ÉPALE257-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Hay muchachadas medio inocuas y nulas en apariencia, pero provechosas por los recuerdos o aprendizajes que te dejan. Hay otras destructivas y a veces fatales. Y están las muchachadas grandiosas, esas que te marcan personalmente y que pueden marcar al entorno cercano, a la sociedad y a los países. De carajito te pones a vender arañas por la calle y la gente al verte pasar comenta: “Coño, pobrecito el muchacho callejero”. Después te mandan a estudiar en la institución más retrógrada del planeta después de la Iglesia y dicen: “Ahí va, a perder el tiempo en un cuartel”. Pero de pronto todo ese acumulado deriva en una zancadilla a las hegemonías del mundo. La cosa no es cómo o en qué pierdes el tiempo, sino en las vainas que está dejando en tus adentros esa perdedera de tiempo.

El decir de la gente es lo de menos pero es lo que más cosas revela: la gente dice “perder el tiempo” cuando no te ve entregándoselo a la maquinaria de consolidar el capitalismo. “La gente”; miren qué manera de nombrar con tono despectivo a la gente.

La guerra es una de esas vainas de muchachos. Hay una edad a la que uno es lo suficientemente irresponsable y manipulable, y además tiene energía de sobra para derrochar o poner al servicio de una facción, y ese es el momento de convertirse en guerrero. Porque nos han dicho que ser guerrero es lo máximo, lo glorioso, lo valiente y lo necesario. Incluso en la vida cotidiana llamamos “guerrero” a alguien que realiza proezas para sobrevivir y garantizarles la sobrevivencia a los suyos. Al ser humano virtuoso preferimos llamarlo guerrero, porque creemos que es ejemplarizante y chévere participar en una guerra. Hasta que nos asomamos en una guerra de verdad y entendemos que quienes añoran una guerra por lo general son personas que nunca han estado en una guerra.

Hay que ser lo bastante adulto para negarse a participar en una guerra, y lo bastante muchacho para responderle a quien te convoca a la guerra: “Si me lo mamáis”. Ah: pero está el momento en que la Historia te empuja irremediablemente a la guerra para defenderte a ti, a tu gente o a tu país. Harina de otro costal.

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La muchachada mayor, más hermosa y productiva, es aquella que nos empuja a largarnos de la casa, a apartarnos de la raíz y salir a buscar esa patria que nos encanta decir que amamos aunque no la conozcamos. Abandonar familia, estudios, estabilidad y salir en busca de la aventura de conocer al país. Últimamente he visto a mucho aventurero metido hasta las cejas en una mina sacándole el oro a la tierra. Son en su mayoría muchachos violentos, respondones, echaos pa’lante, de varios lugares del país. Esos muchachos pudieron haberse quedado en su casa jugando juegos de video, estudiando como Dios manda (oficio serio que no por serio es del todo malo), emborrachándose o drogándose hasta la inconsciencia (con la plata de los padres o de la gente a la que atracaron) pero decidieron coger calle e inventársela de otra forma. Si yo fuera corporalmente más muchacho no estaría solo haciendo periodismo en esas minas: estaría metido de cabeza buscando una platica extra. Quisiera ver muchachos y muchachas con ganas de hacer periodismo de inmersión. Que quieran buscar la noticia pero zambullidos en la noticia. Esa es la aventura.

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