Te lo cambio

EL DESBORDAMIENTO DEL CAOS ECONÓMICO, PRODUCTO DE LAS PRESIONES FINANCIERAS INTERNACIONALES, HA ABONADO EL TERRENO PARA LOS GESTOS DE SUPERVIVENCIA COTIDIANA, INCLUYENDO EL TRUEQUE, UN RECURSO DONDE SALE PERDIENDO EL PUEBLO

Por Marlon Zambrano • @Marlonzambrano / Fotografías Mairelys González • @Mairelysg27 / Dahory González 

Caracas es una ciudad de intercambios sibilinos. Se ha convertido, gracias a las fuerzas primarias de la supervivencia, en el hábitat natural del chanceo.

Todo es intercambiable. Como piezas de un rompecabeza gigante, cada engranaje encaja en una coreografía infinita, donde el precio de las cosas lo impone el azar: un beso y un kilo de harina de maíz se tasan, bajo el sopor de la calle, al precio que inspire el instinto.

En medio de una economía de guerra, que encuentra escenarios mortales a la vuelta de la esquina, la cotidianidad está plagada de gestos homéricos. Desde tomarse un refresco con la novia hasta comerse un almuerzo balanceado, forman parte de una epopeya similar a la búsqueda interminable de la isla de Ítaca, y uno —indefectiblemente— termina convertido en Ulises.

El costo de cada cosa es tan impreciso que ya no lo dicta las fluctuaciones de la tasa de inflación en bolívares, ni el promedio que establece al cambio el valor del dólar paralelo. Es, quizás, la clarividencia, el olfato, la sospecha, lo que regla cuánto cuesta un producto determinado en establecimientos comerciales o en las rutas de la informalidad.

Tal orgía ha legitimado un fenómeno emergente en el país: el trueque. Para unos, un idílico regreso a las raíces, la búsqueda de la ancestralidad, cuando los primeros tratos comerciales entre los pueblos originarios se tranzaban con la permuta. Para otros, un terrible retroceso que nos devuelve a una fase elemental de subsistencia.

Hay quien no romantiza nada, y concluye que no es sino un irremediable mecanismo de resistencia.

Lo más común es ver el intercambio de arroz por lo que sea

El valor de las cosas

El trueque consiste, simplemente, en intercambiar un objeto o servicio por otro sin que medie dinero en la operación. Se trata del precursor del comercio como lo entendemos hoy en día. Hasta aquí todo bien. Se supone que sea un trato justo, un producto o prestación similar al cambio, como lo fue, quizás, en la prehistoria de la economía.

En la fase inaugural de la civilización, el trueque fue lo que permitió a los primeros asentamientos humanos dar el siguiente paso y crecer hasta convertirse en poblados. Aunque posiblemente se practicase desde siempre, empieza a cobrar fuerza cuando surgen los primeros excedentes productivos en las comunidades como método para mejorar su eficiencia. Si un determinado terreno no era apto para el cultivo o sus habitantes eran buenos cazadores, podían prescindir en parte de esa actividad e intercambiar su caza por plantas, armas o cualquier otra cosa que necesitase.

Las monedas comunales fueron un intento simbólico por “regular” el trueque

Su limitación más visible es que se hace necesario encontrar a alguien que quiera intercambiar lo que nosotros deseamos por lo que él ofrece, lo que puede consumir mucho tiempo. Como respuesta a este problema surgieron casas y mercados de intercambio en las que bastaba con depositar la pieza para que ésta se encargara de llevar a cabo el trapicheo.

El otro problema, quizás el más importante: la dificultad de calcular el valor exacto de las cosas a intercambiar. Al tratarse en muchos casos de alimentos perecederos, animales y herramientas, resultaba complicado determinar un valor nominal para el canje. ¿Valen lo mismo dos gallinas que un cochino? ¿Una silla que una lanza? ¿Y si una de las gallinas está medio enferma?

En respuesta comienzan a aparecer las diferentes unidades de medida hasta el nacimiento de las monedas. La sal, debido a sus propiedades para conservar los alimentos y ser por lo tanto un bien necesario, fue una de las medidas más utilizadas. De ahí el concepto de “salario”.

La aparición de las monedas dio lugar a los primeros sistemas económicos modernos, mientras el trueque siguió existiendo, hasta nuestros días, más que nada en el ámbito de lo alternativo y artesanal.

También se paga el pasaje a punta de trueque

La sacudida del dinero

En la Venezuela del siglo XXI el trueque floreció como un hecho anecdótico: una representación simbólica de la Revolución Bolivariana, al proponer criterios de equidad en los intercambios comerciales. Poco a poco se fue haciendo una alternativa a baja escala, ante las injustas reglas de la economía de mercado.

En ese contexto surgen las monedas comunales, que se utilizan para facilitar las operaciones de trueque comunitario, enmarcadas en el Decreto Ley para el Fomento y Desarrollo de la Economía Popular del 31 de julio de 2008. Así, nacen en Yaracuy la lionza; en Miranda, el cimarrón; en Nueva Esparta, el guaiquerí; en Trujillo, el momoy; en Falcón, el zambo; en Sucre, el paria; en Zulia, el relámpago del Catatumbo; en Lara, el tamunangue; en Barinas, el ticoporo; en Monagas, el turimiquire y en Caracas, el caribe.

En medio de la agudización de la ofensiva internacional contra la Revolución Bolivariana, que desembocó en un bloqueo financiero internacional liderado por las mayores potencias económicas del mundo, el trueque pasó a formar parte de las estrategias de resistencia de la economía doméstica, cada vez con más vigencia en vista de las enormes perversiones del mercado y su carrera desbocada hacia el caos.

Lo más difícil es calcular el valor exacto de las cosas a intercambiar

Con una de las tasas de inflación más elevadas del mundo, estadísticas sorprendentes de devaluación del bolívar, escasez de efectivo y la imposición del dólar como definitiva moneda de la cotidianidad, el intercambio de productos es el único modo de supervivencia de un grueso importante de la población que no tiene mecanismos formales para cubrir sus necesidades más elementales.

José Félix Alvarado, economista y ex director del Banco Central de Venezuela, rescata la importancia del sentido simbólico del dinero a despecho de los economistas formados en la escuela neoclásica: no solo se trata de un medio de pago, unidad de cuenta o reserva de valor, sino que también se debe considerar en su perspectiva histórica y social.

José Luis Cordeiro en su libro La segunda muerte de Bolívar… y el renacer de Venezuela aclara que era tan esencial el recuerdo del padre de la patria durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco, que en 1879 se cambió el nombre de la moneda venezolana al de “bolívar”.

Hasta entonces, las monedas habían fluctuado entre distintas denominaciones y respaldos, desde el “peso español” de plata durante toda la Colonia, hasta el “venezolano de oro” (1857), igual a 5 francos franceses de oro. Se le llamó “peso fuerte” y su valor era prácticamente igual a un dólar de los de entonces.

Los plátanos florecen y se intercambian rápidamente

Se trueca lo que sea

Desde carne hasta arroz; desde pasajes hasta el billete de un dólar. A la par de la extinción del bolívar y el reinado de la moneda estadounidense, el intercambio de productos y servicios se fortalece.

A nadie le extraña ya ver a un pasajero de transporte público desenfundar un paquete de arroz para saldar el costo de un pasaje en rutas urbanas y suburbanas. No es un misterio que en céntricas avenidas de la capital como Fuerzas Armadas, Baralt y Urdaneta, se puede permutar casi todo, en tratos absolutamente injustos y furtivos que benefician siempre a los comerciantes —sobre todo informales— al “cartelizar” el monto del intercambio.

Es posible presenciar la entrega de un litro de aceite a cambio de tres paquetes de arroz; que te quiten un kilo de harina de maíz (que no sea de la caja Clap) por dos kilos de plátanos; un kilo de pasta por un litro de cloro.

En las costas venezolanas, sobre todo en parajes alejados de la capital, como los litorales aragüeño y barloventeño, es común presenciar el arribo de vehículos particulares que abren sus maletas cargadas de productos de alimentos “secos” para cambiar por pesca. En las regiones agrícolas, el procedimiento es similar, pero a cambio de hortalizas y verduras de temporada.

La operación se repite en las redes sociales. Grupos de WhatsApp y Telegram se abren exclusivamente para la permuta, y los espacios de trueque se multiplican en Internet como una solución fluctuante a las dificultades de resolver la vida cotidiana con el poco rendimiento de sueldos y salarios que se diluyen en la nada.

ÉPALE 401