POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN GABRIEL LARA

ÉPALE270-SOBERANÍASTodo comienza con un dolor hondo en lo más profundo del estómago. Es un malestar pendular, que va y viene en oscilaciones vertiginosas. Le sigue un desvanecimiento de las piernas, frío glacial entre los muslos y un estado general de torpeza que te congela los brazos y deja tu lengua trabada sobre el pastizal seco en que se te convierte la boca. No salivas. Los ojos se te nublan por una cortina plomiza que te impide mirar con seguridad, y el sudor comienza a contribuir con tu repentina ceguera.

Los pensamientos te traicionan: la distingues entre tus brazos, acariciada con loca pasión y sumisa entre tus pulsaciones, embadurnada entre el cuello y la oreja de una sola lambida. A la vez la sientes distante, incómoda, suplicando con su mutismo intransigente que desaparezcas. “¿Le hablo?” Te preguntas. “Veo dos opciones si le digo algo: se arrecha y ni me voltea a ver, lo cual me hundiría el orgullo hasta las catacumbas, o me responde solo por amabilidad, como para pasar triunfal el rato amargo”.

“¿Qué hago?”. Sudas a raudales. Buscas entretener la vista, pero no logras evitar posarte de nuevo sobre sus tetas, sobre su cabello de medusa retorcida. Sus caderas de fantasía, su piel de barniz cobrizo, y los lentes culo’e botella de lectora del Chino Valera que casi te infartan. Pero nada sería lo mismo sin ese extraordinario trasero de bestia voluptuosa, monumento al trópico, que cincela en su conjunto una forma de belleza brutal.

“¿Y si le caigo y me confronta?”. Es la misma maldita pregunta que siempre te ha dejado amores en el tintero, relaciones cortas o largas sin siquiera empezar. Pero ¿y si coopera? “Voy pa esa”, te dices acopiando una fuerza milagrosa que te hace mover un pie.

Te arde la cara, sientes llamear desde tus ojos, el sudor empapa tus manos y ya te sabes desnudo e imbécil, sin capacidad ni para articular media frase que te pueda servir de plataforma para hablarle, mucho menos para enamorarla. Sabes que podría ser ella, “la maga”, la que te salve del destierro del onanismo, la que te llene de carnes y coitos en esa fragua amatoria de la existencia que como siempre, se te escurre.

Nos consuela Misael Salazar Léidenz cuando habla en su Geografía erótica del venezolano, de la “permanente timidez que padecen los caraqueños”, obligados a consumir menjurjes como la yohimbina, los fosfatos vitaminados, el mentol chino y muchas otras panaceas de la sexualidad y la seguridad, desde muy chamos.

¡Ni que me tome lo que me tome! En ese trance de transpirar frente a la posibilidad del escarceo sexual, temblequear en la sola presencia de ese luminoso objeto del deseo, hemos dejado un sinfín de suspiros y la absurda nostalgia —como advirtió el gran Sabina— de añorar lo que nunca jamás sucedió.

ÉPALE 270

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