Túpac Amaru II el arte de reencarnar

Contrariamente a lo que ocurrió con los pueblos de la etnia caribe (nómadas y recolectores que no ejercían, y tal vez ni siquiera conocían, la noción de ciudad, clave física de eso que los europeos nos animaron a llamar “civilización”), en los Andes, los procedimientos de conquista debieron ser distintos a los empleados contra los “salvajes” de acá (cuatro siglos después ya usted puede verificar por dónde reaparecimos y en qué andamos los descendientes de esos salvajes).
Los que habitaban en el Cuzco, por ejemplo, tenían algo que a los españoles les resultó familiar: una organización social en clanes, jerarquías y territorios, unas autoridades; conglomerados humanos que cabían en el concepto de ciudad de los invasores.
De Atahualpa se dice que fue el último soberano inca. Después de él, a una sucesión de jefes —a quienes se les ha llamado Incas de Vilcabamba— les correspondió la tarea de detener o evitar el exterminio total de su pueblo. Como la relación allí era más o menos entre Estados (no hay que perderlo de vista: siempre desde el punto de vista europeo) hubo un momento en que se plantearon conversaciones (negociaciones llaman a eso ahora) entre el invasor y los jefes en resistencia.
Adivinen qué:
un autoproclamado
Como suele pasar (y mire que la Historia es la gran pajúa y delatora de los tiempos) hubo un autoproclamado hacia 1563. El primer soberano a la muerte de Atahualpa se llamaba Manco Ynca, quien tenía varios hijos aptos para ser herederos, entre ellos Sayri Túpac, Túpac Amaru y Tito Cusi Yupanqui. El primero de ellos salió blandengue y renunció al “trono” (concepto europeo), dejando de heredero a Túpac Amaru. Pero aquí entra en acción un Guaidó del siglo XVI: Titu Cusi Yupanki conspiró para acusar a Túpac Amaru de bobo, medio trastornado o atarantao, como dicen los guaros, y se quedó él con la jefatura. Tipo malote y cruel con su gente, empezó a levantar un imperio esclavista y tiránico mientras negociaba con los conquistadores un tratado de respeto mutuo y… etcétera.
España lo reconoció de inmediato, por supuesto. Resultado: al poco tiempo estaba el Titu Cusi dejando entrar a los misioneros, adoptando el catolicismo, bautizándose con nombre cristiano a sí mismo (Diego de Castro; ah malhaya el apellido), a sus familiares y allegados. Como suele ocurrirles a los traidores, el Titu Cusi murió de una sospechosa muerte: nadie ha establecido que fue envenenado por los misioneros, pero qué casualidad, chico, el yeyo que le dio y que se lo llevó a la tumba tuvo lugar después de beberse unos menjurjes que los curas le dieron para sacarle el demonio de sus entrañas aborígenes.
Y entonces empezó la coñaza otra vez: los religiosos, embajadores, funcionarios e indígenas colaboradores del imperio fueron torturados y ajusticiados, dando inicio a otra etapa bélica, más feroz que la anterior. Túpac Amaru, a quien Titu Cusi había ordenado recluir en casa de unas ancianas que lo tenían de florero o limpiador de alfombras, regresó por su puesto al frente de los incas. Esto ocurrió en 1571.
Ideas que reencarnan
Temeroso porque se había corrido la voz de que los incas eran caníbales (como todos los no cristianos) el virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo, armó un ejército para someter a los rebeldes incas, ahora gobernados por un carajo que no le besaba la mano ni la cruz a nadie; 2.000 guerreros tenía Túpac; más de 3.000 los españoles, reforzados con indígenas pajúos, domesticados y guarimberos al servicio de España. Cuando la coñaza estaba por resolverse a favor de los nativos, la pólvora (ese invento chino tan bien dominado por Europa) hizo su trabajo de destrucción y los rebeldes del patio claudicaron.
Un pasaje de la guerra ha sido narrado y ha sobrevivido al olvido: cuando ya la mortandad era muy grande de lado y lado, a alguien se le ocurrió que la guerra la ganaría aquel bando cuyo jefe moliera a puño limpio al otro. Por los incas se levantó un jefe llamado Huallpa, un gocho furioso, con esa fuerza macabra de los montañeses acostumbrados a pelear en laderas y peñascos helados. Por los españoles, un Martín García de Loyola, que a lo mejor era bueno echando coñazos en las pampas manchegas, pero no a 4.000 metros de altura.
La pela que le estaba dando el indígena al conquistador no era normal, pero, como siempre, un indígena jalabolas de los europeos evitó la masacre y descosió a machetazos el la nuca al bravo Huallpa. Después de esto los españoles tomaron Vilcabamba, Túpac Amaru fue perseguido y decapitado delante de su pueblo, y entró de lleno en la leyenda.
Pero la muerte de un jefe no significa la muerte de su pueblo. Un descendiente de ese Túpac Amaru original, llamado José Gabriel Condorcanqui, regresó al ruedo de la lucha antiimperialista 200 años después, con el mismo nombre de su ancestro: la historia lo llama Túpac Amaru II, reencarnación de la ideas y la dignidad del anterior.
En 1780, la “Serpiente Resplandeciente” (que así se traduce del quechua su nombre) armó la mamá de las rebeliones indígenas. Y mire que el hombre había sido criollizado y en su persona casi se borraron los rasgos esenciales de su pueblo: aprendió latín, fue criado por curas y entre curas, vestía elegantes ropajes europeos, era comerciante y tenía buen billete.

Por José Roberto Duque • @JROBERTODUQUE / Ilustración Forastero LPA