POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE284-SOBERANÍASMacho cabrío, desclasado, heteronormado, urbanita y aburguesado, a mí también me provocó hacer un trío. Corrían los alocados inicios del siglo XXI y nos había llegado la hora de probar la bohemia transfronteriza al arribar a la península ibérica para cursar estudios y vivir la vida a expensas de una beca de Fundayacucho. Nunca, hemos de agregar, fuimos más felices y despreocupados en medio de la estabilidad económica que nos garantizaba la remesa de 1.200 euros mensuales que apenas tocábamos. Ocupábamos un cuartucho de baja ralea en el callejón más corrompido del centro de Madrid, un rectángulo de medio metro cuadrado sin calefacción ni otra comodidad que un clóset aéreo y un foco de luz amarilla, regentado por una querida familia peruana que, como mucho, nos ofrecía la posibilidad, pactada por el silencio cómplice, de que ingresáramos a su cocina a robarnos su comida.

Sugestionado por la facilidad de las circunstancias, sin Dios, sin patria y sin Ley, repartimos nuestras obligaciones cotidianas entre las clases de periodismo del postgrado de la Universidad Complutense y unas interminables jornadas de ocio que cabalgaban sobre la ciudad con más bares por metro cuadrado de toda Europa, donde fluían las birras, las hembras y el desnalgue multicultural, que abonamos entre borracheras interminables, degustaciones de jamón serrano, besos fáciles y mucha lectura de los libros que robábamos de bibliotecas desoladas y librerías con dependientes agüeboneados. No sé si estábamos en la mejor edad para volvernos locos, pero le hacíamos creer a las muchachas que sabíamos bailar soltando las piernas con agilidad de doble pivote, amparados por la penumbra del club La Negra Tomasa, donde rematábamos casi cualquier expedición bajo el influjo del son cubano. Allí le prometimos a una noruega que nos iríamos con ella a montar gallineros verticales en un fiordo del Mar del Norte; una gallega, que nos doblaba la edad, nos ofreció casa, amor y trabajo a cambio de muchos besitos; y dos trigueñas de Tenerife, una flaca huesuda y otra rellenita hombruna, me prometieron materializar mi fantasía.

La hora del desmadre llegó, como arriban las mareas, y cuando entré en razón estábamos repartiendo caricias en una reducida habitación donde seis brazos y tres bocas se enredaban en una lujuriosa filigrana de epidermis sudorosas. Todo iba bien hasta que hizo su entrada un visitante insospechado: el amor, que me hizo rebotar hasta los brazos de la flaca pensando que ella y yo, sin la otra, podríamos establecer una agenda de liviandad y cortejos, con posibilidad de noviazgo. Retozábamos estridentes en la cama de al lado, pretendiendo ignorar la presencia de la otra quien, sorpresivamente, estampó su puño sobre mi rostro ensordecido para acabar con el siguiente diálogo, que juré llevarme avergonzado a la tumba hasta que me tentó esta página: “Eyyyy, tío, que le estás metiendo la polla a mi mujer, y eso sí que no”. “No entiendo nada: ¿tú mujer?”. “Mía, desde hace tres años”. “¿Novias?”. “Como lo quieras llamar”. “¿Dónde está la cámara oculta?”. “¡Sal de aquí cangando leches!” “¿Lesbianas? Hubiéramos empezando por ahí”. “Maricón”

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