Una historia a retazos

Su pasta de joven líder lo convirtió en objetivo militar

 

 La contrarrevolución se ha ensañado contra los cuadros chavistas

—¿Ya se enteró? —preguntó la señora de la esquina, al lado de la venta de empanadas, la que vendía cigarros mientras esperaba el camión de las bombonas. Con un termo de café, claro.
—No —respondí yo, como Anselmo, que a veces aprovecho su condición—. ¿Perdió el Caracas el primer juego de la serie?
La señora permaneció seria antes de responder.
—La serie comienza el viernes. Mataron al muchacho este que salía defendiendo al proceso, el diputado jovencito ese, que hablaba tan bien y con tanta seguridad. Maracucho, creo. Me extraña que no te hayas enterado.
Anselmo se quedó pensando antes de preguntar:
—¿Y cómo lo mataron? ¿Fue sangriento?
—Sí, como 40 puñaladas en el pecho. Todavía no confirman bien el suceso. Es probable que sean paramilitares.
—¿Y usted cómo sabe eso?, pensé que a usted no le importaba la política.
—Que haga críticas no quiere decir que sea estúpida. La realidad la conoce uno por cuentos y por lo que se siente, que es bastante.
Desde que Anselmo supo de la muerte de Eliécer Otaiza, seis meses antes, cuando comenzaban a operar fuerzas extrañas ejecutando gente de manera barroca para infligir temor, sin importar el motivo (el método y la forma conforman un discurso y acarrean una intención en sí), observó cierto morboso “fresquito” que ese asesinato generó en algunos enemigos invisibles. Los ofendidos por el ejercicio de la autoridad se confundieron con los declarados enemigos políticos, enturbiando la interpretación de la noticia.
—¿Usted cree que sean paramilitares?
—dijo la doña—, porque ya van dos, que se sepa. Otaiza, que ya se había salvado de la muerte en 1992, por allá, cuando Chávez; y la otra en un accidente de moto.
—Evidentemente quieren producir temor y malestar. Por eso no se consiguen granos, suben el cigarro y sabotean el café. Son cosas importantes para nosotros.
—¿Y quiénes querrían producir ese malestar? ¿Los gringos? ¿Los colombianos? ¿Los anunakis? —dice la mujer muerta de la risa.
Anselmo pensó la respuesta, pero la verdad no tenía ninguna clara, sobre todo por las imágenes que aún le venían a la mente, tanto despierto como dormido.
Ciertamente, un poder oculto intentaba, e intenta, algo de manera ladina. Analiza lo que sucede mientras cambia, antes de actuar tiene instancias de dudas y sus propias contradicciones y, al parecer, la realidad los excede hasta a ellos mismos, a los poderosos ocultos. Por eso necesita información que solo les acercan asesores escritores, sociólogos, antropólogos y esa gente que estudia costumbres, fechas, carencias y talentos, a veces por dominación, pero sobre todo como un juego con un oponente desapercibido que, por su parte, sabe mucho más de sí mismo y de todas las culturas, porque las conforma. Estudiándonos a nosotros mismos aprenderíamos más de ellos, del universo y del mundo que viene.
Así los veía Anselmo, pero mentiría si respondiera a la pregunta con alguna precisión. No era más que una historia a retazos que estaba por armarse. Siguió caminando sin despedirse, reforzando la locura que lo caracteriza.

Por Argimiro Serna • jargimiroserna@gmail.com / Fotografías Archivo

*En enero 2014. Se elige la Junta Directiva de la Asamblea Nacional para el período de sesiones 2014-2015. Diosdado Cabello es ratificado como presidente del hemiciclo.

*Chikungunya. Pandemia continental del virus denominado chikungunya. Se reportan 70 contagios en Venezuela.

*El presidente Nicolás Maduro anuncia la creación de ministerios. Se crea el Ministerio del Poder Popular para Vivienda, Hábitat y Ecosocialismo y el de Educación Universitaria, Ciencia y Tecnología.

*Raspacupos. Desde 2011 Venezuela registraba una casi indetenible fuga de divisas propiciada por los mecanismos resultantes del control de cambio, que es aprovechada por miles de ciudadanos para sacar del país dólares a tasa oficial y revenderlos en el mercado ilegal o paralelo. La práctica se conoció con el nombre de raspar cupos y los beneficiarios de esta modalidad recibieron el apodo de raspacupos. El Estado venezolano le asignaba a cada venezolano que necesitara o deseara viajar fuera de Venezuela un “cupo” o derecho a comprar dólares a tasa preferencial (primero el derecho era a comprar 2.000 dólares; luego, el cupo fue rebajado a 300 dólares al mes; y, posteriormente, 500 al año). El mecanismo era supervisado por la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi). El viajero compraba dólares a una tasa de 6,30 bolívares por dólar, iba a cualquier país del exterior con su tarjeta de crédito, retiraba los dólares en efectivo, regresaba a Venezuela y los revendía a 40, 50 o 60 bolívares por dólar. Mediante una alquimia absurda y sencilla, el Estado terminaba financiando a los venezolanos que deseaban viajar, y éstos aprovechaban para multiplicar sus ingresos cambiando dólares legales por dólares muchos más caros en el mercado paralelo.

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