POR TATUN GOIS • @LASHADAS1974 / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

ÉPALE261-SOBERANÍASEl pasado diciembre una amiga querida me invitó a su casa para celebrar la llegada del espíritu de la Navidad. Al llegar, tras el consabido abrazo y la entrega de la ofrenda a la mesa del convite, mi amiga me llevó al sofá y, mirándome a los ojos, como esperando un diagnóstico médico, me dice sin preámbulos: “Marica, creo que me echaron una brujería…”. Tras lo cual (y como quien confiesa un guardado) respiró aliviada. Y guardó silencio.

Mientras tanto, escuchaba a mi pobre cerebro procesando la información porque en momentos así, y sobre todo cuando se tiene aprecio por la persona, conviene tener tacto. La conozco, y sé que es tan genial como susceptible. Quitarle importancia a su sentencia hubiese generado un problema entre nos (ha pasado). La miré con toda la seriedad de la que fui capaz y le pregunté: “Coño… y ¿por qué dices eso, manita?”. Ella se acomodó en su asiento y en un agónico susurro me responde: “Tienes que leerme las cartas, o echarme las runas, yo sé lo que te digo. Mana, tú sabes que yo amo a mi marido y que me trae loca desde el liceo… y me puedes creer que ya no me provoca tener sexo como antes. Además, duermo menos. Tienes que ayudarme”.

Yo, frunciendo la boca, la miré aguantando el aire y le solté sin muchas vueltas: “¡Ay manita, qué brujería nada!, eso es la edad, vainas del climaterio”. Ella reaccionó como si la hubiese golpeado, se llevó la mano al pecho: “¡¿Tú me estás diciendo vieja… a mí?!”. Respiré resoplando, anticipando la pataleta.

“No, no te lo estoy diciendo a ti, porque tenemos la misma edad. Estoy diciendo que lo que te pasa es normal, que ya llevamos un ratico en la cuarta década y que vamos rumbo a nuevos cambios. No te estoy diciendo vieja a ti, te estoy diciendo simplemente que no tengo que leerte nada, porque me pasa lo mismo. Que, incluso, ahora dependo de los lubricantes vaginales como de los oculares. No te echaron nada, lo que nos pasa es la vida”. Ella, en shock, se me quedó viendo perdida dentro de sí y con la boca abierta, y cuando terminé de hablar me respondió en un tono que no admite discusión: “Ningún, ningún la misma edad. Tú eres un año mayor que yo. Y estoy segura que me echaron algo, así que deja de ver a Carlos Fraga y léeme las cartas para quedarme tranquila, ¿sí? Que yo me siento en mi mejor momento”. Asentí, nos reímos y acordamos cita para la lectura.

Claro que pega el “señora” que le dicen a una —¡uy… me choca!—, pero es parte del proceso y madurar también tiene sus bondades. Y a partir de los 40 será nuestro mejor momento. Entre otras cosas, porque ahora sabemos elegir de verdad y sin complejos lo que queremos. Asumámonos y llenemos de vida los años.

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