Vivir en el cerro

Publicado en Épale N° 89 el 20 de julio de 2014

Por Gustavo Mérida

No hay luz. Es febrero de 1989 y desde el cerro, en La Bandera, Juan enciende una linterna. Se asoma por la ventana, una ventana de esas que se abren bajando una palanca y que, en lugar de vidrios, tienen metal. La linterna apunta a los callejones, a otras casas y se diluye en la avenida Nueva Granada. Se oye la ráfaga de un FAL. Un par de proyectiles atraviesan la ventana. Juan apaga la linterna, se tira al suelo y se sorprende de estar vivo. Ya no se vuelve a asomar.

Los cerros están unidos desde más allá de las paredes sin frisar hasta más acá del proyecto tricolor, desde más allá de El Valle hasta más acá de La Bandera. En El Cementerio, te puedes perder en Los Alpes.

En 1° de Mayo el hilillo de agua putrefacta y verde bajaba sin prisa y sin pausa. Era mediados de 1977. Ya los cubanos tenían rato ayudando a los angoleños a dejar de ser colonia y Oscar Torres, de Los Sin Techo, el barrio de al lado, tenía seis meses de edad. Juan no lo conoció personalmente pero sí a su familia, conformada por algunos albañiles y un maestro de obras con quien competía para beberse más rápido las cervezas.

Alguna vez, desde la ventana, otra ventana en el cerro, cerca de la medianoche y acabando de entrar, Juan se animaba a despegar el cable y le daba vueltas al bombillo como un vaquero de los Estados Unidos cuando va a enlazar. En realidad lo hacía desde la cornisa, pero no sabía que se llamaba así. Desde la avenida Roosevelt su novia respondía apagando y prendiendo el bombillo de su balcón.

Esas señales eran puro romanticismo entre la clase media y la otra clase. Y Juan olió pega en otro cerro de El Cementerio, y un perro casi le muerde las nalgas, y desde las cornisas (que es lo que sobra en los cerros) vio la ciudad allá abajo, a través de amaneceres, oyendo rock and roll y a Alí Primera con su pana del liceo, Binder, quien tenía las orejas como murciélago y el pelo impermeable.

En su casa comían —o asaltaban la nevera— caraota con espagueti y huevo frito, todo revuelto. Pan con sabor a cucaracha que no sabe tan mal cuando tienes hambre. Comer directo de la olla o la sartén te ahorra fregar o que te formen un peo por no hacerlo. La abuela de Binder les permitía, solidaria, ciertas conductas porque, desde entonces, las abuelas preferían que uno se quedara en su casa y no anduviese realengo. En el cerro siempre, siempre, donde come uno comen dos, donde comen dos, tres, y así sucesivamente. Cuando, después de la tercera cerveza, tienes que orinar, meas justo en el desagüe, porque así no se arrecha la gente que pasa por ahí.

Bañarse con tobito, quitarse el jabón azul (que también sirve para el pelo), comprar la bombona de gas y volver a llenar los tobos de madrugada. Comprar la bombona de anís.

Cargar agua es un ritual. Equivale a ir a un museo a meditar. Piensas mientras ves el chorrito, doblas la manguera y te mudas para el otro tobo; te hueles los dedos y todavía te huelen a esa totona especial que huele igual pero diferente.

Los domingos le compras empanadas a la señora Petra, que las hace bien sabrosas y con la masa finita. Te las llevan hasta tu casa sus hijos, que andan con los platos por el cerro dejándolas y luego pasan buscando el plato y la plata.

En diciembre comes en cuanta casa te invitan y comes que jode porque a nadie le gusta que no coman lo que ofrecen. La pobreza se diluye entre tanta hallaca y pan de jamón.

También atracaron a Juan: le quitaron una vez cincuenta céntimos, que era todo lo que tenía justo antes de subir las escaleras que casi terminaban en el cielo. Y Juan se creía poeta:

La vida sin luz, sin madrugadas, sin pensar la poesía inscrita en los anaqueles la juvenil esperanza de alguna circunstancia y cogerte a tu mujer por el culo o meterle el dedo en el culo y cogerla por [delante y por detrás. Desde el cerro se mira a Petare desde Petare en la tarde se mira basura y más basura mientras compras el pan. Para la iglesia un monaguillo es la alimaña necesaria. En el cerro tomas de pico la poca agua de la [nevera y te arrecuestas, y te agachas y te arrebatas [agachao. Y no todos lo hacen.

Subir el cerro a pie tiene un ritmo variable de trasnocho, de cansancio, de esperanza, de enamoramiento, de familia. De deseos de no subirlo, de mirar la televisión o masturbarse en silencio. Una vez arriba, en la seguridad del callejón, tu callejón, o de la esquina (porque también hay casi tantas esquinas como cornisas), te vacilas la existencia. La gente se conoce. Se saluda con la consabida, y masculina, elevación del mentón y se inventan excusas para comprar en la casa, que también es abasto, donde no te fían nada porque te la pasas rondando ya que allí vive esa muchacha tan bonita.

Cuando llueve baja toda la basura, colchones y se hace un río que se atraviesa. Y si llueve muy fuerte hasta baja un cuerpo muerto que se llama, también, “peluche”.

Antes que amanezca baja la gente, recién bañada y enratonada, ellas con el pelo mojado, negro y sabroso. Los yises suben vacíos a esta hora y se forman enormes colas de gente que madruga, quienes, según, son puros fl ojos. Flojos porque son explotados y quieren huir a las cinco de la tarde. Flojos y ladrones porque nos rebuscamos.

Reivindicamos la explotación y por eso me tumbo las pinturas, las resmas, las propinas, ¿o no? Porque cuando le dieron el destornillador de pala y le dijeron: “Trae cuatro tazas”, él fue y se paró frente al carro, puso el destornillador y casi saca la primera, pero no se atrevió. Esa orden de iniciación no se la dieron en el cerro. Se truncó el apoderarse de lo ajeno como forma de conseguir billete. Pero hay que revisar qué es lo verdaderamente ajeno, porque al maldito que cobra comisión por venderte un carro de venezuelaproductivaautomotriz. mppi.gob.ve no le pertenece, realmente, ese dinero. Porque no es un rebusque. O el otro maldito hijo de puta que consigue dólares a menos de diez, escribiendo cualquier documento y cargándolo en un maletín, para luego venderlos a más de 70. A ese provoca pegarle un quieto.

Y hablando de pegar quietos, aprovecho esta perorata sin fe de erratas para escribirle un mensaje al hampa. El hampa lee la prensa, hojea revistas, va al cine, sale con la jeva. Alguna vez Richard Peñalver dijo que “el hampa está con Chávez”. Cada quien elige cómo ganarse la vida. Si lo tuyo es ir pendiente de tal, bueno, es tu peo. Hay una vaina que se llama chavismo que te invita, de pana y todo, a otra cosa. Pero si decides seguir, he aquí lo revolucionario: el cachazo. Duro. Contundente. No quites una vida por una mariquera. No siempre es fácil entender que “quieto es quieto”. Por nerviosismo, porque le costó que jode ganárselo o por lo que sea, es posible que la reacción —de alguien que a lo mejor está pelando más bola que tú— no sea quedarse quieto. Si sucede, no tienes que disparar. Le dices que no te vea y le clavas un cachazo duro, durísimo, en la cabeza. O dos, o tres. Se la rompes pa’l coño. Y el tipo se va con el güiro roto pero se lo puede contar a su mujer y abrazar a sus hijos en la noche. No le quites esa vaina. No seas tan coño ’e tu madre.

Ahora hay Mototaxis.

 

ÉPALE 382