ÉPALE275-MITOS

POR CESAR VÁZQUEZ • @CESARVZQUEZ3 / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Tengo una idea para un automeme, y es la prueba de hurgar en la biblioteca para alcanzar un libro, y diguear en una pila de discos de vinyl y textos de filosofía y cocina, el libro de Ana María Reyes, donde Hendrix se sale de la portada como anhelando ser alcanzado, desde hace rato, por algunos dedos que digitalicen sobre el mástil el sonido del napal que sale de su guitarra.

La rebelión del poder joven tiene una cota de biblioteca pero desconozco su procedencia, el meme sería la parodia de la creación en el fresco de Miguel Ángel, acercados por el índice de Hendrix pero bajo la pincelada de Bárbaro Rivas. El texto compone una colección de relatos y fotografías que exploran en el contexto la anatomía del movimiento hippie venezolano como el relato de un fenómeno contracultural sin precedentes. Ya algunas hojas empiezan a despegarse, su lomo está roto, se despide de la contraportada; insisto con una búsqueda alterada en el ejercicio dadaísta por la hora. Cerca está El almuerzo desnudo de William Burroughs, eternamente joven y drogado. Este mito tiene una suerte de automatismo bajo presión, el concepto de transculturización empieza a chocar, el mundo estaba agitado y el agite venía de los países llamados para ese entonces desarrollados. Lo abrí al azar, como quien ve el choque de los átomos, y leí: “La respuesta de los ‘peritos’ en la materia no se hace esperar: era copia, transculturización fomentada por el imperialismo, pero sin arraigo en nuestra sociedad, lo que obliga a los jóvenes de estos países a adherirse a las nuevas actitudes. Sin embargo, esta es una visión que peca de superficial e irreflexiva, más allá de la copia —que se da en algunos casos— existen razones más profundas, que indican el porqué de la existencia de una contracultura en las naciones del Tercer Mundo”.

Para entonces, lo que hoy conocemos como experimento social, en esa generalidad, se antepone tras la noción del mundo como un laboratorio antes que un escenario. Había leído lo que un locutor de la época convertía en su eslogan en ese libro, “sicotomimétricos”, y aún sigo sin saber sobre qué trata. Se hacía indispensable empezar a repensarse, incluso dentro de toda esa psicodelia los jóvenes traían otras preguntas y las respuestas ya no estaban en el salón de clase. Si Latinoamérica era un continente joven, Venezuela es un continente aún más joven lleno de liceístas que querían hacer la revolución a través de amor. El fragmento escogido se iba directo al núcleo de una discusión que se torna anacrónica y, actualmente, grotesca. Ha pasado el tiempo y el discurso biopolítico-filantrópico, que colonizó el lenguaje de la Nueva Era a principios de este siglo —ese que huele a palitos de incienso, que sabe a merengada macrobiótica con una pizca de yagé, que reinventa tradiciones como modas, que sucumbe a la teocracia amazónica—, es profesional clase media que te descalifica diciendo “saca toda esa oscuridad que hay en ti”, y se maneja dentro de esa parafernalia del nuevo jipismo que se viene abajo cuando ejerce una mínima cuota de poder, absorbido por el mainstream.

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