EPALEN236_20.indd

POR MALÚ RENGIFO @MALURENGIFO / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

EPALEN236_20.indd

Entrar en el centro comercial Metrocenter, en Capitolio, sobre todo por la entrada que coincide con la salida de la estación del Metro, se encuentra muy, muy lejos de figurar entre las experiencias más placenteras que se puedan vivir durante una tarde calurosa.

Buhoneros gritando, transeúntes tropezándose, gente entrando y saliendo del metro por montones, desplazándose por pasillos angostos de baldosas desgastadas por el roce con las suelas hará que usted se sumerja en la experiencia con la entrega y la tranquilidad de un desahuciado, casi dejándose llevar a ciegas por la corriente de una multitud que camina en entropía. En medio de tal orden de las cosas, modificar la dirección de su andar le hará sentir como un salmón nadando río abajo, contra el fluir del resto de los salmones, y verá cómo su cuerpo se descubre responsable de la colisión de una señora, dos muchachos y un niñito contra usted. Casi, casi podría decir que la entrada de ese centro comercial es uno de los sitios más incómodos de la ciudad, pero es mentira, y esto se debe a solamente una cosa: a 30 metros del umbral de acceso, si al detener su paso y sobrevivir a la colisión ya mencionada logra mirar hacia el lado derecho entre la gente, verá una heladería que le da sentido a toda la experiencia y cuyos exóticos helados logran que codazos, carterazos, tropezones y empujones sean un precio fácil de pagar con tal de tener la dicha de refrescarse una tarde degustando las delicias que prepara Fragolate.

EPALEN236_20.indd

La heladería en cuestión es un negocio muy joven, de apenas 3 años de antigüedad, pero ya se ha ganado una amplísima cartera de clientes satisfechos, seducidos por ese dato que la hace única delante de cualquier otra heladería de la ciudad: Fragolate ofrece, entre sus sabores, una gama variada de helados de frutas y semillas traídas del estado Amazonas: sabrosas, nutritivas, curativas y que, indiscutiblemente, generan una curiosidad inmediata en los catadores de helado, ávidos de disfrutar texturas y sabores diferentes al trío “mantecado-chocolate-fresa” de costumbre en todas partes.

Copoazú, mamey, moriche, túpiro, arazá, manaca, la semilla tostada del copoazú (cuyo helado fue bautizado como “chocoazú”). Nada más pronunciar aquellos nombres da señales a la lengua de que algo bueno está por ocurrir. También tienen otros sabores, no tan exóticos pero igual de llamativos, como el helado de chicha y el de rikomalt, recomendados siempre por Álex, un maestro servidor de helados, simpático, sonriente y excelente vendedor, que le dará a probar en una paletita sus recomendaciones más sinceras, para ayudarle a tomar la decisión más acertada sobre el helado que le hará feliz la tarde.

Rigoberto, el cajero, afirma que el éxito del local radica en la variedad: “La gente siempre quiere probar algo nuevo”, lo escucho y coincido. Hay sabiduría en esas palabras.

 

EPALEN236_20.indd EPALEN236_20.indd

 

ÉPALE 236

Artículos Relacionados