ÉPALE252-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Se nos da fácil criminalizar la actividad minera, ese ritual perverso de destrucción de ríos, vegetación y seres humanos. Lo que la Revolución Industrial le aportó al capitalismo fue la maquinaria de devastar naturaleza a mayor velocidad, en ese afán tan fácil de justificar desde la palabra y la presunta comodidad de la especie: necesitamos construir ciudades porque ese es el sello planetario del proceso civilizatorio. Civilización: lo que nos aparta de la animalidad y nos convierte en seres dispuestos a manufacturarlo todo.

Construimos ciudades gigantescas porque le tememos a la naturaleza, y en ese miedo insólito al sistema del que venimos somos capaces de extinguir ríos, tigres, árboles; somos capaces de condenar a la burla y al olvido el saber corporal que nos facilitaba la autocuración. Cualquier perro o gato doméstico se desparasita a sí mismo echándole diente a ciertas yerbas que nosotros despreciamos. ¿En qué universidad aprendió ese perro cuál es la planta que lo cura o que lo mantiene lo suficientemente sano?

Al sur de Venezuela y al norte del estado Bolívar hemos trazado un mapa al que hemos llamado “Arco Minero del Orinoco”. Los simples titulares de esa decisión le han puesto los pelos de punta a un gentío; son 111.800 kilómetros de territorio que, según dicen los propagandistas y confundidos por la propaganda, es purita selva virgen y que ahora vino Maduro y se la entregó a unos canadienses para que la destruyan y se embolsillen los recursos del subsuelo. Imposible agarrarle cariño al Arco Minero cuando ya hemos decidido creer ese discurso y esa forma de describir lo que en realidad está ocurriendo y dejando de ocurrir en esas inmensidades.

Ahora me van a perdonar la autorreferencia, el piquete personalista. Tengo unos añitos lanzándome, con más irresponsabilidad que vena heroica, detrás de los enigmas, historias y personajes que me apasionan, me inquietan y no me dejan dormir. En esta etapa he decidido suspender por un rato la búsqueda de la montaña ideal, e irme a esos espacios y comunidades donde se practica la minería. He querido ver de cerca y desde adentro el fenómeno, y en eso tengo ya unos días. Quiero meterme en la médula social del asunto y ya confirmé que el pequeño minero no es necesariamente un criminal, la mujer de las minas no es apriorísticamente una puta y los huecos de donde se sacan oro y diamantes no fueron abiertos por Chávez ni por Maduro. Es mentira que aquí se va a abrir un hueco gigantesco que va a convertir al Orinoco en un enorme charco de mercurio, sangre y mierda, y es mentira que las zonas mineras son los únicos lugares del mundo donde hay bandas criminales, drogas y prostitución. Asómese en la avenida Baralt para que vea todo eso, sin necesidad de venir a chapalear tan lejos.

Por varios medios reportaré desde el sitio cuanto vaya consiguiendo, feo y bonito. Me gusta verle la cara a la historia antes de comenzar a discursear sobre ella, y aquí he visto rostros trabajadores, explotados y con ganas de organizarse para seguir adelante. Seguir proscribiendo la minería, mientras nos aprovechamos de la riqueza que ella genera, sería decirles a miles de seres humanos que deben abandonar su vida y su historia familiar y hacerse agricultores, intelectuales o pescadores, porque eso es lo que a mí me parece chévere. Hace rato me cansé de que sean los burócratas y los jipis los encargados de decirnos a qué le debemos temer y qué cosas hay que silenciar. Sáquenmelo.

ÉPALE 252

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