ÉPALE311-GRAN COLOMBIA

EN CASI 200 AÑOS SE HA TRATADO DE IMPONER LA IDEA DE QUE A NUESTROS PAÍSES LOS SEPARA UNA LÍNEA CASI VERTICAL, PARA DIFERENCIAR A UNOS DE OTROS. MIENTRAS LA GODARRIA DISCURSEA CON LAS DIFERENCIAS, COMO UNA ÚLTIMA MANIOBRA DE SUS ESTRATEGIAS DE MERCADO, Y LOS POLÍTICOS TRAZAN LINDES GEOGRÁFICOS EN SU IMAGINACIÓN PARA SUJETARSE AL PODER, EL PUEBLO REAL TRAFICA SUS PENAS Y GLORIAS AL PRECIO CONTANTE Y SONANTE DE LA HERMANDAD

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ARCHIVO

“Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos obedeciendo al actual Gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales…”, dijo Bolívar como parte de la última proclama que el 10 de diciembre de 1830 dictó desde su lecho de moribundo en presencia del humilde cura de un pueblo cercano a Santa Marta, Colombia, quien seguidamente le dispensó los santos sacramentos en las inmediaciones del fin.

Rodeado de sus más cercanos, el notario Catalino Noguera empezó a leer el documento pero no logró pasar de la mitad: se le atarugó la emoción en la garganta y tuvo que continuar Manuel Recuero. De allí se desprende la famosa frase, que quedó como epitafio: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

El Libertador se estará revolcando en su tumba. Conmueve advertirlo.

La frontera, un trazo que se difumina en el alma de los pueblos

La frontera, un trazo que se difumina en el alma de los pueblos

UN ASUNTO DE CASTAS

Con temor a excederme en el recurso de la primera persona, detallo un cuadro genealógico que bien podría señalarme de agente extranjero, casi un espía enviado desde las fauces del mal: mi abuelo, Chacón, era cucuteño, como el peor de los cachacos. Y aunque las pocas veces que nos vimos confería felicidad a mis fines de semana catienses, al regalarme siempre un fuerte para las chucherías, en verdad era un cachaco malo, taxista y, a la vez, soplón de la Seguridad Nacional. Al menos eso me contaba mi abuela María, una tachirense recia que sus padres negociaron con algún hacendado del país vecino siendo casi adolescente para saldar una deuda de estirpe, desde donde se meció entre amores pactados y contrariados rebasando las nacionalidades en el confín más occidental de la patria, la frontera menos real y más imaginaria de que se tenga memoria desde que Ítalo Calvino escribió Las ciudades invisibles.

Migrantes han ido y venido a lo largo de los años

Migrantes han ido y venido a lo largo de los años

Una hermandad reconocida a la vera del puente

Una hermandad reconocida a la vera del puente

Por esa y otras razones, la mitad de mis tías son colombianas, la otra mitad no estoy seguro, mi mamá casi, mi papá por pegón también y a mi heráldica familiar la coronan un cuarto de kilo de queso paisa y media arepa reina pepeada perfilada por el mordisco de la nostalgia.

Por si fuera poco, la madre de mis chamos es gocha, de las de Trujillo, descendiente de esa aguerrida casta de timotocuicas que pare mujeres arrechas. A su abuela la secuestró un cachaco para, eufemísticamente hablando, desposarla a orillas del Meta, lo que traduce que nuestros hijos, por pura heredad genética, deberían cantar de memoria y por igual La pollera colorá y La muerte del Rucio Moro, sin confundir ni una letra ni una coma.

Mi caso no es atípico. Cuando el presidente Maduro soltó el otro día que 6 millones de colombianos habitaban entre nosotros, huyéndole a la violencia colombiana y disfrutando de los frutos de la Revolución, todo el mundo puso cara de asombro, no por la estadística, sino por la fidelidad de su afirmación. Para nada parecía exagerado su padrón.

En seguida el portal web de noticias Efecto Cocuyo premio Gabo 2018 que le otorgó la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), con sede en Colombia, por su reportaje Venezuela a la Fuga”— respondió que eso era imposible. Escudados en su acostumbrado esfuerzo por argumentar para contrariar, como una tarea inaplazable de puro chalequeo, buscaron a los expertos para medir, con precisión de filigrana, cuántos colombianos quedan en el país, para concluir, en resumen, que ni siquiera llegaban al millón, menos los que se han devuelto por donde vinieron.

MADE IN GRAN COLOMBIA

Son ganas de joder. En definitiva, colombianos somos todos, tanto que de 1821 a 1831 fuimos la Gran Colombia, acompañados de Panamá, Ecuador, la Guyana Esequiba y otros territorios, que luego pasaron a Brasil, Perú, Nicaragua y Honduras.

Ya en 1828 los intentos separatistas, las conspiraciones y los complots hicieron tambalear la unidad, lo que obligó a Bolívar a convocar la Convención de Ocaña para reformar la Constitución de Cúcuta, lo que dio paso a la unión grancolombiana, nos cuenta el historiador Alexander Torres Iriarte. Del lado colombiano estaban federalistas seguidores de Francisco de Paula Santander, quienes soñaban con que los departamentos tuvieran una marcada autonomía del Gobierno central y así disminuir la autoridad del Libertador. Del lado de acá estaba Páez conspirando a mansalva hasta que finalmente en junio de 1830, desde Valencia y pese a haberse celebrado el Congreso Admirable para asegurar la unión, incitó a que un grupo de ciudadanos decidieran la separación de Venezuela del sueño integracionista.

COLOMBIANOS SOMOS TODOS, TANTO QUE DE 1821 A 1831 FUIMOS LA GRAN COLOMBIA, ACOMPAÑADOS DE PANAMÁ, ECUADOR, LA GUYANA ESEQUIBA Y OTROS TERRITORIOS, QUE LUEGO PASARON A BRASIL, PERÚ, NICARAGUA Y HONDURAS

Hay un antecedente fascinante, como relata el historiador cucuteño Gastón Bermúdez Vargas: “Por Cédula Real de 1793, cuando se creó el Real Consulado de Caracas, Pamplona, Cúcuta, Salazar y San Faustino fueron anexados a la Capitanía General de Venezuela; pero por Cédula Real de 1795 fue revocada dicha disposición, por lo cual, en 1810, según el principio del uti possidetis juris (“lo que poseías poseeréis”), correspondieron a la Nueva Granada. Por poco menos de 15 años hubieran sido venezolanos; y, al contrario, la provincia de Maracaibo hubiera sido colombiana si esa petición de algunos comerciantes de Maracaibo, de continuar bajo el dominio del Virreinato de Santa Fe, no hubiese sido desechada por el Rey y ratificada de Venezuela en 1786 por la Real Cédula que creó la Audiencia de Caracas”.

Son muchas las razones de los flujos migratorios

Son muchas las razones de los flujos migratorios

¿Y EL ALMA PA CUÁNDO?

En lo que respecta al alma, somos lo mismo: la identidad cultural, el compás geográfico, la memoria ancestral, la religiosidad popular, las necesidades, el asombro, los afectos.

Gabriel García Márquez, el más universal de sus escritores y el más colombovenezolano de nuestros intelectuales, brincó una y otra orilla muchas veces intentando siempre pasarle de ladito, o por encima, a su odiada Bogotá, la ciudad lúgubre, olorosa a hollín con llovizna permanente, de hombres de vestidos y sombreros negros, que fue, según sus propias palabras, la experiencia más amarga de su juventud, y cuyas élites godas y aristocráticas le hicieron tragar su afrenta tratándolo con el más absoluto desprecio.

Dijo, para referirse a esta Caracas de nuestros tormentos, que le abrumó durante varios períodos de estancia, entre los años 50 y 60, como reportero: “Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito, que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace 20 años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo”.

De hecho recibió el Nobel de Literatura en 1982 trajeado con un liquiliqui blanco, no por venezolanista, sino por un saludo al paisanaje de tierras calientes que ha hermanado siempre al pueblo colombovenezolano y su sentir caribe.

“Es la guerra”, me dijo una vez el poeta cartaginés (de la población de Cartago del Valle del Cauca) Víctor Bueno. Resumía el bardo, quien también cruzó la frontera hace muchos años para internarse en estos valles e inspirarse con los mismos paisajes dejados entre sus ríos y sus montañas, que la colombianización de Venezuela opera igual que la venezolanización de Colombia, donde se calcula que habitan ya, al menos, un millón de los de acá legales y no, con la triste diferencia de que el momento político ha generado unos brotes xenófobos inéditos. Si bien en el país siempre se ha llamado al colombiano y al andino en general con el remoquete despectivo de “gocho”, más como gesto de simpatía entrañable que como desprecio, al veneco (venezolano fuera de las fronteras) se le endilgan síntomas de latrocinio, pillaje, viveza y sinvergüenzura que solo sirven para generar tensiones y odios improbables, alimentados por élites interesadas desde la gran maquinaria imperial.

La soltura de un “friccionador de extremidades genitales”

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POR GUINDARSE EN LAS BOLAS DE POMPEO

Lo señalaba magistralmente el escritor William Ospina, otro colombiano imprescindible: “La mejor manera de admirar, de respetar y honrar a los Estados Unidos es temerles y no llamarse a engaños sobre ellos. Para ellos somos otro mundo: materias primas, selva elemental, inmigrantes, gobiernos que se sometan y firmen sin demasiadas condiciones los contratos. Y aquí nadie los ama tanto como los que se benefician de esos contratos. Muchos medios del continente han hecho un gran esfuerzo por convertir a los contradictores de Estados Unidos en los grandes equivocados. Lo han intentado con Cuba y más recientemente con Venezuela, hasta el punto de que sus elecciones victoriosas son elecciones siempre sospechosas. No importa que en Colombia compren votos o arreen electorados bajo promesas o amenazas: esta democracia nunca está bajo sospecha. No importa que los paramilitares produzcan en diez años 200.000 muertos en masacres bajo todas las formas de atrocidad: la democracia colombiana sigue siendo ejemplar porque los poderes de la plutocracia siguen al mando. Pero si alguien es enemigo, no de los Estados Unidos, sino de los abusos del imperialismo, eso lo hace reo de indignidad”.

Paramilitarismo, un mal endémico

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De allí que no sorprendiera demasiado el mensaje aquel: “#Cartagena | Hace 200 años el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial, por lo que recibir hoy su visita nos llena de alegría y de honor, precisamente este año del #Bicentenario, tan importante para nuestro país. #PompeoEnColombia”.

Por friccionarle las extremidades genitales (jalarle bolas) a Mike Pompeo, secretario de Estado de EEUU, en su paso por Bogotá a comienzos de enero, vía Twitter el mandatario colombiano Iván Duque repitió el oprobio atávico que dejó morir de mengua al Libertador, seccionó a la Gran Colombia y nos recordó, una vez más en estos 200 años, que los límites geográficos entre tierras hermanas son más un asunto de la imaginación de los políticos y poderosos que de la gente que es tan de allá como de acá.

De resto, las fronteras son de aire.

ÉPALE 311

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