Vladimir Quintero bautiza su Vladitimba

El veterano percusionista acaba de presentar su primera producción discográfica, después de unas tres décadas colaborando con otros proyectos. A través de distintas plataformas se puede disfrutar de esta obra cargada de latin jazz con afrovenezolanidad

Por Mercedes Sanz  ⁄ Fotografías Kerrwitg Pérez

Donde hay percusión hay sabor. Donde hay sabor hay magia. Esa energía es la que transmite Vladitimba, la ópera prima del músico caraqueño Vladimir Quintero. Por cierto, es un admirador de Carlos “Nené” Quintero y toda esa dinastía musical de San Agustín, pero no es parte de esta familia: “Es una bonita casualidad que mi apellido sea Quintero. Tengo una relación especial con esta parroquia. Fui alumno de Faride Mijares y Jesús ‘Totoño’ Blanco”, aclara el percusionista, quien vivió en Coche.

Hablamos de un músico con unos 30 años de camino recorrido, que tocó con Alberto Naranjo, Gerry Weil, Los Gusanos, Guaco y pare de contar. Con gente de diferentes tendencias musicales. Digamos que es un percusionista de sesión, de esos que trabajan más para otros que para ellos mismos.

Es este álbum debut colabora una serie de músicos reconocidos como César Orozco, Carmelo Medina, “Chipi” Chacón, Rafael Greco, Santiago Bosch, Diego Paredes y otros más. Quintero se tomó su tiempo para producir el disco que quería hacer.

—Para quienes no te conocen, ¿cómo te inicias en el arte musical?

—Bueno, mis inicios fueron de esa situación intuitiva, tu gusto por la música, tus ansias de repetir lo que oyes. Estaba en segundo grado y estaba pegado Pedro Navaja, y esa marcha de Eddie Montalvo me quedó grabada como un loop. Entonces, yo trataba de repetir ese sonido con los pupitres. Y fui creciendo con esa inquietud. Luego, mi papá me regaló un bongó cuando tenía 12 años, y empecé de forma autodidacta. Ya como para el año 1989, cuando entro en la UCV a estudiar Comunicación Social, asisto a conciertos, a conocer a músicos de la Escuela de Artes. Allí conocí a Los Gusanos y terminé tocando con ellos. Tomé clases con Alexander Livinalli, con Alberto Borregales, y seguí estudiando.

—¿Por qué tanto tiempo para hacer tu disco debut?
—¡Eh, a ver! La tardanza del disco fue porque las cosas surgen por necesidad. No estaba puesto en mis metas. Mi meta era desarrollarme como percusionista. Por eso he logrado tocar con tanta gente. Lo del disco salió después de haber sido sustento y base de muchos proyectos, y ya era hora de tener mi propia ópera prima. Y sí me tardé en hacerla, porque no fue un proceso sencillo. Siento que se parece a mí.

—¿Por qué hacer un disco de jazz latino?
—¿Por qué hice el disco de jazz latino? —en tono pausado y pensativo—. Es una linda pregunta. En esta carrera tuve la oportunidad de tocar con músicos de jazz latino y con grupos que tenían como bandera llevar adelante la expresión afrovenezolana al ámbito mundial. Y una de las cosas es que la percusión venezolana está reflejada en esta obra. Y yo crecí escuchando a “El Pavo” Frank, Tito Puente, “Mongo” Santamaría, Ray Barretto y más gente.

Un percusionista que da la clave del jazz.

—Háblanos del tumbelenque
—El tumbelenque es un instrumento que uso en el tema “Otro cuento”. Es un nombre que le puse a un tambor que vimos en Maracaibo. Andaba con Yonys Flores, tamborero de Guaco, y él me dijo: “Mira eso, se llama tumbelenque”, pero era para echarme broma (risas).

—¿Y en qué consiste?
—Bueno, es un pipote de unos 300 litros de agua, que lo modifiqué: le atornillé otro tobo de agua mineral, de plástico, y le diseñé un arnés para percutirlo caminando. Era para hacer un show de percusión tipo Stomp —el grupo de percusión—, y se volvió un instrumento de mi uso. Cuando se necesitaba un instrumento que sonara grave, lo llevaba. En el disco Guajiro, de Guaco, hay un tema donde lo toco.

—Ya bautizaste tu primera placa. ¿Próximos pasos?
—Estoy preparando varias ideas para este primer disco. El siguiente paso es el segundo disco, y ya tengo composiciones.

ÉPALE 392