Virgen de Guadalupe

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Juro por mi madre que mi vecino, un negro extraordinariamente amable, noble, trabajador, parrandero, jugador de dominó, bebedor a destajo los fines de semana, amado esposo y excelso padre —según sus propias hijas— visionó a Cristo en una arepa tostada.

La figura, que capturó a través de una mala foto de celular poco antes del desayuno, se desplegó, según su descripción, con cabellera lacia (y rubia), barba llana, ojos lacónicos y el aspecto caucásico e intachable de la iconografía cristiana que nos ha obligado a adorar a unas bellas criaturas noruegas que desprenden un aire de no partir un plato, así como nos deslumbran Brad Pitt o Scarlett Johansson (en el rol de la Virgen María).

Eso ve él pero yo no, aunque lo intento, pues por más que me esfuerce solo distingo una costra tostada que da más o menos asco y que, como mucho, puede parecer una morcilla carupanera pisoteada por un zapato talla 45.

Lo peor que hice fue preguntarle si al final se la comió: su mirada, lacerante, multiplicó sobre mi indefensa desaprensión la culpa que todos arrastramos desde la crucifixión, hace más de dos mil años, cuando ese ilustre salvador de la humanidad se inmoló por nosotros los pecadores y resucitó al tercer día de entre los muertos.

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A lo mejor no tiene nada que ver, pero según la tradición oral mexicana y alguna documentación bibliográfica, el indígena chichimeca Juan Diego Cuauhtlatoatzin, nacido a finales del siglo XV en lo que hoy conocemos como México DF, se encontró cuatro veces con una aparición mariana, entre el sábado 9 de diciembre y el martes 12 de diciembre de 1531.

La instrucción que le dio la madre de Dios fue que presentara ante el primer obispo de México, Juan de Zumárraga, su ayate (un tipo de vestido), que delineó —por carambolas de la fe— la imagen de la Virgen, pero en su versión morena y mestiza, plasmada como un grabado sin origen conocido. El manto (que se conserva) está hecho en fibra de maguey, material normalmente frágil pero que, por obra y gracia del milagro, se ha conservado por casi medio milenio.

Considerada una de las procesiones más apoteósicas del mundo, se calcula que más de 7 millones de peregrinos la visitan cada 12 de diciembre en su extraña basílica, en un retirado paraje al norte del DF.

La mayoría de los creyentes llega caminando, pero un alto porcentaje lo hace de rodillas, sobre todo indígenas y campesinos depauperados, acostumbrados a esperar postrados las migajas del poder, por siglos en manos de las élites caucásicas, proeuropeas y pitiyanquis, que han detentado la economía y el Gobierno, sojuzgando históricamente al pueblo.

Lo que da más arrechera, y esto no se lo comenté a mi vecino para evitar roces de condominio, es que los estudios antropológicos y arqueológicos más serios han revelado que esta delirante devoción se fundó sobre la adoración a Toci-Tonantzin, la deidad que en náhuatl se traduce como “nuestra madre venerada” del cerro del Tepeyac, donde el indio se consiguió a la Virgen Nuestra Señora de Guadalupe, madre y señora de milagros más esterilizados.

ÉPALE 307

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