Tener una madre, ¿la deuda eterna?

Por Rummie Quintero Verdú / Ilustración Justo Blanco

Cuando nacemos, la mayoría de las veces, es sinónimo de emociones positivas: alegría, felicidad, regocijo, etcétera, o por lo menos así se aparenta. A medida que vamos desarrollando el sentimiento de agradecimiento que debemos tener hacia quien nos trajo al mundo, éste se va convirtiendo en una especie de “tortura” que nos hace ser indignos(as) de haber tenido la “dicha de venir a este mundo”.

Que una mujer se haya dado el permiso de “tener un hijo o hija” no siempre pasa por su deseo particular. La mayoría de las veces parece que ese neonato o neonata no fue deseado(a), y mucho menos planificado(a). No importa si ellas cuentan con el apoyo o no del otro (padre biológico), o si contarán con él a nivel de la corresponsabilidad que debería acarrear ser padre. Lo cierto es que con el título de ser madre (mujer a la cual se le otorga el “fabuloso privilegio” de ser la “dadora de vida”) vienen un montón de dejares: dejar de ser ella principalmente, dejar de cumplir con sus necesidades vitales, dejar de experimentar la vida independiente, dejar de cumplir sus metas; y con frecuencia escuchamos, en la cotidianidad: “Es que me sacrifiqué por ti”, dirigiendo este axioma a los hijos o hijas. Luego, esto se convierte en el eterno reclamo indirecto que resuena en nuestros inconscientes y que nos convierten en seres tan complejos, porque está planificado para alejarnos de nuestra felicidad particular con otra(s) persona(s) y, peor aún, con nosotros y nosotras mismas.

Posiblemente, en la actualidad, eso haya cambiado un poquito porque ahora hay un poco más de consideración y de políticas dirigidas a apoyar a las madres. Sin embargo, es cuesta arriba ser madre; si no cuentas con un apoyo de pareja, familiar y social es más cuesta arriba. Entonces, ¿cómo esperar que ellas no sientan que “le debemos algo”?; corrijo: ¿cómo no piensan ellas que “le debemos la vida” si dejaron la suya por unos años y, en algunos casos, por la eternidad? Pero, la reflexión es: hasta cuándo dura el sacrificio, ¿hasta cuándo habrá que seguir pagando la deuda de haber venido al mundo? Esto lo comparo con el famoso “pecado original” que seguimos sufragando los mortales por causa de quienes, según, asesinaron a un señor que yo ni conocí. Si el traer a un hijo o hija a este mundo es un acto de amor, hay que valorar las complicaciones que esto acarrea en la vida de una mujer, y cabe preguntarnos si realmente será un acto de amor o es consecuencia de todo el peso moral, social, legal y espiritual que recae sobre la mujer que se atreve a interrumpir, voluntariamente, su embarazo. Muchas de ellas deciden, al final, tener ese hijo o esa hija, supuestamente, por amor, olvidando que el principal acto de amor debería ser hacia ellas mismas. Ella debe comprender y tomar la decisión que más le convenga, y no a las demás personas ni al sistema opresor en el que vivimos. Es así como, en el juego de roles, se va creando una especie de maraña que entrama a los hijos e hijas con sus madres en un volcamiento inconsciente que nos hace ser como somos: seres complejos, con un sinfín de inseguridades, de temores, de traumas, de dolores en el alma, porque la deuda es infinita… posiblemente sea así. Sin embargo, si la madre es la dadora de vida ¿cómo es que no puede rescatarnos de la muerte?

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