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POR MALÚ RENGIFO •MALURENGIFO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

En cierta esquina de la parroquia Santa Teresa hace vida Aminta Gámez, 52 años, señora del quiosco. Vende cigarrillos detallados a mejor precio que en cualquier otro lugar. Bachaquea, eventualmente, azúcar, harina y pasta, y si no la tiene te lleva pa’ donde hay. Es fiestera, alegre, conoce a todo el mundo en un diámetro de 200 metros y todo el mundo la saluda por su nombre. Se la pasa echando cuentos a los mototaxistas de la cuadra, quienes reposan el almuerzo echados a las afueras del quiosco. Mantiene limpia la esquina y en época de guarimba se le ha visto hacerle frente a los violentos, echarle tobazos de agua a los cauchos encendidos y ofrecerle su escobazo a todo el que trate de evitar que quite las barricadas. Es una buena tipa, chavista, cuida dos gatos adultos que viven dentro del quiosco y que a cada rato paren montones de gatitos que van desapareciendo aplanados bajo las ruedas de los cauchos, y otros diversos flagelos antigatunos. Se precia de ser una mujer seria, buena vecina y hasta hace unos meses solía decir que no tenía vicios. Pero la cosa se puso color de hormiga, la gente disminuyó el consumo de cigarros y chucherías por lo caro de los precios y Aminta, de algún modo, tenía que resolver su comida y la de sus gatos.

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Cada ganador recibe la cantidad apostada multiplicada por 30

La supuesta solución se le presentó en el mes de mayo, de una forma peculiar: a cinco metros de su quiosquito, en el local donde hasta hace un tiempo se reunían los jugadores de Parley, llegó un señor y pegó un cartelón que parecía una cartilla de zoología, de esas que se usan para enseñar a los niños a diferenciar un elefante de una gallina culeca, y aquel evento cambió la vida antes tranquila y rutinaria de Aminta, de los mototaxistas, de los hombres de la carnicería, de los gochos del abasto, de las señoras y viejitos de los edificios adyacentes y de los habitantes de la cuadra completa, que ya no se dividen entre chavistas y antichavistas sino en otros dos grupos: el de los muchos que hacen cola, alegremente, seis veces al día encomendados al zamuro, el perro, la culebra, el gato, el burro, la paloma y otros más con el propósito de aumentar los ingresos familiares (golpeados por el constante aumento de los precios); y el otro grupo de gente, el que intenta pasar entre el tumulto de cobradores agolpados a las puertas del puesto de lotería, sin pisarle la cola a los gatos de Aminta, procurando no entrar en pánico cuando el moreno de las verduras se asoma berreando: “¡Salió la culeeebraaa!”.

YO NO ME EXPLICO CÓMO EL PERICO…

Según la Ley de Impuestos a las Actividades de Juegos de Envite y Azar, Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela con fecha del 25 de abril de 2007, se le llama juego de envite o azar a aquellas actividades en las que la ganancia o la pérdida dependen de la suerte. El popular juego de los animalitos no es otra cosa que un mecanismo a través del cual los asiduos visitantes de las loterías ponen en riesgo su gordo o flaco bolsillo, envueltos en la esperanza de ganar y, al final, quien gana siempre es la vende-paga.

La presencia de colas en las agencias de lotería es una constante

La presencia de colas en las agencias de lotería es una constante

Al señalarle con preocupación su reciente adicción a las apuestas, cualquier jugador de animalitos nos hará ver que desde siempre existieron loterías, kinos, triples, terminales y que los animalitos solamente es una nueva, y más beneficiosa, manera de jugar. Esto no es del todo una falacia: debido a cierta característica de la lotería de los animalitos, apostarle 500 al perico resulta más adictivo que metérselo por la nariz. Me explico: mientras en las loterías tradicionales la probabilidad de ganar es de una en cien (los terminales), una en mil (los triples) y una probabilidad mucho más remota en la versión zodiacal (cuyos premios son verdaderamente altos con relación a las otras apuestas), la probabilidad de ganar en el juego de los animalitos está alrededor de una en 36. Como es lógico, si para un solo sorteo te compras más de un animalito, las probabilidades de ganar aumentan. Este dato hace que, a pesar de que el margen de ganancia de jugarle al caballo sea inferior al de las otras loterías, muchos antiguos jugadores de triples hayan migrado a las diferentes modalidades del sorteo de la fauna, atraídos por esa sensación de adrenalina característica de los deportes de alto riesgo y por esa máxima tan propia de los buscadores de la vida fácil, que reza: “Es mejor coger cincuenta que cincuenta lo cojan a uno”.

COLAS SABROSAS Y LOS PEQUEÑOS INFRACTORES

No faltaron detractores cuando la camarada Jackeline Faria tuvo la torpeza bienintencionada de invitarnos a disfrutar de las colas sabrosas para el vivir viviendo. En aquel entonces se alzaron miles de coléricas voces en contra de semejante invitación para la adquisición de productos a precio regulado. No obstante, la formación de columnas para la compra de productos pareciera ya no ser un problema para muchos que se organizan, calmadamente, no una sino hasta ocho veces al día (los sorteos se realizan hora tras hora) en busca de la adictiva sensación de triunfo que implica poner 1.000 bolívares para ganarse 30.000.

EL SIMPÁTICO JUEGO DE LOS ANIMALITOS (…) ES MUCHO MÁS ATRACTIVO PARA LOS NIÑOS QUE EL DE TRIPLES Y TERMINALES

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Los niños terminan siendo presa del juego

Pero como cada cachilapo tiene el derecho de hacer cualquier caimanada con su plata —si el burro tiene más de 18 años—, no nos preocuparemos por poner en tela de juicio su productividad (aunque sean miles los venezolanos que le dedican a un juego de azar más tiempo del que contiene una jornada laboral completa de 7,5 horas) sino a la influencia que la práctica de este ritual tiene sobre la infancia. El simpático juego de los animalitos, cuya simpatía va desde su nombre hasta sus posibles resultados, pasando por la cantidad de comentarios hilarantes que se pueden hacer con la lista de animales que se ofrecen (esta servidora le jugó 1.000 a la paloma poco tiempo antes de escribir este texto), es mucho más atractivo para los niños que el de triples y terminales. A unos 50 metros del quiosco de Aminta Gámez, que a su vez se encuentra frente a una agencia de lotería, hay una institución educativa que da clases a niños, hasta 3er año de secundaria. En dirección contraria, pero un poco más cerca, una escuela primaria. De ambas instituciones se han visto salir a niños que se incorporan a las colas de los animalitos, unos por cuenta propia y otros haciéndole un mandado a los papás.

El Artículo 229 de la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes reza: “Queda prohibida la entrada de niños, niñas y adolescentes a locales o establecimientos donde se realicen juegos de envite o azar. Su incumplimiento, o quien lo favorezca o lo permita, acarreará la suspensión inmediata de tal actividad y será sancionado o sancionada con multa de 30 a 90 unidades tributarias”. El artículo también sugiere la posibilidad de cierre temporal de los establecimientos que incumplan esta norma, pero si quisiéramos que esto se aplicara, verdaderamente, tendría que haber un funcionario parado en las puertas de cada centro de apuestas vigilando y, muy probablemente, si esta medida se tomara nuestra próxima preocupación sería el alto índice de inspectores e inspectoras seducidos por eso que llamaremos la fiebre animal.

“YO HE ESCUCHADO DECIR QUE ESTO ES LAVADO DE DINERO, O QUE EL DUEÑO DE LOS ANIMALITOS ES EL PRESIDENTE; SE ESCUCHAN MUCHAS COSAS. AL FINAL, LO QUE LA GENTE NO QUIERE RECONOCER ES QUE LE GUSTA LA BROMA”.

(AMINTA GÁMEZ)

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¿CÓMO SE ECHA ADELANTE UN PAÍS?

“Pues trabajando. Pero como que hay gente que espera que trabajen los demás porque son 56 sorteos por semana. Y tú ves que en cada cuadra hay, fácil, una agencia vendiendo animalitos. Veo aquí bastante gente que viene varias veces al día. Yo me juego uno diario y he ganado bastante, pero también uno pierde”, responde Aminta. “He escuchado decir que esto es lavado de dinero o que el dueño de los animalitos es el Presidente; se escuchan muchas cosas. Al final, lo que la gente no quiere reconocer es que le gusta la broma”. Que no nos gusta reconocer que somos unos viciosos, agregamos. Hay que ponerse en eso.

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