Un solo pueblo: el país en la garganta

En 1976 define su rumbo y se lanza por los caminos del país a recopilar los sonidos de la música tradicional. Lo inaudito fue que al llegar a la radio se volvieron un fenómeno de popularidad que suena 45 años después

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Fotografías Archivo

Desde su nombre, Un Solo Pueblo plasma al país entero. 45 años después de su fundación en Caracas, la agrupación liderada por los hermanos Querales reanima su espíritu conciliador y retoma los caminos para la promoción de la cultura popular a través de la música.

Han sido casi cinco décadas consagradas a la investigación, recopilación y proyección exitosa de nuestro acervo musical, pasando por las fulías, décimas y golpes de tambor de la costa central venezolana, hasta las paraduras y villancicos andinos, las salves, romances, estribillos, décimas, gaitas, cantos de guaraña, joropos central y llanero, galerones, mare-mares y carrizos de tradición indígena, el calipso y las boleras, y un interminable etcétera como indicio de un profundo conocimiento de los sonidos ocultos y remotos de la riquísima manera de cantar y bailar en la patria rural, prácticamente desconocida por el resto del país deslumbrado frente a los brillos de oropel de la pujanza petrolera.

45 años después de su fundación en Caracas, la agrupación liderada por los hermanos Querales reanima su espíritu conciliador

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Así fue hasta comienzo de los 70, cuando “Latinoamérica Un Solo Pueblo se presenta en la Universidad Central de Venezuela (UCV) interpretando nuestra música (golpes larenses, tonos de velorio, estribillos de pascua y fulías) y provocó un rechazo entre pitas y rechiflas de los estudiantes universitarios que no entendían por qué se interpretaban melodías campesinas, de mal gusto, eso no era revolucionario. Igual experiencia negativa experimentó el grupo en un concierto en el Colegio Universitario Francisco de Miranda en Caracas, catalogando los organizadores del evento al conjunto de ´traicionar la música revolucionaria´ porque la música venezolana no despertaba la conciencia del pueblo”, como escribe en un emocionante ensayo Eduardo Casanova.

Su aparición, en la Venezuela efervescente que se nutría de la mirada crítica nacida al calor de las luchas revolucionarias de la izquierda latinoamericana, se encontró con una ciudad como Caracas, desarraigada por las irradiaciones de la dictadura de Pérez Jiménez que “desprovista entonces de una coraza cultural capaz de enfrentar el bombardeo musical extranjero, aceptó esas modas porque iban a tono con su crecimiento urbano y así al amparo de la dictadura, surge ese nacionalismo simplón, turístico y de mal gusto que hacía ver el país solo a través de una música llanera fabricada en Caracas, una música que muestra un llano de utilería, carente de virilidad, humor y garbo criollo” remata Casanova.

Nacida en Caracas, la agrupación amalgamó al país con sus sonidos

Fenómeno de masas

En 1976 surge formalmente como Un solo pueblo, bajo la misión de popularizar formas originales de interpretar la música tradicional venezolana, con el impulso de un grupo de jóvenes que se decantaron por la investigación de campo y el aprendizaje de las formas folklóricas de la fuente natural, es decir, los maestros cultores, vigilantes del sonido original e intérpretes de saberes.

Lo que vino después fue asombroso: no solo colocaron algunas de sus interpretaciones en el top ten de la radio y las ventas de discos en una época absorbida por la salsa y el disco music, con más de 500 mil copias vendidas del LP María dale paleta, sino que introdujeron en Caracas y el resto de las capitales más pobladas del país, un novísimo gusto por los repiques de tambor, las fulías y la parranda, entre otros, que lograron colar a través de la poderosa industrias discográfica de entonces a través de la radio y la rumba.

Han sido casi cinco décadas consagradas a la investigación, recopilación y proyección exitosa de nuestro acervo musical

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Explica el antropólogo y promotor cultural Nelson Oyarzábal, que lo que pasó fue que Un solo pueblo vino a ser la segunda edición de la posibilidad de que el país se reencontrara con sus tradiciones, luego del primer encuentro que se escenificó en el Nuevo Circo de Caracas en 1948 impulsado por el intelectual Juan Liscano, para la toma de posesión de Rómulo Gallegos como presidente de la república y que le permitió a los citadinos conocer a los Diablos de Yare y a la Parranda de San Pedro, entre otros.

“Pero Un solo pueblo lo alcanza trasvasando lo territorial, ya no es la localidad sino que se convierte en un fenómeno nacional y ahí el papel de los medios fue fundamental, con Radio Caracas Televisión difundiendo sus cosas con presentaciones permanentes” detalla Oyarzábal, quien recuerda que El cocuy que alumbra, con una versión bastante pura de voces naturales, fue la primera vez que una parranda de pueblo se difunde en las emisoras con tanta intensidad que se convierte en un fenómeno de masas.

Los éxitos en ventas de sus discos se constituyó en un fenómeno sorprendente

La nueva etapa

Jesús Querales, padre de la criatura, director-fundador, creador de la idea y la filosofía inicial, nos recomienda que escuchemos cada disco, desde el principio, para notar el trabajo de exploración y rescate durante 45 años de las formas musicales originales, tal como las interpreta el pueblo venezolano, “demostrándole a los medios de comunicación que la música venezolana que ellos transmitían hasta entonces era disfrazada, tergiversada, porque creían que la interpretada por el pueblo como originalmente lo hacía, era símbolo de retraso y que la gente no la iba a saber apreciar”.

Jesús e Ismael Querales, artífices de una agrupación patrimonio cultural

Empezando, no es un grupo de parrandas solamente sino de música nacional, aclara Querales, por lo que se proponen durante esta nueva etapa cercana al medio siglo “contar el cuento de Un solo pueblo para que la gente maneje mejor la información de lo que verdaderamente somos, y no se quede pegado con un cantante famoso o algunos temas famosos, cuando lo verdaderamente importante es la filosofía y el trabajo que hizo que toda Venezuela se activara en la búsqueda de sus propias manifestaciones, se crearan organizaciones tanto de investigación como de interpretación, y Venezuela se autodescubriera musicalmente”.

Por eso, parte de su programación conmemorativa consta de la grabación de una serie audiovisual de 25 capítulos, que llevará por nombre “Maestros”, donde los Querales narrarán la historia del grupo rindiendo homenaje a maestros en las tradiciones musicales de las diferentes regiones del país. Igualmente aspiran publicar varias ediciones mediáticas contentivas de grabaciones de audio interpretadas por la agrupación, con material musical recogido en los últimos 15 años con material inédito. Otro es la puesta al aire de un programa de radio todos los miércoles de 8 a 9 de la noche por Radio Rumbos, bajo el título “Un solo pueblo canta y cuenta su historia”, que será retransmitido por una red nacional de emisoras.

Lo inaudito

En un momento inaudito de la historia rumbera del país, mediando los años 80, con Un solo pueblo se inauguró la hora loca de la fiesta: Mí mamá no quiere, Botaste la bola, Woman del Callao, Un negro como yo, Con la mano en el moño, La burra, etc., eclosionaron después de las 12 de la noche a la par del trencito en cualquier cumpleaños, aniversario o fiesta de fin de curso, con lo que se aseguró una cercanía superficial con nuestros sonidos, lo que enseguida generó imitadores de toda ralea, con buenos, malos y peores resultados.

Querales nos pasea por un caleidoscopio de la Venezuela profunda, y nos refiere, desde la nostalgia, a músicos, cantantes e inspiradores que lograron darle cuerpo a la agrupación envestida de fama, una época dorada en la que aparece Francisco Pacheco, una de las voces insignias de la agrupación pero no el único que ayudó a darle estabilidad al sonido propio de Un solo pueblo. Gente de Cata, Borburata, Barlovento entraba y salía con la celeridad del canto colectivo y la ausencia de divos o divas nos dice Querales.

Francisco Pacheco, una de sus voces

ÉPALE 427