Un paréntesis sobre ejercitarse en cuarentena

Por Clodovaldo Hernández @clodoher / Ilustración Daniel Pérez

Una de las enseñanzas que puede dejar este tiempo de Coronavirus es valorar lo que se tiene, tanto material como emocional y espiritualmente, comparándolo con lo que sería no tenerlo. El ejemplo más obvio es, desde luego, la salud. Pero veamos uno de la cotidianidad impuesta por las circunstancias: alguna gente se pone de mal humor porque la convivencia forzosa se vuelve difícil, pero no repara en lo mal, realmente mal que la están pasando quienes están solos. Basta pensar en eso para volverse más sociable y tolerante en la cuarentena.

Bueno, me preguntarás qué tiene esto que ver con el trote. Pues, te diré: cuando entendí que iba a estar confinado en mi apartamento, sin poder salir al parque Los Caobos o los domingos a la Cota Mil, me sentí bastante mal, pero luego volví la mirada hacia una bicicleta estacionaria a la que durante años había tratado con un arrogante desdén… y resulta ser que me ha salvado de los muy perniciosos efectos del sedentarismo total, ¡bendito sea Dios!

El detalle, incluso cómico, del asunto es que cuando me subí por primera vez en el Orbitrek (así se llama el este aparato), lo hice así, todo sobrado, calculando que si yo, este tremendo atleta, que soy capaz de trotar entre 48 y 57 minutos, allí iba a estar dos horas, fácil, sin sudar la camiseta, como dicen los narradores de fútbol. Pero la cuarentena —y la maquinita— me dieron una primera lección: no pude pasar de 17 minutos y bajé vuelto leña.

Con los humos abajo empecé, a partir del segundo día, a ir con más calma y así, poco a poco, le he agarrado el paso.

¿Que si es aburrido? Bueno, no es lo más divertido del mundo. Si se le compara con trotar por un parque, deja mucho que desear. Todavía más si se le compara con trotar en el cortafuego del Waraira Repano. Pero, cuando me atosiga el fastidio pienso en lo peor, mucho peor que la estaría pasando sin esa bicicleta estacionaria. Me dirás que es un consuelo medio patético. Tal vez, pero ya vendrán de nuevo los días de andar al aire libre y, entonces —estoy seguro—, lo disfrutaré mucho más que antes de este apocalipsis.

ÉPALE 367