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POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

ÉPALE264-PICHONES 1Cuando se habla de la gente del sur del continente, uno de los aspectos culturales que más nos atrae a muchos venezolanos es esa fama de preparar las mejores parrillas, los mejores cortes de carne que usted haya probado en toda una vida de buenos y regordetes filetes semisangrantes bañados en guasacaca. El Centro Uruguayo Venezolano, ubicado en Los Chorros (en esa misma calle que le pasa por el frente a VTV pero muuuuucho más arriba), es, en Caracas, uno de los espacios más recomendados para ir a degustar un buen pedazo de ternera acompañada de las mejores morcillas y chorizos y chimichurri, que es un aderezo delicioso, mezcla de aceite, perejil, ajo, pimienta y sal. El otro atractivo del Centro Uruguayo son las noches de milonga y las clases de tango. Una noche de sábado cualquiera usted puede asistir a ese lugar y, si tiene suficiente dinero, comer bien sabroso viendo a montones de parejas moverse al ritmo de los acordeones. Capaz hasta se anima a involucrarse en la milonga.

Claro que yo no puedo dar fe de los rumores sobre la calidad de los cortes de carne, porque cuando abrimos la carta que nos entregó Alberto, el muy cordial mesero que ve usted en la foto de acá al lado, las larguísimas cifras que acompañaban cualquier cosa que tuviera carne nos indicaron de inmediato que nuestro almuerzo sería bastante vegetariano.

Alberto, que trabaja en el lugar hace 15 años, nos recomendó probar la Pascualina. “Una tortilla de acelgas”, me explicó cuando le pregunté qué brujería era esa. “¡Guácala, vale!”, expresé con descontento, pero Alberto, siempre sonriente, pausado y empático me aseguró que no me arrepentiría, y era verdad, aquel  triangulito de pastel/tortilla de apariencia modesta sabía a diosas revueltas con chimichurri.

ÉPALE264-PICHONES 2La Pascualina la compartimos Enrique y yo para que nos alcanzara para comer algo más. El “algo más” consistió en un par de muy sabrosos platos de raviolis con salsa uruguaya, una salsa de tomate con 15 microcuadritos de carne por ración, poco más, poco menos. Ese detalle especial le restó vegetarianidad a la visita, como también lo hizo la ración de chorizo (un chorizo picado por la mitad) que también compartimos y el par de helados que, eso sí es verdad, no estaba dispuesta a dividir con nadie. No quedamos llenos porque corren los tiempos de las raciones modestas, pero sí bastante satisfechos con la calidad de la comida, la atención y el agradable ambiente de ese lugar amplísimo y abierto, tranquilo, alejado del ruido de los carros, y hasta con parquecito para que los niños vayan y jueguen mientras fingimos que no pasa nada en nuestro fuero interno si vamos a un sitio a comer carne y terminamos comiendo acelgas con cierta cruda resignación.

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