Una limosnita, por amor a Dios

Por Pedro Delgado / Fotografía Archivo

Esa costumbre de pedir limosna llegó a Caracas con los colonizadores españoles. Era el papel asignado a las cofradías religiosas apostadas a la salida de las iglesias, o en perenne recorrido por aquellas callejuelas. Una eterna costumbre, heredada por los pedilones de hoy día. Te los encuentras no más al entrar al vagón del Metro, a la buseta o simplemente por ahí, por estas calles de ahora, con el “martillo” y la charla en ristre.

Por aquellos tiempos las cofradías y hermandades se apostaban, sobre todo en días de festividades religiosas, en las puertas de las iglesias a cobrarle el peaje respectivo a “la concurrencia que entraba y salía del templo asediada por la tropa de pedigüeños y limosneros”, tal como lo dice la crónica de don Arístides Rojas. En ese tenor, hubo otra modalidad de carácter público extendida por el poblado, por lo general hombres ancianos pasando la “raqueta” al bolsillo y la despensa de los contribuyentes, es decir, que hasta comida regalada introducían en una cesta que llevaban consigo. Por común, andaban con una divisa religiosa mostrada en su recorrido, al igual que una serie de imágenes, rosarios, novenas y camándulas ofertadas a los fieles.

Los tiempos modernos llegaron y la costumbre ahí. En una ciudad como Caracas, donde la superpoblación se agiganta cada día, los pedilones de oficio están por todas partes. Patéticos casos los que se ven en los vagones del Metro, en las distintas rutas. Siendo que en la superficie igual abundan, es debajo de la tierra donde cobra visos de caos social. Y como vamos yendo vamos viendo.

“Buenos días tengan todos. Padezco de una lesión en mi pie derecho, con una parálisis traumática ocasionada por tres balas disparadas al momento de atracarme. Necesito un tratamiento urgente a base de analgésicos, anticoagulantes y selladores gástricos que no poseo… ¿quién quiere ayudarme?”, dice el discurso médico-quirúrgico de un joven que atraviesa el pasillo atestado de gente. “Dame para comer, dame para comer, dame para comer”, se escucha la letanía de un viejito apoyado en un bastón. “Perdonen que los moleste señores usuarios, necesito urgentemente estos medicamentos. Aunque sea un billetico de 100 que me puedan colaborar, por favor”, dice una señora mostrando unos récipes médicos. Son tan solo tres casos allegados a la destreza del diario pedir.

De todo sigue habiendo en esta viña caraqueña.

ÉPALE 364