Todos los Goku contra la pesadilla EEUU

Se cumple un aniversario más de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki con bombas atómicas (1945) por parte de Estados Unidos. Unos pocos meses antes, la misma potencia imperial perpetró en Tokio un bombardeo no nuclear del que no se suele hablar

Por José Roberto Duque @DuqueJRoberto / Ilustración Daniel Pérez

Año tras año actualizamos y volvemos a regurgitar la rabia y el recordatorio: una cifra imprecisa o no establecida de muertos, pues esas solas explosiones califican como etnocidio (entre 300.000 y 380.000 muertos entre las dos ciudades destruidas; muchas más con el transcurrir de los años y la contaminación), ciudades y poblados arrasados, memoria y familias desaparecidas de la tierra. Al margen o para después queda el dato político. Esto es una película de horror puro, no una jugada más entre las muchas aplicaciones de la violencia con fines geoestratégicos.

Sólo un pequeño detalle, para su fichaje y debido almacenamiento en la memoria: Japón le había declarado la guerra a Estados Unidos en 1941, adivinen por qué: Estados Unidos declaró un bloqueo económico y comercial a Japón, sancionó a toda empresa o país que vendiera o comprara cualquier cosa al país asiático y le cortó casi totalmente el suministro de petróleo. Agonizaba económica y funcionalmente Japón, cortadas sus fuentes y proveedores de energía.

Cuando Estados Unidos dio el golpe final a Japón lo hizo cuando ya estaba en curso la guerra soviético-japonesa, lo que quiere decir que Japón ya no era una amenaza, sino más bien un país en proceso de rendición. Esta observación no es para echar para atrás lo dicho arriba sobre lo intrascendente del dato geopolítico, sino para resaltar el dato de la crueldad: el presidente de Estados Unidos (Harry Truman) asesinó a miles de personas sólo para probar un nuevo juguete, el más mortífero y absurdo creado hasta el momento. Japón no era una amenaza para nada ni para nadie, era un simple tablero exótico donde un emperador se empeñaba en sostener una casta. Hirohito emperador había cometido el error de aliarse con la Alemania de Hitler y eso ya justificaba ante los ojos del mundo su defenestración, pero no justifica ante nadie el asesinato masivo de un pueblo.

Pero eso no fue todo

Así que por estas fechas todo el mundo anda recordando a Nagasaki e Hiroshima, ciudades de cuya mayor tragedia se cumplen 75 años, y no es para menos. Pero, debido a la enormidad de la hecatombe, se tiende a olvidar que, antes de la famosa bomba atómica estrenada el 6 de agosto, ya el pueblo japonés estaba siendo sometido a sucesivas y repugnantes masacres.

Poca gente recuerda, por ejemplo, la destrucción de Tokio, la capital, el 9 de marzo de 1945. Ese día, más de 300 aviones estadounidenses bombardearon e incendiaron con napalm la ciudad, en horas de la noche. La estimación de los propios norteamericanos dice que fueron lanzadas 1.700 toneladas de bombas de napalm sobre la ciudad.

Leamos en cámara lenta: no fueron 1.700 bombas, fueron 1.700 toneladas (1.700.000 kilos) de bombas las lanzadas sobre la población civil. No sobre objetivos militares ni sobre las sedes del Ejército, sino sobre los ciudadanos indefensos.

Como buena parte de las viviendas de Tokio eran de madera, según su diseño tradicional, el viento propagó con facilidad las llamas y carbonizó a más personas que las que fallecieron al instante en Hiroshima y Nagasaki, donde murieron al instante unas 80.000 y 70.000, respectivamente. La cuarta parte de la ciudad (más de 40 kilómetros cuadrados, un área más grande que Petare) quedó reducida a cenizas, escombros y cadáveres, la totalidad de la población padeció incendios incontrolables y la temperatura llegó a aumentar hasta 980 grados centígrados.

Pero este no es ni debe ser todo el recuento ni el expediente criminal de Estados Unidos en Japón: el total de bombardeos de grandes, medianas y pequeñas poblaciones de la isla suma más de 200, sólo en los meses finales de la llamada Guerra del Pacífico, derivación o continuación de la Segunda Guerra Mundial.

Ni Mazinger ni Goku

De la lenta recuperación física y económica de Japón se ha hablado profusamente, pero en una clave morbosa y humillante: los gloriosos expertos en economía le atribuyen la resurrección del funcionamiento japonés a las bondades del capitalismo, a los mecanismos del mismo monstruo genocida que destruyó de manera tan profusa y profunda a un pueblo, desde su existencia física hasta su valor espiritual.

Pasó el tiempo y una de las industrias más prósperas y celebradas de Japón es su fabricación en serie de monstruos e historias instantáneas de gigantes: titanes, monstruos del tamaño y la índole de Godzilla; todos los Ultraman, todos los Mazinger Z, los Goku, Naruto y demás paladines contra todos los inmensos reptiles invasores que bajan de los cielos: desde el cielo las arrojó la industria norteamericana de la pesadilla y el dolor, esos dinosaurios de la ficción son caricaturas graciosas de los hongos nucleares. Tres cuartos de siglo después, los japoneses siguen intentando derrotar con dibujos y personajes animados a un monstruo que los dejó marcados para siempre.

ÉPALE 384