ÉPALE264-OMAR VIZQUEL

POR GERARDO BLANCO • @GERARDOBLANCO65 / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

El largo camino de los atletas está marcado por bifurcaciones que pueden conducir hasta el templo de los inmortales o al piadoso olvido. Omar Vizquel y Richard Blanco representan la cara y el reverso de la moneda, ejemplos de esos caminos que se desnortan. El Campeonato Mundial Preinfantil de Beisbol de 1977, organizado por la Fundación Criollitos de Venezuela en Caracas, fue el punto de partida en su desempeño deportivo. Con apenas diez años, ambos mostraban condiciones excepcionales en el diamante. Vizquel era el campocorto de aquel equipo que se tituló campeón y en el Estadio Universitario de Caracas, donde años después se consagraría vistiendo la camiseta de los Leones del Caracas, ya mostraba sus manos de seda para atrapar la pelota y completar outs de feria.

Pero Richard Blanco no era menos. Flaco y espigado, jugaba al lado de Vizquel en la tercera almohadilla, donde exhibía las cinco herramientas que pedían los cazatalentos en sus pesquisas de futuros Grandes Ligas. Richard era dueño de un brazo poderoso, agilidad felina para decapitar batazos hacia cualquier lado del terreno, rapidez para correr las bases y podía conectar sencillos o tablazos de largo calibre. Su habilidad para atrapar la pelota hacia la raya de cal recordaban por esos días la defensa imperturbable de Brooks Robinson, aquel extraordinario tercera base de los Orioles de Baltimore por quien siempre sentimos una particular antipatía, pues con sus sensacionales atrapadas había acabado con los Rojos de Cincinnati del “Rey” David Concepción en la Serie Mundial de 1970.

Nacido en la clase media de El Cafetal, Vizquel desarrolló su talento hasta completar 24 temporadas en las Grandes Ligas y convertirse en una de las leyendas de los Leones del Caracas, al lado de Alfonso “Chico” Carrasquel, Antonio Armas, Luis Peñalver, Baudilio Díaz, Bob Abreu y Andrés Galarraga. Este año apareció por primera vez en la votación para el Salón de la Fama de las Grandes Ligas. Sacó 37% de apoyo y posiblemente en 2021 pudiera unirse a Luis Aparicio como el segundo venezolano en tener una placa en el templo de Cooperstown.

En el barrio El Carmen de Sarría, el talento prodigioso de Richard para el beisbol sucumbió al virus del baloncesto que desde 1974 contagió a todos los chamos de los barrios caraqueños. Y quienes vimos jugar a Richard no dejamos de repetir que era una versión criolla de Julius Erwing, el “Dr. J” de los Nets y los Sixers de la NBA. Antes de que se trazara la línea de tres puntos, Richard metía cestos desde más allá de los 6,75 metros. Conducía, pasaba la pelota, detenía el tiempo con sus flotes hacia el canasto o se la clavaba en la cara a los rivales. Pero un accidente de moto le truncó la carrera en la cancha, luego de que debutara con los Ahorristas del Caracas en la Liga Especial. No será exaltado a ningún salón de la fama en el norte, pero en las comunidades de Sarría, Pedro Camejo, Simón Rodríguez y Pinto Salinas tiene un templo de inmortal en quienes recordamos su insuperable talento.

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