Tartufo conoce a quien engaña

¿Quién ha escuchado algo sobre la ética de los cochinos? ¡Nadie! Su anecdotario grotesco está relacionado con gruñidos, chillidos y un hambre feroz, omnívoro. Así que cuando escarba desesperado, al pie de un castaño, parece contradictorio que todo sea porque su olfato ha descubierto una trufa: ese hongo exquisito que guardan en cajas fuertes en algunos restaurantes que son templos de la exclusión y del privilegio.
La trufa también trae consigo otra paradoja ya que, caracterizándose por ser esa exquisitez tan de punta en cualquier pirámide gastronómica, su nombre en italiano dio pie para bautizar a un personaje repugnante como es Tartufo: ese impostor, devoto hipócrita cuya picardía mueve al desprecio, y no a cierta risa tolerante como la que podría provocar Arlequín, el Lazarillo, Pedro Rimales o nuestro Tío Conejo.
Tartufo se mueve y predica en nombre de los más altos valores morales, pero en realidad está al servicio de enriquecerse, de satisfacer sus placeres y de cualquier otra cosa que contradiga lo que dice defender.
Moliere le dio corporeidad a una actitud, a una tara psicológica que arrastra la humanidad desde los tiempos en los que el acopio de bienes organizó muchas sociedades; en donde no sólo se acumulaban bienes, sino poder. Y quienes lo ostentaban impusieron una correspondencia del bien con el dinero y el poder.
“… conoce a quien engaña, aprovéchase ofuscándole con cien apariencias y con su hipocresía le saca sumas a toda hora, adquiriendo además el derecho de censurarnos a todos.”
No vaya a creer el lector que esta descripción que hace Dorina, una criada de Orgón, es basada en Luis Almagro (aunque cada afirmación le cuadre de manera tan exacta); se refiere, por supuesto, a Tartufo. La diferencia estriba en que Almagro es mucho más repugnante y pernicioso. No se trata de quitarle méritos, en esto de ser repulsivo, al personaje de Moliere; seguramente que si hubiese tenido que estar al servicio de Trump, y no de Orgón, su comportamiento hubiese sido tan aciago como el del secretario de la OEA. Lo aclaro porque hay una dimensión de Tartufo, que lo caracteriza como un arquetipo, que rebasa la anécdota para descubrirse como algo que subyace en el inconsciente colectivo desde mucho antes de Moliere. Por ello lo podemos distinguir en los zapatos del tal Almagro, pero también en el de cualquier gestor aduanero, pongámosle Gago, para darle cierto aire payasesco; o Guaidó, para otorgarle realismo cómico al asunto; o esos abogados (incluyendo jueces) que pervierten la Ley en nombre de la Ley; o de algunos jerarcas castrenses que convierten en oro personal cualquier cosa que toquen. Por eso es que la imagen de este arquetipo se me parece más al cerdo gruñón y chillón que escarba goloso, que al exquisito manjar que descubre bajo tierra.