Una parranda e flojos

Por Marlon Zambrano @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Flojo, vago, sinvergüenza, vivo, tramposo: así es el venezolano, según las afirmaciones de autocastigo que nos califican de escoria. Primero como signo de endorracismo, en el corazón mismo de la patria; y, luego, como evidente gesto de xenofobia más allá de las fronteras.

Desarraigados en nuestras identidades, porque nos quisieron así para la dispersión y la dominación, nos enseñaron con pruritos de academia a sujetarnos a la idea de “poca cosa” y a sembrarnos en el abandono, esparcidos en una especie de vacío existencial que nos caló de asepsia para que desecháramos el amor por los signos fundacionales de la estirpe y nos volviéramos presa fácil de las ofertas del mercado.

“… hospitalario, generoso, humano, moderado, paciente, amigo de la paz y lleno de virtudes…”, nos detallaba José Ignacio Pombo en el Informe del Real Consulado de Cartagena de Indias a la Suprema Junta Provincial, datado en 1810. Es una descripción parecida a muchas de las que se conservan en antiguos escritos de antes de la Guerra de Independencia, que hacen alusión a la idiosincrasia de los hombres y mujeres de estas tierras.

Ya Bolívar tuvo que detener alguna vez a un ilustre europeo que caminaba con asco entre los nuestros, escandalizado por tanto caos: “Permítanos vivir nuestra propia Edad Media”: parece que le dijo, palabras más, palabras menos, el Libertador, con suficiente acento en nuestros propios ciclos históricos y naturales.

No nos detengamos a imaginar lo que diría hoy el visitante, pero elucubremos con suficiente ventaja lo que le habría respondido Hugo Chávez, quien un día llegó, hecho el loco, con su cara indiana, su acento veguero y su pasión de aquelarre y nos descubrió el ombligo, que varios años de oscurantismo ilustrado, políticamente sesgado, pretendieron ocultar.

La psicóloga Maritza Montero, en una paquidérmica investigación que recogió en un libro esencial (Ideología, alienación e identidad nacional), señaló las distintas percepciones, propias y extrañas, sobre las características del ser venezolano que se tejieron durante los siglos XIX y XX.

En sus conclusiones citaba a Núñez de Cáceres, quien en 1823 destacaba como rasgos generales del venezolano el no ser rencoroso, capaz de perdonar siempre y mostrarse magnánimo hacia su enemigo.

Uno se pregunta si hace falta más ciencia que alma para saber de qué estamos hechos. La comprobación empírica, al menos, nos revela con espíritu indomable y esfuerzo sobrehumano, capaces de remontar los más agudos infortunios para imponer siempre nuestro optimismo solidario frente a la adversidad.

De manera categórica Montero dice, casi en la última línea de su deslumbrante tratado: “Este fenómeno puede ser fundamentalmente descrito así: cuestionamiento de la propia identidad y de su definición, que en la mayoría de los casos se traduce por una expresión negativa que denota minusvalía nacional y sobrevaloración de lo extranjero, en particular de los países con los cuales existen o han existido nexos de dependencia”.

ÉPALE 378

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