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Foto Enrique Hernández

PUEDE QUE SOLO SEA ESO QUE DICEN LOS PERIODISTAS: “EJERCER EL DERECHO AL VOTO”. PERO EL 20 DE MAYO HUBO QUIEN SE SACRIFICÓ, CON GESTOS DOMÉSTICOS DE FELICIDAD Y RESISTENCIA, PARA SELLAR SU COMPROMISO CON LA PATRIA. MAYIRA FUE UNA DE ELLAS

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO

Cuando por fin votó el domingo 20 de mayo, como a las 5:55 de la tarde, sintió un alivio en su apretado corazón.

Mayira es una madre entrenada en los azares de la Guerra Económica, mártir de los precios bajos, catedrática del trueque, histrión de las hamburguesas de lentejas y los paté de sardina para untar las arepas, que cría a dos hijos al borde del abismo cotidiano pero con una sonrisa abierta y desafiante, y la certeza de que sus actos de resistencia darán, al final del día, los mejores frutos.

Ha militado durante los últimos tres años en la supervivencia extrema, en un país lacerado por los índices de inflación más altos del planeta y, por tal razón, es una master chief.

El sábado en la mañana hizo un rápido paneo de las condiciones ideales para cumplir con esa misión histórica: las 15 votaciones presidenciales libres de Venezuela desde que se inició la carrera electoral en 1947. Era, según su cuenta, la octava vez que votaba por presidente en su vida, sexta desde que le entregó su dictamen enamorado a Hugo Chávez Frías en 1998.

Aún llora por el Comandante, sobre todo cuando captura por la televisión, casi siempre al azar, el documental Los amigos de Hugo, todos somos Chávez, que hace un recorrido nostálgico a través de los hitos inaugurales del Chávez niño, el de Barinas, que pone a sus amigos en primera fila a contar cómo se forjaron los ideales justicieros del veguero de Sabaneta. Al final, cuando habla su compadre Emilio José Hernández, un cacique con aspecto regañón a quien se le quiebra la voz y ni siquiera logra acabar su testimonio, a ella le atraviesa por el cuerpo un frío glacial que le dispara los lagrimones ahogados y esa tristeza honda que no la abandona desde aquel maldito martes 5 de marzo de 2013, cuando a las 4:25 minutos de la tarde, tratando de llegar a su hogar en autobús, escuchó por la radio la infausta noticia.

El arqueo preventivo no era más que una disección elemental de la rutina: llevar suficiente efectivo para los pasajes de autobús y los imponderables (una maltica, por ejemplo). Saldo en el teléfono y, sobre todo, señal. Un acuerdo tácito con la comadre, por si hay que llegarse al centro de votación en cola o encaramada en la parte trasera de un 350. Internet para ir monitoreando las redes y colgar alguna foto grupal de estricto rojo retador. Dejar a los niños con el almuerzo listo, por si se le complicaba regresar temprano. Cédula —vencida— a la mano, ya que se le hizo imposible renovarla en alguno de los operativos que desplegó el Saime por esos días, debido al gentío que andaba en lo mismo.

No era asunto de fe ciega, adoctrinamiento o disciplina de partido, era que no quería salir a votar con resaca, por lo que intentó evitar la tentación de beber con sus amigas de la cuadra entre chismes preelectorales y los cálculos estadísticos de los posibles resultados, a través de una “polla” que organizaron las mujeres sin sus maridos a 10.000 bolívares la participación. Su estimado fue de 8.200.000 votos, tomando en cuenta los 8.000.000 del resultado de hace casi un año para la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, los 6.000.000 fijos inscritos en el PSUV, el intento del 1×1 y restando el desgaste de este año, que ha sido demoledor para el Gobierno.

Un espíritu épico se adueña del ánimo del votante venezolano. Foto Jesús Castillo

Un espíritu épico se adueña del ánimo del votante venezolano. Foto Jesús Castillo

¿NI PA UNA?

Cuando nuevamente recobró la conciencia eran las 3:30 de la madrugada y se encontraba atrapada entre otro chute de cocuy y la quinta ronda de “La tirana”, el clásico de La Lupe, coreada a rabiar por media docena de damas enardecidas y despechadas en el fondo, que renegaban de los hombres pero auspiciaban un mejor destino para el país en este nuevo período presidencial: “Gane quien gane, Urano entró a regir a Venezuela, y eso indica prosperidad económica para el país… salud”, soltó Seleene desde la trastienda de la curda. Las demás la miraron feo.

La despertó a las 5 en punto el estruendoso toque de diana, que retumbó en su cabeza como al interior de una campana. “¡Qué hijos de puta!”, se dijo una y mil veces mientras su cerebro trataba de dilucidar, entre las telarañas del ratón, el origen de ese escándalo electoral que se repite antes de salir a votar, cada madrugada, desde que tiene memoria.

Se cubrió con la cobija hasta la cabeza, sabiendo que ya no podría conciliar de nuevo el sueño. El cielo aún era una hoguera de estrellas, tan inflamado como los cielos sobre Todasana.

CUANDO NUEVAMENTE RECOBRÓ LA CONCIENCIA ERAN LAS 3:30 DE LA MADRUGADA Y SE ENCONTRABA ATRAPADA ENTRE OTRO CHUTE DE COCUY Y LA QUINTA RONDA DE “LA TIRANA”, EL CLÁSICO DE LA LUPE, COREADA A RABIAR POR MEDIA DOCENA DE DAMAS ENARDECIDAS Y DESPECHADAS

Encendió la tele y montó la ollita del café para el primer guayoyo —y el único— antes de arrastrarse como una autómata con sus heridas de guerra, escuchando y viendo todo en duplicado, ralentizada en sus movimientos y ahogando las arcadas de amanecida con un totumazo de agua fría, porque ni siquiera hoy, que es día de fiesta, Hidrocapital le permitió reestrenar la ducha después de muchas semanas de sequía en el barrio.

Aparecieron los primeros periodistas a repetir esa letanía, que parece que no encuentra sinónimos en nuestra riquísima lengua: “Hay que salir a ejercer el derecho al voto”, una y otra vez hasta el hartazgo, como esa expresión que repiten todos como maniquíes con panqué antes de darle el pase a un entrevistado: “Escuchemos parte de sus declaraciones”.

A las 7 en punto agarró la calle andando sobre brasas calientes, con la esperanza de conseguir un carrito diligente que la llevara al centro a sufragar. La cola de la parada era más o menos hostil, pero peor fue la ausencia culposa de camioneticas, que no dieron luces de sí sino hasta media mañana. A esa hora ya había recorrido 10 kilómetros a pie hasta enterarse, por los corrillos de las aceras, que solo estaban trabajando dos autobuses, cobrando 5.000. “¿Se monta o se queda?”.

LOS MÁS COMPROMETIDOS

Llegó a su centro con la lengua sobre el asfalto y ahogada en sudor, deseando un trago de algo frío y dulce para recuperar electrolitos. A falta de una cerveza, por la “ley seca”, peló por un refresco de uva y —cómo desperdiciar el acontecimiento— una empanada de carne molida con suficiente guasacaca por Bs. 250.000, en el quiosco La Abuela, donde tienen la mejor sazón.

Una mueca cercana a la sonrisa por fin le iluminó el rostro, pero no duró demasiado cuando vio que la cola lucía amenazante, doblando una esquina hasta adentrarse en la avenida principal, donde los abuelitos eran los primeros en disputarse, disciplinados, ese ejercicio liberador de darle la vuelta a la herradura para estampar su voto, con esa seguridad comprometida de los que saben que están dejando un legado heroico a la épica doméstica del país.Los milicianos de la reserva tenían su propio bochinche armado, tratando de organizar la cola con esa tersura sabia de los abuelos que pretenden ser severos y terminan consintiendo a sus nietos, permitiendo que se establecieran tres colas confusas e impenetrables a la vez, entre risotadas complacientes.

Intentó mantenerse en fila y llegar hasta el final de aquel desorden intermitente, pero salió a saciar su sed y se adentró en la cartografía cadenciosa de la ciudad que ya ofrecía, en un resquicio del pecado, una birra helada y el encuentro festivo con tres compañeras de la chamba, quienes estaban en pos de la misión de hallar un trago frío en pleno mediodía, antes de votar.

LOS MILICIANOS DE LA RESERVA TENÍAN SU PROPIO BOCHINCHE ARMADO, TRATANDO DE ORGANIZAR LA COLA CON ESA TERSURA SABIA DE LOS ABUELOS QUE PRETENDEN SER SEVEROS Y TERMINAN CONSINTIENDO A SUS NIETOS

Al regresar a su puesto, que llevaba marcado con la anuencia de los compañeros de cola, Mayira notó un aire opresivo en el ambiente, como de cosa grave y diferida. Uno de los coordinadores de centro de votación acababa de fallecer de un infarto fulminante en un centro electoral vecino, por la rabieta que agarró al no llegar la logística de sus muchachos. Luego, el caos quiso adueñarse del ánimo luctuoso del momento y una mujer con una hija, supuestamente con discapacidad neurológica —curiosamente de tetas y culo operados—, pretendió colearse, después un hombre portando un carnet y más atrás un concejal.

Convencida de que aquello no estaba en su mejor momento, decidió abandonar la espera y retornar a casa, en cola, a almorzar y reponer energías para regresar a sufragar como Dios manda, cuando bajara el chichón de sol.

Si algo homérico encierra el compromiso es, precisamente, la ilusión del deber cumplido. Es, en esencia, la manera más básica y sutil de ejercer un acto heroico, sin que haya pérdidas que lamentar ni constituya una afición excéntrica.

Tras un leve descanso en el hogar y la convicción de que un llamado le hablaba a ella, escuchó a los dirigentes por televisión instando a la remontada, ese emplazamiento que nos pone a todos nerviosos porque, dicho de manera urgente, suena a que vamos perdiendo, o que la cosa está fea, o que hay que echar el resto antes de que nos joda el contrario. Allí recibió el mensajito de texto: “Los centros siguen abiertos, sal ya a votar por la Patria, el futuro de Venezuela está en tus manos, todos al remate perfecto…”.

En su calle alguien pintó sobre el pavimento, nadie sabe cómo ni cuándo, una inmensa inscripción de letras blancas que sencillamente advertía: “NO VOTES”.

Los abuelos, los más comprometidos de la jornada. Foto Javier Campos

Los abuelos, los más comprometidos de la jornada. Foto Javier Campos

PLAN B

Habló con la comadre y, como habían establecido en la hoja de ruta del plan B, procuraron un empujón que la depositó de nuevo en la mesa 5 de su centro electoral, donde quedó a pocos pasos de culminar su cometido.

Vana ilusión que se frustró tempranamente tras el anuncio de que la máquina presentaba desperfectos y esperaban la autorización del Consejo Nacional Electoral para habilitar la de repuesto.

La espera se saldó ladeando los puntos rojos más cercanos, donde departió con algunas viejas conocidas, indagando entusiasmada sobre el supuesto bono de los Bs. 10.000.000, para descubrir fatalmente que aquello como que era puro cuento chino.

Se fue esquineando, como quien busca oxígeno entre los palmos de sombra de una ciudad derretida por los calores de mayo, y, como quien no quiere, en un acto de resistencia en nombre de la felicidad, estaba frente a la bodega de las flores brindando a la salud de todos los presentes, con dos o tres más quienes auguraban un triunfo aplastante, pero aleccionador, necesario para fortalecer la Revolución. Como recitando un juramento ecuménico, una voz que desconocía desde su interior se aventuró a conjeturar los caminos de Venezuela en esta hora definitiva, y venga otro trago, “por ellos, aunque mal paguen”.

“Es que ahora sí que sí”, fue lo último que pronunció antes de mirar la hora y advertir que en 15 minutos cerraban las mesas de votación. ¡15 minutos entre el destino de la Revolución y la habladera de paja!

Hay ciertas trampas del destino que se agitan como un murmullo de plumas. Solo quien está dotado de poderes mágicos es capaz de revertir su suerte y escapar de esos extraños desvaríos. Como pudo, salió huyendo de aquel merendero como la esposa de Lot, sin mirar hacia atrás para no convertirse en estatua de sal, y recogió sus pasos hasta el lugar donde debía sellar su saldo con la Patria: lo logró, es verdad, pero tuvo que echarle ovarios.

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