Tres horas exactas

POR PEDRO DELGADO
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

Bien greñúo y barbúo me tocó posar para la cámara. Una decisión no prevista debido a que el barbero (pago ya cancelado) me dejó embarcado, teniendo que ir con esa facha y en esa fecha (21 de octubre) a renovar la cedula de identidad en una jornada especial del Saime.

A las 6:50 am estaba dando y recibiendo codazos para subir a la buseta en la avenida Sucre y me cobraran 30 bolos, que mi réplica llevaría a 20. “Tercera edad”, dije, y entré a un túnel cero distanciamiento pero, al menos, con la decisiva intención de usar el tapabocas.

7:10 am y ya estaba en la cola de la Torre Norte del Centro Simón Bolívar. La fila superlarga, bajando por la Baralt; pero la de nosotros, los viejos, más corta y en dirección sur, vía plaza Caracas. La intermitente llegada de personas y la disconformidad al acecho: que si las 8:15 y no han empezado todavía, que si iremos a salir de aquí como a las 2 de la tarde, que si el guardia chateando, que si el agua, que si el gas, que si la luz, que si tal y cual.

Fue la señora situada inmediatamente detrás de mí quien hizo introducirme en el túnel del tiempo, dejando atrás toda aquella quejadera. Entrando en un melancólico paseo, cuando las décadas de los 50 y 60: “Señor, yo recuerdo estos pasillos limpiecitos, era la gente muy consciente y disciplinada”, soltó quien dijo tener 87 años y más de 60 en Caracas. Su reflexión puso mis años mozos frente a las vidrieras de El Africano, El Coloso y Cervantes, con exhibiciones a precios de antología: manga tres cuarto Van Heusen a 35 bolívares; jeans Lee, Wrangler o Levis a 70; mocasines apache a 85; saco sport a 120; corbatas a 15… todo un recuerdo grabado en tiempos de rumbitas al paso del bolero, el son y la guaracha, virando intempestivamente hacia el rock, hasta caer a paso de vencedores en los terrenos de la salsa brava. La bombona de anís Cartujo, la fragancia del Yardley o el Atkinsons, el papel polvo y la cajita de chicle Adams siempre impelables. Todo aquello ahí, a ritmo de suspiro.

Tiempo y cola se acortaron y la evocación despertó en un salón de asientos de metal, donde había que ir restregando las nalgas hasta llegar a la reseña e ir por la foto. El cubículo número 1 de los 11 de la sala, me tocó en turno; fue cuando puse cara, greñas y barba para que luego me indicaran volver a los ocho días por la cédula. Ver el reloj y saber que eran las 10:10. Todo aquello se resolvió en tres horas exactas.