POR LEONARDO CANTILLO

ÉPALE 235 MINICRÓNICAS

Marturino inicia su jornada temprano. Cuando aún duerme el sol. A pocas horas del amanecer, el frío implacable de la sabana sirve de antesala a la espesura verdinegra. El camino se acorta con el avance de sus pasos zigzagueantes, producto de una brujería que casi acaba con su caminar. Se niega a sucumbir a la pesadez y los bostezos. A lo lejos, la selva luce impenetrable. Sin embargo, el viejo pemón es un domesticador de lo salvaje. El verano pasado ya hizo lo suyo, abriéndose paso ante la tupida floresta. Este indio taurepán se impuso. Allí, donde la civilización se inmuta y se rinde ante la imponente conciencia de Dios. Por algo se autodenomina chamatari, aludiendo a los grandes guerreros amazónicos yanomami. Sus manos son instrumentos fieles de su resistencia cultural en contra de lo que los criollos llamamos tiempo. Este elemento vital, abstracto e intangible para unos, sublime para otros, para este chamatari constituye la oquedad perenne de su cosmovisión. Sus manos orquestaron la formación agreste. Este viejo terco e incansable reacomodó la selva, así como lo hicieron también sus ancestros. Su famélica insistencia le llevó a domesticar el suelo silvestre y reacondicionó la flora y la fauna, como quien redimensiona el espacio de una casa o cualquier edificación. Reacomodó la cosa selvática. Se abrió paso en el mar de bosque y una mañana de octubre comió un trozo de casabe mezclado con ají y cumachi, se colgó el guayare, se armó con su machete y decidió hacer ahí su conuco. Y en aquel lugar, en donde la vorágine silvestre lucía inclemente, éste surcó los suelos, los bañó con sudor de indio, los moldeó con sus callos, los sufrió y los alimentó con semillas frutales traídas de la sabana y de otras regiones fértiles. Un invierno después del suelo brotaron piñales, ajizales y yucales que fueron testigos del impacto simbiótico de sus prolíficas manos de chamatari de la Gran Sabana.

 

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