Suicidio por amor en la literatura

Por Argimiro Serna / Lustración Erasmo Sánchez

En este caso nos toca una extraña anécdota del mundo literario, que causó conmoción en la literatura y el arte en esa España donde insignes estandartes del pensamiento y la expresión, como García Lorca y Unamuno, erigieron sus voces en plena defenestración del país y de un continente por dictaduras y fanatismos frenéticos.

Uno de esos fanatismos frenéticos fue el “falangismo”, que violó el recinto de la gran autora después de su suicidio, borrando las pruebas de un talento considerado prodigioso e inclasificable para el dibujo y la escultura en España. El mismo talento que se consumiría en una pasión de cuentos de hadas, incomprensible para quien tuvo en vida el favor de la buena condición económica, social, belleza, talento de sobra y mucha suerte. Que ante todo eso prefiriera el suicidio por un amor inalcanzable, de nada menos que uno de esos estandartes, Juan Ramón Jiménez, es tela que cortar para psiquiatras.

A Marga Clark y a la descendencia de Juan Ramón Jimenez debemos la publicación de una biografía basada en un diario que dejó la escultora, ilustradora y poetisa española Marga Gil Roësset, incorporada a la Generación del 27 antes de suicidarse, a los 24 años de edad. La niña exitosa, joven admirada por la intelectualidad de su país, nació en la provincia Las Rozas de Madrid el 3 de marzo 1908.

A los 7 años escribió e ilustró un cuento para su madre con cualidades estéticas exaltadas. Cuatro años más tarde ilustró un cuento de su hermana titulado El niño de oro. El segundo, que consagra su maestría ante el público, fue publicado en 1923 en París, cuando tenía 15 años. A los 20 años estudió escultura, y la aceptación de su primera exposición pronosticaba una carrera promisoria.

Pero aquí estalla el contraste entre una vida de éxitos tempranos con su desgarrada historia. El 26 de julio de 1932, dos días antes de su muerte, la escultora escribió: “Qué dulce es el amanecer del día último… ¡ay, Juan Ramón!, se te adentra en el alma por los ojos… las manos… la boca… parece que soy yo la que amanezco azul y nueva”. Y al día siguiente, 27 de julio, añade en la última página: “Yo en la vida estoy tan inmensamente lejos de ti, aunque esté cerca… pero en la muerte ya nada me separará de ti…”; y cierra: “¡Cómo te quiero!”.

Rubén Darío decía que Juan Ramón Jiménez era nefelibata, que significa andar en las nubes. Mostraba actitudes de misantropía general que se asociaban con un síndrome de hiperestesia, que no es más que ser muy, muy arisco, lo que implica poco dado a las aventuras amatorias.

El día 28 de julio de 1932, en una visita a la familia del escritor, Marga le dejó al unos manuscritos, el diario y le rogó que dilatara su lectura unos días. Juan Ramón pensó que eran algunos poemas que la joven acostumbraban a dejar. Ella regresó ese día a Las Rozas y se pegó un tiro en la sien. Esos papeles constituyen el grueso de su obra literaria.

Juan Ramón le dedicó estás palabras:

“Si pensaste al morir que ibas a ser bien recordada, no te equivocaste, Marga. Acaso te recordaremos pocos, pero nuestro recuerdo te será fiel y firme. No te olvidaremos, no te olvidaré nunca. Que hayas encontrado bajo la tierra el descanso y el sueño, el gusto que no encontraste en la tierra. Descansa en paz, en la paz que no supimos darte, Marga querida”.

Ante todo, la joda venezolana aporta una letra que dice: “Por no matarla en cierta forma, ella misma se mató de verdad”.

ÉPALE 356