Tipos de trotador: la superdura (i)

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ@CLODOHER / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Hay muchas mujeres trotadoras, pero entre ellas destacan las superduras, quienes aunque saben que no van a llegar a las Olimpíadas se toman este deporte en serio.

Ellas empiezan y, rápidamente, se dan cuenta de que les aburre (más bien, les horroriza) ser “la muchacha que corre”; o, peor aún, “la señora que trota”; o, requetepeor, “la doñita que hace ejercicio”. Entonces, sobrecompensan y se dan a respetar convirtiéndose en una superdura.

Casi todas las superduras son obsesivamente competitivas. Y no se conforman con medirse con otras damas. Su verdadera confrontación es con los tipos, especialmente con esos que creen que todas las mujeres son lentas y torpes para los deportes. A veces ni siquiera se trata de que los hombres lo crean, sino de que están convencidas de que ellos lo creen… ¿me explico?

La superdura siente satisfacción cuando va por los senderos de un parque rebasando a doñitas que trotan. Pero el gusto es muy especial si dejan atrás a los hombres; y el placer es mayor si los varones en cuestión no son viejitos (reales o prematuros), sino sujetos de su edad o más jóvenes. Son pequeñas victorias sobre el machismo, que ya no resultan tan pequeñas si se producen en algún maratón, medio maratón, 10K o, incluso, en los grupos de entrenamiento. No es extraño que luego de una de estas performances ella te mire con desdén y tú te convenzas de que, al menos para sus adentros, te está diciendo: “¡Viste cuántos metros te saqué de ventaja, pendejo!”.

En su preparación, no pocas superduras prefieren juntarse con sus pares masculinos, porque sienten que las otras mujeres no les dan el nivel. Entonces, es frecuente verlas devorándose las pistas en manadas de varones y asumiendo algunas actitudes que nuestra cultura patriarcal ha reservado a los hombres, como vociferar groserías y vanagloriarse de ciertos actos sexuales. Seguramente es por eso que algunos hombres se sienten intimidados por las superduras, y no falta quien las quiera tachar moralmente. Ellas, por supuesto, ni pendientes.

ÉPALE 345

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