Tres vidas llenas de historias mojadas

Publicado en Épale N° 16 el 03 de febrero 2013

Una chica y dos tipos tienen sus cuentos mojados. Ninguno se conoce, pero sus vidas se parecen, en cierto modo, en torno a lo duro que les ha tocado. No se trata de historias “triple x” sino de sus experiencias en un oficio que puede realizarse a simple pulso o, más bien, con manguera en mano y a presión

Por Rocío Cazal

Ella es la más buscada por ellos, sobre todo por los que tienen el mejor carro. No, no es la tipa explotada como piensan (ni en el físico y menos en el término capitalista), más bien es una flaca de contextura fuerte, a quien le son suficientes 15 o 20 minutos para sentirse bien, satisfecha, en plenitud.

Sí, le gusta mojarse. Muy poco se le ve molesta cuando está en acción. Sus compañeros la chalequean siempre. Ella ríe, pero sabe que los agarrará “en la bajaíta”. No come cuentos de camino. Solo le basta con ganarse la vida a punta de darle duro con una esponja, agua, champú y esa manguera que llaman hidrojet.

Su vida no ha sido fácil. Cuando niña le tocó lavar ropa y cocinarle a sus nueve hermanos, mientras sus padres buscaban el pan, allá, en Barranquilla. Eran muy pobres.A los 17 le tocó agarrar calle y empezó a trabajar en casas de familia. Ya a los 18 años tenía un chamo y tres años después tuvo otro. La cosa se ponía más dura y por eso decidió embarcarse a otras tierras con sus dos chamos. Venezuela era ideal.

Acá Yarcilys Adames, mejor conocida como Yaris (quizá la tildaron así por la marca de carro), empezó a trabajar en otras casas pero, por falta de papeles, tuvo que mandar a los niños a su ciudad natal, junto a su madre.

Ella no se inmuta si de echarle pierna se trata a cualquier empleo, sea simple o forzado, por lo que aceptó trabajar en el autolavado Los Laureles, en Los Rosales, por recomendación de un primo. “¿Quién dijo miedo, si estoy acostumbrada a hacer trabajos de hombres desde pequeña? Una tiene que echar pa’lante, ¡más na’!”, cuenta Yaris. Ahí mismo se acerca un compañero de trabajo y comenta: “Es verdad, pana, esa jeva es un tipo lavando carros”.

Son cuatro las chicas que laboran allí en medio de puro macho. Las otras solo se dedican a aspirar, secar y limpiar tableros. Yaris es la reina. De hecho, un chico le dice que es a ella a quien quiere para que su carro quede fino. Con sus botas color beis de hule, yin, franela roja-rojita y su cabello amarrado comenzó a ponerle cariño a la cosa.

Suena una changa dentro del vehículo. Ella empieza a echarle agua con la presión del hidrojet. Le da con todo a los rines, la carrocería, por debajo. Se mueve como un pez en el mar. Busca el desgrasante y con una esponja le da a todo el carro. Enjuaga. Es minuciosa. Busca otra manguera con champú. Lo baña completo y vuelve a darle caricias con una esponja. Manda al piloto que siga adelante. Él hace caso. Enjuaga de nuevo. Revisa si todo quedó bien. Busca un trapo, lo exprime y lo seca. Se vacila su trabajo. En 18 minutos todo está listo y Yorman, el conductor, le da 100 bolívares de propina (aparte de los 100 que le cobra el autolavado). “A otros les doy 20, 50 bolívares, depende; pero ella es la mejor. Se merece esa propina”.

Con 500 bolívares semanales que devenga allí, además de 250 a 350 que hace diariamente en propinas, Yaris, con sus 31 años encima, se defiende y le manda los cobres a sus hijos. Trabaja de miércoles a lunes y los martes se los dedica a las labores del hogar. “No hay tiempo pa’ descansar, si no, uno pierde”.

Enrique, a sus 40 años de edad, es todo un experto. Se mueve bien en los bajos fondos. Ya sabe cómo es la movida porque desde los 14 años está en la calle, no porque le faltara algo o porque tuviera malas juntas sino porque se declara un sinvergüenza.

Apenas llegas al lugar, él se levanta inmediatamente y te busca. Te pide qué es lo que necesitas, se pone a la orden: “Yo mismo soy”, te dice golpeándose el pecho con la mano derecha.

Le dio al verde y a la blanca y, por tratar de conseguirlos a cuestas de lo que sea, le dio también al hurto y otras veces al robo. Por ese motivo estuvo preso en Los Teques, La Planta, El Rodeo y Puente Ayala. Una experiencia nada agradable.

Cuando cogió calle de nuevo siguió en la indigencia hasta que hace 17 años llegó a la avenida Boyacá, a la altura del distribuidor La Castellana y, desde entonces, ahí está pendiente de dar lo mejor de sí para mojarse y ganarse unos realitos. Solo 15 o 20 minutos le bastan con cada carro para ganarse el día en plena vía rápida.

“Siempre fui rebelde, más bien demasiada confianza me dieron y yo me agarraba el brazo completo. Mi mamá nunca me dio la espalda. A veces la visito y me dice que me quede, que su casa es mi casa, pero no puedo, ¿tú me entiendes? Es que soy adicto, aunque ahora, gracias a Dios, solo le doy al monte. Quiero tratar de fluir yo mismo”.

Diariamente se para en su ranchito (o “bugui” como le dice) que construyó cerca de la Cota Mil, en el Waraira Repano, y desde las 10 de la mañana hasta que se oculta el sol está con tobito en mano, pañito, jabón y el chorrito de ese manantial que baja del cerro. “¡Esa agua se está perdiendo, loco, hay que darle utilidad!”, comenta Enrique.

Un mal día lava dos carros, pero uno bueno puede llegar a cuatro y hasta a diez. Cuarenta bolívares es lo que cobra, pero si el cliente es fijo y le dice que está pelando, igual le hace “el servicio” por 20. Con eso le basta para comerse alguito que cocina con leña y le sobra para “arrebatarse”, aunque también le llama a eso el hecho de “sobrevivir”.

De repente un carro pasa por el distribuidor a 80 kilómetros por hora. Casi le da a otro. Frena y da tres vueltas en sí. Queda viendo en sentido contrario. No pasó nada, ni un rasguño. Se hace una cola de vehículos por el incidente. “Vete, chamo -le dice Enrique-, te van a querer joder los pacos. Anda, ¡dale!”.

Normalmente esas situaciones no ocurren allí, cuenta Enrique, aunque dos semanas atrás una camioneta se montó justo en el lugar donde hacíamos la entrevista.

Llegó otro carro, esta vez para ser lavado. Hay que trabajar. El tobo, el trapo y las ganas de tener “aunque sea” una pequeña ganancia le son suficiente. Con una sonrisa dice que espera un buen empleo con beneficios, una casa y una buena mujer para compartir el resto de su vida, así sea mojándose.

José Ruperto Plaza también se las vio duras. Era albañil y soldador. Ahora diariamente se moja a gusto con mangueras, tobos de agua, cepillos, esponjas y dele.
Siempre tuvo gusto por el alcohol, pero sus problemas no comenzaron allí: El 27 de febrero de 1989, cuando se dio El Caracazo, las manifestaciones se desplegaron hacia otras entidades y al explotar en Los Guayos, allá en Valencia, el Ejército tomó las calles y una bala le dio en la rodilla de José Ruperto.

Hace siete años este personaje de 50 años de edad enviudó y se tiró al abandono. Tocó fondo, como él dice, porque ya no le hacía efecto el aguardiente como quería y le empezó a dar a una droga procesada.

Estuvo tres años en situación de calle hasta que un día agarró un contrato en una construcción. Por la borrachera cayó de un andamio desde un segundo piso. Se volvió a lastimar la rodilla. Le diagnosticaron gonartrosis severa y daño en uno de los meniscos. ¿La solución? En un hospital caraqueño le dijeron que debían amputarle la pierna. “¡Nada de eso! ¡Qué va!”, pensó y se retiró del lugar.

Fue entonces cuando buscó ayuda: acudió a la Vicepresidencia y de ahí lo enviaron al Núcleo Endógeno Simón Bolívar, en Coche. Allí lleva 11 meses, se recuperó y espera ser operado a través del Convenio Cuba-Venezuela.

Allí viven de la autogestión a través del autolavado solidario Simón Bolívar, donde atender un carro vale 55 y una camioneta 65. Lavan unos 120 carros al día y con la ganancia cocinan, lavan y demás. Aquí no hay presión, pero sí mangueras y tobos.

José Ruperto habla de su vida mientras lava las alfombras de unos cuatro vehículos. Restriega bien cada una de ellas. Lleva una sonrisa de esperanza. Se da abasto con 10-20 bolívares de propina que le da cada usuario y comparte sus frutos con algunos de sus 60 compañeros que allí pernoctan y tratan de recuperarse del consumo de drogas.

A sus años ya no piensa volver a casa. Apenas sea operado en Cuba volverá al núcleo porque piensa que si de 100 personas 80 se recuperan, su ayuda puede representar un grano de arena. Además, espera conformar un colectivo de siembra en esta urbe.

Así, Yaris, Enrique y José Ruperto se ganan la vida mojándose. Con poco o mucho, resolver es lo que queda.

ÉPALE 382

Previous article

¿Quién será?

Next article

Los árabes de Catia