Tres días de muerte

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Un sábado, a la 1 de la tarde, una muchacha con síndrome de Down se elevó en el medio de una plazoleta que antecede uno de los accesos a Quebrada Chacaíto, en la Cota Mil, y sentenció frente a un pequeño grupo aturdido por su voz de desconsuelo: “Vamos a morir todooooossss”.

La sorpresa fue breve. Algunos intercambiamos miradas huidizas, pero indiferentes, y cada quien volvió a su rutina sin reparar demasiado en la sorpresiva advertencia de la chica, quien nos acompañaba en un evento ambiental.

La tarde prosiguió, sospechosa, porque lo que se anunciaba como un despejado día de sol, acabó en un paisaje plomizo y diluviano, cuando comenzaron las primeras lluvias.

La indolencia pudo más cuando, en medio de un almuerzo con amigos, la tierra comenzó con sus cabriolas nerviosas hasta convertirse en el temblor que nos hizo correr en medio de la angustia, mientras el acontecimiento natural se revelaba con sus fauces catastróficas.

Todo se reveló: el espacio fugaz que ocupamos en la vida y, sobre todo, la fragilidad de nuestra presencia física. Entre la chica y la sacudida fuimos aparentemente infinitos, pero los breves segundos del temblor nos permitieron comprobar que nuestra aparente eternidad es un espejismo al que hay que sujetarse, sin embargo, con devoción.

La vida, en nuestro reloj de arena, transcurre lentamente, y los días de celebración y fiesta suelen ser muchos hasta que, de pronto, se quedan atrás, a veces como un recuerdo y a veces como un olvido.

La pandemia que asola a la humanidad nos ha obligado a comprobar, de manera cruel, que el tiempo corpóreo es momentáneo y que bastó un estado general de excepción para confirmar que se van todos: buenos, malos, ricos y pobres, justa e injustamente.

Quién sabe si específicamente por asuntos del virus, pero las cuentas atormentan a cualquiera. Se nos han ido demasiados: cercanos, entrañables, vitales, y esa demostración empírica de la relatividad de nuestra permanencia física nos ha llevado, a algunos, a preguntarnos sobre el valor de nuestras posturas ante las cosas, en vista de la levedad del ser, parafraseando a Milan Kundera.

La lección, quizás, es asumir de una vez por todas a la muerte como un acontecimiento pertinente y celebrarlo como mandan algunas tradiciones desde la Antigüedad. El paso de octubre a noviembre nos permitió verificar, una vez más, esa alegoría durante los “tres días de la muerte”, cargados de tradiciones —más o menos comerciales, más o menos religiosas y más o menos culturales—, que se celebran en diferentes partes del mundo.

El 31 de octubre con su explotado Halloween; el 1° de noviembre, una jornada para recordar el Día de Todos los Santos. Y el 2 de noviembre, Día de Fieles Difuntos o Día de los Muertos, que algo tiene que ver con el anterior, pero que no son lo mismo.

En México, sobre todo, se utiliza para homenajear de manera festiva a la memoria: la muerte vista no como una ausencia, sino como una presencia viva, como una manera de prevalecer el recuerdo sobre el olvido. Quizás, la forma más justa de hacernos eternos.

ÉPALE 389