ÉPALE314-ROCOLA

LA NOCHE CARAQUEÑA RESPIRA. LA CANECA ES UN VIEJO BAR DONDE AÚN ES POSIBLE MATAR EL DESPECHO ESCUCHANDO RANCHERAS, ACARICIANDO PIELES Y BUSCANDO BESOS ENTRE LAS SOMBRAS, SIEMPRE QUE FICHES LA BIRRA. A 100 BOLOS LA CANCIÓN

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

No hay nada más difícil que vivir sin ti. Sufriendo en la espera de verte llegar. El frío de mi cuerpo pregunta por ti. Y no sé dónde estás… Si no te hubieras ido sería tan feliz, retumba al interior de un botiquín desierto al lado de la plaza La Concordia, en cuya puerta de entrada se exhibe un cartel con un mensaje ambiguo: “Hay tetas y barquillas cremosas”.

Aunque nada anuncia el preludio de un trío entre Diego Luna, Gael García Bernal y Maribel Verdú, como en la escena playera de la película Y tu mamá también de Alfonso Cuarón, cualquiera sospecharía que se está tejiendo, bajo la bitácora despechada de Marco Antonio Solís, una historia de desamor.

En La Caneca sobrevive una inmensa rocola que te oferta una canción por Bs.S. 100. Señorea, como una madama centenaria, al fondo del bar, oficiando la homilía. A sus pies han ido a comulgar los más bravos, y han caído rendidos entre sus faldas sollozando porque la amada se fue sin decir adiós. Pero, como casi todos los besos que se han sellado a su alrededor, se trata de un ardid.

Aunque es un ardid, el vintage hace posible que la rocola remede tiempos mejores

Aunque es un ardid, el vintage hace posible que la rocola remede tiempos mejores

Ana se encarga de romper el hechizo: “No hombre, eso es una computadora”, nos revela sin piedad, como despojándonos de la virginidad de nuevo. Y es verdad. No hay ranura por dónde meter el fuerte ni un brazo mecánico atrapa un disco de vinil para ponerlo a roncar. Los Bs.S. 100 se los das en efectivo a la encargada y desde unos altavoces invisibles suena un tururururú que activa el artificio y, ahora sí, puedes punzar un juego de botones hasta dar con la pieza digitalizada que deseas escuchar y que, de paso, te ofrece un videoclip que nadie espera. Desde un cintillo de pantalla, en su extremo superior, relampaguea un anuncio tajante: “En su tasca La Caneca tomará la cerveza más fría de la zona, acompañado de bellas mujeres”.

Llegan como una tromba de hormonas el Braian, Wisleisy y Yaximar. Él las corteja como un monarca en moto y encienden su fiesta particular sin gradería. A ratos bailan en pareja, ahora los tres, ahora solo las dos, pero la diversión es escandalosa, fugaz y esterilizada. Y así como llegaron, con sus cascos y sus aspavientos, cual huracán sobre la cuenca del Caribe, se van, dejando una estela de silencio y restos regados sobre un salón que, de nuevo, queda desolado un viernes por la tarde.

La rocola ha de tener todas las canciones del mundo, nos va contando Ana, y, ciertamente, todas las que sugiero van apareciendo como un redoblante de tambores, antes de que aflore la oscuridad y su abismo de sombras. Claro, música de la noche: bachata, bolero, vallenato, ranchera y, como para no dejar por fuera cierta vanidad cosmopolita, reguetón, llanera, merengue, salsa cabilla y una que otra balada pop.

Sesenta años atrás La Caneca era el núcleo del mundo: escala apresurada del funcionariato en pos de caricias baratas, escondrijo de conspiradores, esquina de almuerzos tropicales, punto de encuentro de una diáspora provinciana que arribaba al Nuevo Circo despeinada, delirando con El Dorado de concreto. Las oleadas migratorias traían a la capital, sobre todo, ejércitos de vírgenes impúberes huyendo del hambre que no lograban saciar, ni en Tucupita ni en La Grita ni en Calabozo ni en Puerto Ordaz, y se aposentaron entre la Lecuna, Quinta Crespo y San Martín para rastrear empleo. Y lo consiguieron rápido; eso sí, a cambio de piel.

SE ENAMORÓ EN EL BAR

Ana llegó desertando de la miseria. Dejó atrás Capaya, estado Miranda donde sus parientes festejan un parentesco probable con el mismísimo Libertador, aspirando encaminar su destino. A La Caneca entra a las 10 de la mañana; primero se encarga de la limpieza y, a lo largo del día, atiende como anfitriona a una clientela cada vez menos distinguida y menos clientela, pues lo que queda, cuenta, son los restos.

“Aquí llegó a haber hasta 15 mujeres, de las más bellas de todo esto, y los hombres, incluso, permanecían parados porque no quedaba puesto en las mesas”, asegura mientras escudriña, como un barco a la deriva, a su alrededor, desenmarañando el pasado. “La última de las ficheras se fue ayer”. Era una niña que, al final, se supo que no pasaba de los 17 años y, de paso, quedó preñada de un cliente.

Las ficheras, aún hoy, solo reciben un incentivo mínimo por sus pacientes gestos de amor

Las ficheras, aún hoy, solo reciben un incentivo mínimo por sus pacientes gestos de amor

Sin embargo, en la medida en que avanzan las horas el bar se va poblando de nuevo, y aunque no hay “mesoneras” fijas van retoñando, desde la nada, las mujeres que esperan. “Aquella es decana, tiene como 20 fichando”, y señala a la barra, donde descansa sobre una silla de metal una distinguida dama de aspecto nubloso que, poco a poco, se va borrando como un espejismo, entre un trago y otro.

En la puerta espera un enjambre inestable de muchachas que van y vienen, cruzan la calle, corren hacia la plaza, huyen hacia la otra esquina o entran y piden el baño prestado, o alquilado.

Fichar es una labor elemental. Las chicas se sientan en la mesa y aceptan beber con quien las invite. Por cada trago reciben un incentivo mínimo pues, como es sabido, la casa nunca pierde. Lo que queda es pactar en pareja un destino de amor, que bien puede fraguarse entre los “mataderos” indescriptibles de los alrededores o donde les coja la noche.

Hubo una época en que la historia se hacía en su interior

Hubo una época en que la historia se hacía en su interior

Ana no ficha, nunca le gustó. Llegó pidiendo empleo y se encontró con una tarea sencilla: sonreír. Confiesa que ha atravesado la existencia con fascinación loca y de su valija vital extrae oficios como enfermera y chef, un hijo de 19 años que estudia y una puntualidad marcial para atender a su marido en casa. Le conoció en el bar: un cliente asiduo, de 67 años, con el que descubrió la felicidad, a quien le plancha cinco mudas para la semana y le confecciona el almuerzo para dos o tres días, de una sola vez. “Usted no sabe lo que es querer hasta que no es feliz sirviéndole un plato de comida a su marido”, reflexiona con un brillo especial alumbrando su sonrisa.

A las 7 de la noche se arroja por entre las rendijas del Centro, donde no todo ha sido siempre feliz: una vez la golpearon tanto para robarla que le hicieron perder al bebé que crecía en su vientre. Va hipnotizada al encuentro de su hombre, con esa celeridad feroz y heroica del Caribe, a pesar del cuento chino de los cronistas célebres que nos hablan de nuestras “verdades” desde los tópicos del miedo, como el argentino Martín Caparrós, que hace poco nos visitó y describió el horror que implica salir a las calles en la Caracas de los días que corren, como si las emociones no reinaran entre nuestras virtudes.

A sus 42 años, y antes de culminar su turno en La Caneca, un bar de ficheras de La Concordia que tuvo mejores tiempos, Ana jura que ya, por fin, sabe lo que es el amor.

ÉPALE 314

Artículos Relacionados