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POR RODOLFO PORRAS

En un almuerzo entre amigos, la conversación sobre la gastronomía, sus bendiciones y sus horrores fue derivando, de manera trágica, no por dolorosa sino por inevitable, hacia la inflación que volvió a dispararse sin ninguna piedad por parte de sus disparadores. La gasolina que se vierte a cántaros en los bolsillos de la oligarquía, de los narcotraficantes colombianos y en el de sus imprescindibles cómplices de este lado de la frontera; ¡excelente la salsa marinera!; enormes edificios en China, Venecia, Inglaterra…; residencias repugnantes en Mónaco; la indigencia clamante de ayuda humanitaria que habita en otra nueva “Little Venezuela”, esta vez en la parte más pija de Madrid; de la calamidad que significa Trump (y antes Obama, y antes Bush, y…) para Venezuela y el resto del planeta.

La conversación comienza a parecerse a esas bolas de nieve que van creciendo, que a cada giro se traen un pedazo de lo que está a su paso y en una vuelta las frustraciones personales emplastadas con 19 guardias apresados por corrupción, Uribe, la última vez que estuvimos en Europa; unas ganas locas de tirar una bomba que se llevara lo feo, unas ganas locas de ir a Margarita…

Entre giro y giro me viene a la mente Marat-Sade, la extraordinaria y maravillosa obra de Peter Weiss,  donde el Marqués de Sade, recluido en un manicomio, monta una obra sobre la Revolución Francesa en la que Jean-Paul Marat yace en una bañera a punto de ser asesinado por Carlota Corday.

Weiss incorpora en esta pieza aportes de Grotowski, Antonin Artaud, Luigi Pirandello y, sobre todo, de Bertolt Brecht.

Preguntas imperecederas oscilan sobre la trama: ¿la revolución es posible sin el concurso y el compromiso de la gente? O mejor formulada: ¿la revolución no debe hacerse en el interior de cada ciudadano para poder ser una revolución real?, ¿nada más los líderes son responsables de una revolución? Se miran a los ojos Sade y Marat.

Y vuelvo a mi almuerzo. Algunos amigos intentando que sea posible, otros describiendo con precisión, y cierto sarcasmo, “como todo se va derrumbando”. Gestos reales de preocupación, reflexiones que se pierden en la desesperanza, optimismos argumentados, alguna rabia ancestral que salta por allí. Otra vuelta de nieve y regresa Marat-Sade… Y es tan igual que ruedo entre una y otra locura.

Durante el postre (una torta de naranja con chocolate) tengo la certeza de que estoy entre amigos, que una revolución no es un trámite, que siempre es duro, que el enemigo es inmenso, en nuestro interior y afuera. Pero la derrota no está en los planes.

EPALE 301

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