Un chance a la paz

A lo largo de la historia los bandos en pugna, por distintas disputas, han hecho un alto piadoso en nombre de la paz. Son treguas que demuestran la capacidad humana de reciclar altruismo a pesar de la demencia criminal de las guerras. Estados Unidos, encabezado por Donald Trump, no entiende ni de eso en plena crisis del coronavirus y se empeña contra Venezuela sin la más mínima compasión

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Fotografías Archivo

Solo la voracidad imperial podría explicar el empeño de Estados Unidos contra Venezuela. Una apetencia que tiene mucha lógica si nos remitimos a las ingentes riquezas de nuestro país y la cada vez más palpable crisis del modelo capitalista, que vive una especie de etapa terminal, rematada de manera esperpéntica con la irrupción del Covid-19 y su consecuente impacto social, sanitario, cultural y económico sobre el planeta.

Es la única forma de entender que, en plena conmoción por la pandemia que asola a la humanidad, el poder fáctico de Estados Unidos, secuestrado por el magnate de la construcción Donald Trump, ni siquiera se disponga a respetar una rancia tradición de la piedad humana en situaciones de conflicto, sellada en medio de las más sangrientas confrontaciones a lo largo de la historia: las treguas de paz.

Llegamos a la fase en que el mandatario norteamericano no ceja en su empeño de violentar a nuestro país, ni siquiera ante los llamados a reconsideración del mundo consciente, ni a los elogios de la Organización Mundial de la Salud por la respuesta eficiente del Gobierno venezolano a la contingencia, ni las súplicas de los pueblos, sin reparar en sus inclinaciones ideológicas.

Desde las acciones injerencistas, que datan de comienzos de la Revolución Bolivariana, hasta las medidas claramente violatorias de los derechos humanos —como las sanciones económicas y el bloqueo—, ha sido un duro tránsito de 20 años de martirio.

Su punto álgido: el primer tramo de este fatídico 2020, cuando el incremento de las amenazas verbales y el despliegue de una poderosa flota naval en el mar Caribe, con la risible excusa de la lucha antinarcóticos, marcan la cúspide de los ultrajes contra Venezuela, usando el coronavirus como arma y la pandemia para chantajear al presidente Maduro a fin de que abandone el mando, manteniendo secuestrada la salud de los venezolanos y venezolanas, quienes lo que piden es paz.

El apetito por la cosa ajena

Lejos de tan dantesco panorama, la paz ha sido un propósito de los pueblos acostumbrados a confrontarse para conseguir y acopiar recursos que perpetúen su existencia.

Es una razón egoísta y primaria que se ha sofisticado con el paso de los años, agregando excusas supremacistas, postcoloniales o en exceso opresivas para favorecer a un sector hegemónico por encima de los más débiles.

Casi siempre han sido luchas con un mismo objetivo: los bienes materiales ajenos como el territorio, hierro, oro, agua, sal, mano de obra, petróleo.

Aunque la guerra no es sino un gran fracaso de la gesta civilizatoria, por estar despojada de toda moral, en algunas circunstancias ha permitido aflorar la tolerancia, el respeto, la solidaridad, la convivencia, llevando a hacer un alto al fuego momentáneo en medio de las más sanguinarias confrontaciones, por un asunto de compasión.

Esas ejemplares pausas deportivas

Inaplazables, las treguas olímpicas. Son una convención no escrita que se cumple a rajatabla cada cuatro años y que han tenido episodios ejemplares, aunque también capítulos funestos.

Aún se celebra la gesta peliculera del afronorteamericano Jesse Owens, quien se adjudicó cuatro medallas de oro en las pruebas de atletismo durante los Juegos Olímpicos Berlín 1936 frente a la mirada atónita del mismísimo Adolf Hitler, quien quiso organizar un encuentro deportivo impecable para ufanarse del naciente poderío teutón.

La antítesis: el Septiembre Negro de los JJOO de Múnich 1972

Pero también está fresca en algunas memorias la tragedia vivida en los Juegos Olímpicos Múnich 1972 (Alemania Occidental), cuando el grupo armado Septiembre Negro, reivindicando la causa Palestina, secuestró y mató a once miembros del equipo olímpico israelí.

Nuestra vecina Colombia, acostumbrada a los más terribles dramas humanos, expresados en violencia de castas o de bandos ideológicos, ha protagonizado capítulos memorables.

La Copa América, que se celebró en Colombia entre el 11 y el 29 de julio de 2001, estuvo a punto de ser abortada debido a los episodios previos de violencia paramilitar y guerrillera, entre coches bombas y secuestros, que llevaron a la Conmebol a dudar de su viabilidad y a los mejores equipos del orbe, como Argentina, a retirar su participación.

Tras la tregua para la Copa América 2001, Colombia se coronó campeón en su patio

Sin embargo, luego de un arduo trabajo diplomático se llegó a la tregua para que Colombia ofreciera todas las garantías de un evento tranquilo, emotivo sólo en materia deportiva. Por suerte para los neogranadinos, que ese año se coronaron campeones.

Hablando de fútbol, pero en menor escala, ¿quién no recuerda las dos caimaneras que protagonizaron oficialistas y opositores en pleno clímax del paro petrolero de 2002, en la Autopista del Este?

Fue un alto que decidieron hacer los habitantes de Santa Fe y del barrio Santa Cruz del Este, luego de días de batallas campales y fuerte tensión, retransmitida por gran cantidad de medios nacionales e internacionales.

En dos partidos, de 20 minutos cada uno, decidieron zanjar sus diferencias ideológicas. Esa vez, y no por casualidad, ganaron los chavistas.

Un alto durante el paro petrolero de 2002-2003. Los chavistas ganaron

La piedad extrema

En nuestra historia independentista reconocemos también dignos episodios de caridad, aunque la lucha se volvió cada vez más despiadada hasta el punto de despoblar, prácticamente, al país.

Pese al Decreto de Guerra a Muerte emitido por Simón Bolívar el 15 de junio de 1813, que contemplaba la muerte de españoles y canarios aun siendo indiferentes, si no obraban por la liberación de América, se suscitaron ocasionales pausas, como la que generó la firma del Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra entre el Libertador y Pablo Morillo el 27 de noviembre de 1820 en Santa Ana, Trujillo, que se extendió por un año.

Otro alto en el camino fue el que hizo la Revolución Cubana en 1980 cuando, en medio de la agitación interna y los ataques externos para minar su empeño autonómico, decidió abrir el puerto de Mariel (a 40 km de La Habana) para que miles de ciudadanos opuestos a las reivindicaciones propuestas por Fidel para dignificar la vida de su pueblo pudieran partir al exilio en EEUU a través de Miami.

Se suscitaron ocasionales pausas, como la que generó la firma del Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra entre el Libertador y Pablo Morillo

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El más emblemático armisticio en plena conflagración de la historia reciente es, prácticamente, un mito. Se trata del cese de hostilidades, no oficial, que vivieron soldados británicos y alemanes en el frente de batalla al comienzo de la I Guerra Mundial (1914-1918), aunque no hay testimonios históricos muy claros al respecto.

El armisticio entre alemanes e ingleses durante la I Guerra Mundial forma parte de las leyendas urbanas de la historia

Se dice que fue en las vísperas de la Navidad y que permitió crear una tierra de nadie entre ambos bandos, donde se dejaron artículos como bebidas, chocolates y cigarrillos para el intercambio mientras cada bando, en su idioma, interpretaba villancicos.

Se dice que, en medio de un silencio auspicioso de artillería, los soldados de cada lado aprovecharon para remover sus muertos y rezar el Salmo 23 de la Biblia, ese que concluye: “Aunque camine por un valle oscuro, no temeré mal alguno porque Él está conmigo”.

Revolución Cubana en 1980 cuando, en medio de la agitación interna y los ataques externos para minar su empeño autonómico, decidió abrir el puerto de Mariel

Todo aquello se coronó, según algunas especulaciones, con varios juegos informales de fútbol a lo largo del frente de guerra.

La cultura popular ha hecho suficiente énfasis en aquel episodio medio borroso y tiene hasta sus películas, como la oscarizada francesa Joyeux Noël (Feliz Navidad) y Oh What a Lovely War de Richard Attenborough.

Si alguna película emerge de esta temporada de belicosidad automática en medio del coronavirus, protagonizada por el inefable Donald Trump, de seguro no llevará un título demasiado original. Los que le pegan ya los tomó la ciencia ficción, que nunca es tan detestable en sus elucubraciones como la vida real.

Sin embargo, hay uno que quizás le venga como anillo al dedo: “Bastardos sin gloria”, si lo permite Quentin Tarantino.

El filme ¡Oh! What a Lovely War es una apología al supuesto armisticio anglo-alemán

 

 

ÉPALE 368