ÉPALE 239 CRÓNICAS

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

La Delia era un bebedero-pizzería ubicado por ahí mismo, donde comienza esa calle llena de mataderos que comunica a Sabana Grande con Bello Monte. El local no era barato pero sucedían cosas extraordinarias, como un día en que uno iba a caerse a palos y de pronto se montaba a tocar un Orlando Poleo, en los albores de su insurrección jazzística pero ya con la llama y el talento; cantaba una Trina Medina que, sin duda, merece ser recordada por cosas más notables que el haber sido second de Yordano; cualquier noche de espontáneos saltaba al ruedo algún bolerista o trovador sin renombre que valía la pena; y, en general, el ambiente era de pinga porque iba gente que uno veía buena y sana en la UCV y nunca estaba de más verla, también, borracha.

También sucedía, más de una vez, que no estaba prevista ninguna presentación y entonces los mesoneros eran el show. Se disfrazaban de payasos, curas, beduinos y mendigos y así mismo atendían a la gente y aceptaban convertirse en el chiste de la noche. Quienes preparaban las pizzas eran unos muchachos con discapacidad auditiva que a ratos salían, en plan chistoso, a preguntarles a los comensales cómo era exactamente que querían la pizza y esos insólitos intentos por mencionar los ingredientes en lenguaje de señas se convertían en otra jodedera bien buena. Una de esas noches de disfraces, ya de madrugada, se subieron a la tarima unos humoristas mediocres, abominables. El poeta Miguel Mendoza Barreto, de temperamento ceremonioso y antipático, colapsó por la borrachera y los chistes malos y se dedicó a meterse con los muchachos del show. Y entonces se prendió la coñaza más rara de mi vida: una batalla campal en la “calle de las putas” entre un poco de borrachos y unos payasos, curas y árabes.

Al poeta Miguel lo agarraron dos de aquellos mesoneros y lo sacaron a pingazos; el cantor Rafa Gómez y el teatrero y hombre de radio Marcos Ford comenzaron a mediar desde temprano para que la pólvora no se propagara. Pero en esa época éramos violentos, o nos gustaba parecer que lo éramos, y se armó una de esas riñas colectivas sabrosas o lamentables. A Miguel se le vio fajarse en rudo combate con el payaso, y es fama que el pana no pudo pegarle ni un solo golpe neto o contundente porque la pintura de la cara del tipo hacía que los coñazos resbalaran y se perdieran. A mitad del vaporón salieron los inauditos pizzeros a defender a sus compañeros de chamba y a uno de ellos le pegué una torta tan fea en medio de la nariz que le arrancó, clarita, una maldición: “Ay maldito”, me gritó adolorido el presunto sordomudo. Aplacado el parampampán, grité a pulmón pelao algo que yo suponía parecido a la furia de los titanes: “Nojoda, a mis panas nadie les da un coñazo”. Miguel dijo: “¡Verga!, pero a mí me dieron como trescientos”.

Como suele ocurrir en esos casos, los mejores cuentos del episodio vinieron después, recordados o imaginados por los espectadores y protagonistas. Arturo Cazal, quien ni siquiera estuvo ahí, acuñó el parlamento más recordado de la jornada: asegura el paraguayo que cuando separaban a Miguel de su pintarrajeado contrincante, el pana y que le gritaba: “Cuídate, miserable, a mí nunca se me olvida un rostro”.

 

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