Trotadores en pandemia: el reaparecido asustado

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ
•@CLODOHER
ILUSTRACIÓN SOL ROCCOCUCHI
•@OCSENEBA

La semana pasada te hablé de la experiencia de volver a la calle a trotar, luego de la parada obligada de la cuarentena. Y anuncié que te contaría cómo fueron los días siguientes al retorno.

Pues te diré que pase un susto grande, muy propio de estos tiempos de incertidumbre y paranoia pandémica. Como te comenté, mi vuelta a la ruta habitual (Parque Carabobo, parque Los Caobos, Plaza Venezuela) transcurrió venturosamente. Llegué a la casa feliz porque no se dio el escenario pesimista en el que me pegaba la reaparecida horriblemente, al punto de terminar el recorrido caminando (fea humillación para cualquier trotador, por majunche que sea). Los entrenamientos bajo techo preservaron mi forma física, que no será ninguna gran cosa, pero es mía y me siento orgulloso de ella.

Ajá, pero el drama vino luego. Esa misma tarde de domingo empecé a sentirme un poco indispuesto, ¿sabes?, como cuando te va a dar gripe. Me dolían las piernas, lo que era de esperarse, pero también los brazos, algo ya menos explicable. Experimentaba lo que mi amada madre solía llamar “un desconcierto”.

Y, claro, me empezó a rodear el pánico.

Durante la noche no logré dormir bien. Mi mente empezó a revisar obsesivamente el recorrido para tratar de ubicar el punto fatídico en el que pude haberme infectado. No lo encontraba porque nunca me quite la mascarilla ni toque nada ni a nadie, salvo los botones del ascensor y las rejas del edificio. Ésos pasaron a ser el centro de mis sospechas.

Al día siguiente tuve, además, problemas estomacales. Eso, paradójicamente, me tranquilizó. Pensé que tal vez todo era producto de una parrilla mixta que comimos en familia el sábado (traída a domicilio desde una famosa pollera de Candelaria), y no de un certero ataque del coronavirus en mi primera salida a trotar en más de siete meses.

Un par de días después, todo el desarreglo había desaparecido. El siguiente domingo repetí la aventura y, para el momento de escribirte esto, ya van tres veces. ¿Conclusión? Hay que trotar con todas las medidas preventivas, y después relajarse para que la imaginación hipocondríaca desbocada no te alcance y te mate de angustia.