adecuado para la convocatoria masiva que nadie se quiere pelar pues, una vez al año, vienen los favoritos de la multiplicidad de gustos y, además, hay policías por todos lados.

La seguridad fue extrema, pero hasta la frontera con la avenida Baralt, donde de pronto se acababa el sueño y todo terminaba en un hoyo negro.

El Metro de Caracas, gratis, también hizo su esfuerzo esos días para que todo marchara relativamente en calma y se cumpliera con una convocatoria que reunió todas las miradas de una ciudad, que si algo tiene es gusto variopinto por la música.

La apuesta este año fue coherente con los tiempos que corren: el Festival se extendió por un mes con una programación más íntima, con una mirada hacia el hecho parroquial y comunal y sus expresiones artísticas, con ciento por ciento de talento nacional interactuando con vecinos y estudiantes en distintas comunidades.

En paralelo, la programación que se desplegó en el parque Sucre de Los Caobos reunió a otro público, menos masivo pero igual de consecuente, que se asomó a la Feria de la Música —un corredor comercial con su oferta de alimentos, bebidas y artículos relacionados con la artesanía y la música— y alternó frente a las diversas tarimas en las que se presentaron los artistas de festivales emergentes como El Convite-Otro Beta, Nuestro Canto, Ciudad Canción, conciertos sinfónicos y el Pabellón Infantil, además de un espacio acondicionado como teatro.

En un momento, mientras en la Diego Ibarra no cabía un alfiler, se sentía desalentador ver a la infinita Lilia Vera en Los Caobos cantando para 40 personas, o a Los Pecaya poniendo a saltar, con la misma energía de siempre, a 200 chamos que alargaron su devoción hasta la última tarima del parque, casi a la salida hacia Plaza Venezuela.

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Un reclamo necesario en voz ancestral

Un reclamo necesario en voz ancestral

“YO ME VINE PA CARACAS…”

Todo iba bien, o mal, o quién sabe, en el Suena Caracas 2018 que se desplegaba en el parque Sucre de Los Caobos cuando, de pronto, la irrupción de dos diminutas mujeres invitadas a la tarima por la extraordinaria agrupación caraqueña Big Landin Orquesta llenó a todos de asombro.

Dos mujeres indígenas, diminutas, indefensas, que son casi una triste costumbre en las alcabalas de los pueblos, en algunos pasadizos deprimidos, en los semáforos de las ciudades. Pero ¿en un concierto de ska?

Aquellas mujeres tomaron el micrófono como pudieron y al machucar el español, mezclado con su ancestral voz yukpa, removieron el alma de casi todos los presentes.

“Yo me vine pa Caracas pa que bustedes escuche, porque tenemos problemas allá con el terrateniente que nos quiere sacar de la tierra”, dijo Lucía Martínez y empezó a cantar algo que nos erizó la piel.
A Carmen Fernández, cacica yukpa, se le entendió mejor: “Los ganaderos nos están quitando las tierras y llevamos dos semanas aquí poniendo la denuncia, pidiendo justicia, porque allá no tenemos justicia.

Muchos niños tropeados, muchas mujeres embarazadas, tropeadas, nos quieren quitar la tierra”, y contó el caso de su hija, Mary Fernández, quien fue secuestrada casi tres semanas por paramilitares asociados a los ganaderos de la Sierra de Perijá, donde los poderosos, en alianza con funcionarios públicos y hasta militares, están intentando desplazar a los indígenas para explotar las enormes riquezas naturales, como el carbón y el ganado.

No es nada nuevo. El mismo Chávez lo denunció en su momento. Todo tiene que ver con la muerte de Sabino Romero y los continuos atropellos de que son objeto estos venezolanos desamparados.
“Por eso venimos a Caracas, pa que bustedes ayude nosotros por Fiscalía, porque nos están matando”, dejaron como una exhalación y a más de uno, en vez de bailar, le dio fue ganas de llorar.

Luego, Bobwayo se presentó con el spliff Brigada Sonora, y se nos pasó la cosa.

Truko fue cercano y movió al público a su antojo

Truko fue cercano y movió al público a su antojo

ÉPALE 306

 

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