ÉPALE248-CARACAS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Supe de esta leyenda urbana por primera vez en 1994, mientras entrevistaba malandros para aquel librito que se llama La ley de la calle. Alcancía (así llamaban al hampón, muchacho violento de la Zona 5 de José Félix Ribas, Petare) aceptó contarme peripecias, horrores y hazañas ciertas o improbables porque era amigo de infancia de mi pana Alcides Maldonado, militante de aquellos de acción y efecto residuales, anterior a Chávez y a El Caracazo. Pasa a menudo, y es muy de pinga que pase: uno va tras unas historias y se topa con el germen de otras. Y entonces uno se hace adicto al rebuscamiento de vainas raras, al vicio de la inmersión en la otra historia, la no oficial, la que el periodismo “serio” desecha; la underground, como dicen los que son más ground que under.

Alcancía tenía el cuerpo lleno de marcas de guerra. Hojillazos y puñaladas, la nariz doblada a coñazos, una pinga de cicatriz desde el esternón hasta el bajo vientre: un médico aterrorizado lo operó en seco para sacarle unas balas de los intestinos, porque si lo dejaba morir los compañeros del malandro lo iban a dejar pegao a él. Le sacaron varios proyectiles del cuerpo, pero no todos; llevaba con orgullo un plomo incrustado en el antebrazo y le gustaba decirle a la gente: “Toca ahí pa’ que veas”, y uno tocaba la bala y la bicha se movía debajo de la piel. Me dijo: “Me la mandé a rezar, esa es la ‘contra’ más arrecha para alejar las balas”. Le pregunté que dónde había oído eso y él no se acordaba, pero me dijo que eso era así y ya. Que los paleros y marialionceros hacían ese trabajo: rezaban un fragmento de bala, le cortaban la piel al interesado, le sembraban el pedacito de plomo debajo de la dermis y cosían. No le pregunté más, pero ese dato se me quedó incrustado aquí, como una bala sin rezar.

En el año 2000, al entrevistar a unas enfermeras que andaban en la ambulancia de una ONG dándoles atención médica a unos huelepegas (niños de la calle) por Sabana Grande, les escuché los cuentos sobre el tipo de lesiones que habían atendido en esas correrías, y me volví a tropezar con la leyenda: a un niño se le hizo una llaga purulenta en el pecho por andar metiéndose un pedazo de plomo en condiciones de insalubridad. “Eso se lo hicieron unos locos que hacen brujería por el Guaire, frente a Los Caobos”. Abordé a los huelepegas que rodeaban la ambulancia para que me llevaran donde esos brujos. Uno de ellos me aseguró que los conocía y que me los presentaba si le daba 50.000 bolos. No recuerdo qué se compraba en ese entonces con 50.000 bolos, pero se los di. Me dijo que ya regresaba y, por supuesto, no lo vi más nunca.

Unos días después fui con un fotógrafo y unos panas para las riberas del Guaire, a la altura de Los Caobos, a ver si daba con esa historia. No la encontré, pero sí que se me atravesaron otras: un montón de velas y cabezas de pollo clavadas en los árboles, una enfermera en la indigencia que vivía ahí con su macho y que estaba esperando a su hijo, quien vivía en Vargas y quería pasar con ella las vacaciones; la cueva que servía de guarida o vivienda de varios transexuales, el señor infectado de VIH que esperaba la muerte embojotado en unas sábanas, a la intemperie. Caminamos desde plaza Venezuela hasta Parque Central y no aparecieron los brujos.

Dejé de ponerle empeño a la historia o leyenda, hasta el año pasado. Bien lejos de Caracas, en el piedemonte barinés, oí a un obrero colombiano, de paso por la montaña, contándoles a otros que había sobrevivido a la guerra de su país de varias formas. Una de ellas, gracias a la contra: allí tenía, visible en el brazo, la marca de la bala sembrada. Lo abordé, pero creo que lo hice mal: una persona que huye de la guerra no tiene que ser muy dada a hablar con desconocidos. El tipo me sacó el culo olímpicamente.

No debe ser muy difícil encontrar las coordenadas de ese ritual, pero a mí se me ha hecho esquivo. Algún día será.

ÉPALE 248

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