Caracas activa con la vista puesta en las navidades

Tras ocho meses de cuarentena preventiva de cara a la pandemia, la covid-19, al parecer, ya no asusta a los caraqueños. Conforme pasa el tiempo, la gente pareciera cada vez más resuelta a retomar sus cotidianidades sin importar la amenaza inminente del virus

Por María Eugenia Acero Colomine@andesenfrungen  / Fotografías Michael Mata

“… desde el siglo XVI hasta el XIX caníbal y caribe fueron sinónimos, pero en el siglo pasado caribe recuperó las acepción étnica que conocemos, además de significar salvaje, terrible, sanguinario, significados que en [el]… siglo [XX] han sido sustituidos por vivo, audaz, atrevido, astuto o, en el peor de los casos, bravucón, abusador, tramposo. Transformaciones semánticas que nombran, en última instancia, al que es ‘capaz de devorar, real o metafóricamente, al prójimo’”.

Ángel Rosenblat, Buenas y malas palabras

El fin de semana en que se flexibilizó el tránsito en las playas, una noticia estremeció las redes sociales. El pasado domingo 25 de octubre la cola para subir a Caracas desde el Litoral no avanzaba y, al verse atrapados por un tráfico sin muchas esperanzas de salir rápido, los conductores resolvieron espontáneamente salir de sus autos, poner música a todo volumen, sacar sus botellas y armar una corona party al aire libre. El evento no pudo ser contenido por las autoridades. Antes bien, pareciera que los medios más bien celebraron la anécdota.

Sin embargo, este episodio, al parecer, no es exclusivo en la ciudad. Tanto en las barriadas caraqueñas, como en las urbanizaciones de clases más altas, la gente insiste en mantener intacta su cotidianidad. Es muy común pasearse por La Pastora, San Martín o Chapellín y ver a las personas departiendo alegremente al aire libre y sin respetar las recomendaciones de bioseguridad y distanciamiento social.

Este fenómeno se está haciendo cada vez más visible y flagrante conforme pasa el tiempo. Al principio de la cuarentena, en marzo de 2020, las personas eran bastante cuidadosas de no salir. El miedo forzó a la sensatez y durante un tiempo la sociedad se comportó de manera respetuosa y prudente.

Desobediencia civil

Sin embargo, los escrúpulos como que han ido desapareciendo poco a poco y las calles están dejando de ser los desiertos de asfalto a los que nos acostumbramos en estos meses. Esta actitud no sólo ha sido asumida por los ciudadanos comunes de a pie, sino también por los dueños de los negocios que, cada vez más, permanecen abiertos al público así sea de manera clandestina.

En sectores como Sabana Grande, por ejemplo, es posible divisar los negocios entreabiertos o simulando estar cerrados con personal en la entrada. Se han establecido así códigos de complicidad en los que, incluso, los efectivos policiales participan a cambio de alguna remuneración económica.

El bulevar también se ha ido llenando, poco a poco, de vendedores ambulantes bajo la mirada cómplice de la policía y la guardia. Incluso, es posible ver a artistas callejeros haciendo de estatuas humanas a cambio de unos bolívares. La cantidad de comerciantes callejeros aumenta conforme se camina rumbo hacia Chacaíto, donde incluso han montado templetes improvisados y tarantines.

El Metro de Caracas es otro indicador fuerte de la entropía. El orden que imperaba al principio de la cuarentena se ha ido diluyendo con el pasar de los meses, y los vagones están cada vez más abarrotados de usuarios. Incluso, es posible ver indigentes pidiendo limosna como en los tiempos de antes.

Los efectivos de la PNB y la Guardia Nacional han relajado sus exigencias en las estaciones del Metro. Antes eran estrictos en los accesos y sólo permitían la entrada a representantes de los sectores productivos indicados por el Gobierno nacional (médicos, trabajadores del sector alimentario, periodistas, transportistas, etc.). Ahora, ni siquiera se toman la molestia de visualizar los permisos laborales. Muchos de estos permisos, incluso, suelen ser falsos.

El Metro de Caracas está volviendo al desastre habitual

Focos infecciosos

Lo más grave de este comportamiento es que se acentúa en las zonas que se han convertido en focos infecciosos, como Coche, Catia y Petare. Estas comunidades, históricamente, son centros con gran afluencia de personas y en estos tiempos se han resistido a cambiar su dinámica de vida.

En Coche, por ejemplo, los vendedores ambulantes siguen vendiendo alimentos rescatados y productos de segunda mano en las aceras, sin ninguna supervisión. Los cardúmenes de clientes y consumidores siguen asistiendo al Mercado de Coche como si nada y las interacciones permanecen igual que siempre.

«No todos tenemos las condiciones económicas para resistir la pandemia en casa. El Gobierno tiene que entender esto»

(María Gómez, comerciante informal)

Catia es otro foco peligroso de contagio que mantiene intacto su dinámica comercial y de vida. “En el bulevar de Catia hay un gentío como siempre, todos los días. Si acaso, a veces la policía pasa y cierra los negocios, pero eso es sólo un rato. Los comercios lo que hacen es que permiten una cantidad máxima de personas, pero igual es una cantidad grande y no respetan el distanciamiento social”, nos comparte Giomar López, residente de Altavista.

En Petare la vida continúa como si no hubiera pasado nada. Los comercios informales siguen activos y la gente se multiplica como los gremlins. Las autoridades, similar que en otras partes, se hacen la vista gorda.

“Aquí la gente vive como si nada. Sólo cierran los locales al mediodía y hay más chinos que nunca. Negocios que eran referencia en la zona, ahora son bodegones administrados por chinos que ni saben decir ‘hola’”, agrega Jorge Torrealba, residente del sector.

Catia desatiende los llamados a distanciamiento social

Causas o excusas

“La cuestión es que la vida está cada vez más difícil y uno tiene que salir a buscar el pan. No todos tenemos internet para trabajar desde nuestras casas y tenemos que resolver el día a día”, argumenta Pedro Gómez, transeúnte de los lados de Chacaíto. El señor Gómez es obrero, padre de tres niños y fue desincorporado del proyecto donde trabajaba a causa de la pandemia. Ahora vende tapabocas en la calle para rebuscarse, a la espera de retomar la normalidad.

“No todos tenemos las condiciones económicas para resistir la pandemia en casa. El Gobierno tiene que entender esto. Nos están despidiendo de los trabajos y tenemos que buscar la manera de sobrevivir. Que Dios me proteja, pero tengo que trabajar y no tengo quien me mantenga”, explica la señora María Gómez, buhonera en Petare.

Orígenes y consecuencias

Este comportamiento ha traído como consecuencia que los contagios se hayan multiplicado aceleradamente, a pesar de las instrucciones del Estado de mantenernos en casa. El peligro de este comportamiento constituye que la pandemia se salga de control y que los hospitales centinelas no estén en la capacidad de atender a una gran masa de pacientes.

«El deterioro paulatino en las instituciones ha llevado a que la sociedad cada vez respete menos las leyes»

Una lectura sobre la rebeldía del caraqueño a respetar las normas de bioseguridad nos indica que esta actitud no es nueva: más bien constituye una cultura histórica. El deterioro paulatino en las instituciones ha llevado a que la sociedad cada vez respete menos las leyes, y se mantengan vigentes códigos urbanos en los que el más fuerte sobrevive sobre la base de extorsiones y amenazas.

La viveza criolla es una institución social que se ha venido consolidando fuertemente en la psique del venezolano. Históricamente, la tendencia a la trampa se ha naturalizado al punto de que no hay manera de establecer un control sobre la gente.

José Ignacio Cabrujas, en 1987, y a propósito de la Reforma del Estado, señalaba que para los venezolanos el Estado es simplemente un “truco legal” que justifica formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del “me da la gana”. Entonces el problema no es de leyes, es cultural, porque tiene que ver con valores o, quizá, con antivalores compartidos. Esa dimensión cultural es la que se olvida a la hora de buscarle salida a los fracasos y construirle proyectos al futuro.

Si el Gobierno nacional no refuerza sus medidas de orden público, el peligro de contagio se volverá insostenible para todos. Se hace indispensable que tanto el Estado como los medios refuercen campañas de concientización para exhortar al pueblo a que recapacite. Por otra parte, es indispensable que se ideen medidas para que la gente pueda producir sin que trabajar suponga un peligro para sus vidas.

El Mercado de Coche sigue operando como si nada

ÉPALE 389