ÉPALE312-RECETARIO

POR MALÚ RENGIFO •@MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN MALÚ RENGIFO

Cual si fuera una maestra de la alquimia, que en efecto lo era pero no lo sabía, una joven se encontró en una ocasión con la terrible noticia de que no quedaba mucho de casi nada en la nevera y, aún así, pudo inventar una receta deliciosa de torticas de fororo con restos de muchas cosas y que lo que quedaron fue mi amor con te quiero mucho.

El abastecimiento de aquella despensa era, por decir poco, patético: un cuadrito de auyama del tamaño de la palma de una mano de mujer, cuatro ramas de espinaca con un veinte por ciento de hojas casi marchitas, el fondito de la bolsa de queso blanco rallado (que, a juzgar por el olor, ya parecía parmesano) y una importante cantidad de misceláneos propensos a los gorgojos, que en la cocina de un individuo inconsciente habrían ido a parar directo pa la basura. Ante tales circunstancias no había otra cosa que hacer que un inventario integral de los recursos.

Recordó la muchacha aquella vez, cuando aprendió de su recetario favorito a poner a ablandar la espinaca en agua hirviendo por un par de minuticos para poder amasarla suavecito, y así hizo. Pero como era poquita, la juntó con la auyama, rallada por el lado grueso del rallador, y siguió el procedimiento habitual: par de minutos en el agua bien caliente, y, luego, pal colador.

Agarró una perola y se encomendó a las Ánimas Benditas del Purgatorio pidiéndoles no tener que pasar por la tragedia de tener que comerse por la fuerza, y a falta de opciones, unas torticas horribles del infierno. Entonces, armada de valentía y decidida a lograr un resultado aceptable, echó a mezclar la auyama y las espinacas ya blanditas, agregó un chorrito bien poquitico de agua y comenzó a preparar la brujería.

Lo que quedaba de queso blanco medio viejo, una dosis generosa de fororo, unas cucharadas de avena en hojuelas que eran recuerdo de aquella época, meses atrás, cuando aún podía costearla, par de pizcas de sal y listo. Si hubiera tenido una ñema se la echaba, pero no había, y punto.

La mezcla olía bien sabroso, pero estaba aguada y no servía pa unas torticas. Dos cucharadas de harina de trigo después ya la consistencia parecía más apropiada. Así que puso a calentar un sartén rociadito con no demasiado aceite y, cuando estuvo calentito, echó con una cuchara una dosis de la mezcla y le dio forma de arepita. Luego otra, luego otra y luego otra, y las dejó dorar a fuego bajo por unos cuantos minutos. Después las volteó y esperó otro ratito a que estuvieran listas. Y como olían tan bueno picó un pedacito y se lo echó al pico, logrando con ello cauterizarse media lengua y un pedazo de garganta, pero aquello no impidió que continuara comiendo, porque estaba muuuy sabrosa.

El siguiente pedacito lo sopló para probarlo bien. Aquello era un espectáculo suavecito de sabores deliciosos e ingredientes nutritivos, una receta magnífica digna de compartir con ustedes.

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