POR TATUN GOIS •@LASHADAS1974 / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE244-SOBERANÍASSupuestamente a los hombres les gustan las mujeres y supuestamente a las mujeres les gustan los hombres. Supuestamente la naturaleza los diseñó para algo más que superpoblar la Tierra: ser compañeros. Supuestamente son el uno para el otro, y digo supuestamente porque, históricamente, entre mujeres y hombres lo que ha existido es, más bien, una triste guerra de afrentas y retaliaciones, un tira y encoge, así como el famoso bolero “Te odio y te quiero”.

Estos, en teoría, se necesitan pero no se entienden, no se conocen, no procuran comprender las cosas desde la otra orilla, ninguno de los dos. Ni siquiera en pro de vivir en paz con el ¿enemigo? Los hombres, por lo general, consideran que las mujeres son unas bobas lloronas, que se enrollan por todo. Las mujeres, en cambio, suelen ver a los hombres como brutos insensibles. No importa si le explicas a esos tipos (porque sé que no son todos) que hay mujeres arrechísimas, más duras que ellos, como Christine Lagarde; ahí casi siempre dicen: “Pero, por-fa-vorrr… si eso es un macho con c…”. ¿Cómo desmontas eso de sus cabezas? Así como tampoco servirá de nada argumentarle a esas mujeres “antimacho” (sé también que no son todas, cálmense) que hay hombres sensibles, maravillosos y muy capaces de actos nobles como asumir militancias en el terreno de las igualdades sociales y sexuales, sin dejar de ser hombres ni heterosexuales por ello. Ahí suelen ellas burlarse “de” diciendo que son “heteroflexibles”, con lo que, muy probablemente, se pierdan unos a otros por la ancestral intransigencia de género.

Creo que en eso los bisexuales tenemos una ventaja porque nos sentimos ambas cosas. Es más, nos sabemos ambas cosas. Ya a finales del siglo XIX, y en los albores del XX, los psiquiatras hablaban de dualidades sexuales. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, aseguraba que todos somos bisexuales, y esa era la razón fundamental por la que podíamos convivir sin matarnos, en espacios cerrados, con gente de nuestro mismo sexo. Claro, en teoría todos los somos; pero en la práctica, muchos, ¡ni de vaina! La sola mención de ello puede hacerte ganar enemigos de por vida. Y no importa que les hables del yin y el yang, de las polaridades energéticas, de que por eso hay mujeres valientes y hombres tiernos como conejitos…

El caso es que ayudaría mucho en este terreno de las soberanías sexuales tan en boga, pero igualmente mal comprendido, entender que no se trata de auspiciar el desenfreno sexual sino de comenzar por asumir que sí, somos distintos en muchas cosas, pero también somos iguales en muchas otras; y que si se preocuparan más por entender a su pareja, en lugar de censurarla o menospreciarla por ser del otro sexo, sería más factible la utópica felicidad conyugal. Tener sexos opuestos no tiene por qué convertirnos en rivales.

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