POR FREDDY FERNÁNDEZ •@FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE274-TRUMPLa historia de los imperios depara, a veces, que el emperador esté muy lejos de los ideales que supuestamente sirvieron de fundamento a su dominio. Más allá de Julio César y Augusto, estuvieron Nerón y Calígula. Ahora está Trump y está peor que solo: está muy mal rodeado. Las promesas que enamoraron a los votantes de Trump eran antisistema. Dijo que Estados Unidos no tenía por qué ser la policía del mundo y que no metería al país en nuevas guerras. Dijo que haría que las empresas regresaran, que recuperaría los empleos.

Es cierto que su campaña tuvo un fuerte componente racista, pero esto no es exclusivo de Trump, toda Europa y Norteamérica tiene esta visión racista y de supremacía cultural y política. Sus élites —y muchos de sus ciudadanos— creen vivir una confrontación entre “el mundo civilizado y el mundo bárbaro”. Están convencidos de la superioridad de la cultura occidental, a la que asumen como más “desarrollada” que la cultura china, egipcia, inca, maya, persa, árabe e incluso que la griega, de la que se sienten legítimos herederos. Olvidan estos países que Julio César y Augusto tenían por bárbaros a los germanos, los galos, los francos y los bretones.

A esta percepción de supremacía contribuye el complejo de minusvalía cultural de personajes como Macri, quien llega a afirmar que los libertadores argentinos “deberían tener angustia de tomar la decisión, mi querido rey, de separarse de España”; o las del idiota efímero de P. P. Kuczynski, cuando sostiene que, frente a Estados Unidos, América Latina “es como un perro simpático que está durmiendo en la alfombrita”. Lo cierto es que llega a la presidencia Trump, un candidato de la derecha pero antisistema, un improvisado ante el esquema de poder tradicional gringo. El sistema quiere vomitarlo. Solo es rodeado por el peor reducto, el impresentable sector de guerreristas, pieza siempre útil pero mantenida a la sombra. La consecuencia inmediata es que todo el planeta pareciera tensionado hacia diversos niveles de conflicto.

En el esquema interno de Estados Unidos Trump ha perdido ya el juego. Aunque su triunfo fue un síntoma claro de ruptura, su desconocimiento de lo político y la ausencia de un equipo que compartiera la visión expresada en su campaña electoral, le ha hecho sucumbir ante las presiones y traicionar cada una de sus promesas, excepto la más estúpida: la del muro en la frontera con México. El mundo vive un momento muy raro. El emperador está desquiciado y solo. Nadie leal está a su lado. Lo aprovechan los que siempre han estado y van a estar allí, a la sombra, incluso después que Trump se haya ido.

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