“Vuelta a la patria”

Por María Eugenia Acero Colomine / Ilustración Erasmo Sánchez

“Caracas, allí está; sus techos rojos,

su blanca torre, sus azules lomas

y sus bandas de tímidas palomas

hacen nublar de lágrimas mis ojos”.
Vuelta a la patria

Nadie es profeta en su tierra. Pareciera que el amor ferviente al terruño fuera causal suficiente para expulsarte de ahí y mantenerte orbitando alrededor del hogar que nunca podrás habitar. Algo así le sucedió al poeta Juan Antonio Pérez Bonalde. Su vida nunca fue estable. Antes bien, fue un juglar errante que se refugió en la poesía, en medio de sus muchos viajes y de vivenciar tragedias personales, precisamente ligadas al hecho de no encontrarse en Venezuela.

El exilio llegó a su vida desde muy temprana edad. Sus padres eran liberales y, por esta razón, debieron huir a Puerto Rico en plena Guerra Federal. Es la Isla del Encanto la que le suministra insumos intelectuales, los que abraza para siempre. También abrazaría el amor por los idiomas: aprende inglés, alemán, francés, italiano, portugués, griego y latín. Ese aprendizaje no solo lo convierte en traductor (llega incluso a traducir a Edgar Allan Poe), sino que el conocimiento de otras culturas hace que su estilo sea de avanzada, tratándose de un poeta hispanoamericano.

En 1864 vuelve a Venezuela. El ambiente político se había suavizado y le era posible transitar en casa. Sin embargo, por haber escrito una sátira contra Antonio Guzmán Blanco fue expulsado del país. Tras el impasse, se asienta en Nueva York y trabaja en una fábrica de perfumes, con la que viaja por muchos países. Aún así, nunca dejó de escribir poemas.

En el exilio sufre la muerte de su madre con gran pesar, ya que ella se encontraba en Venezuela. Logra volver en 1876 tras arduos sacrificios. Este segundo regreso a Venezuela es aún más corto que el primero. El presidente Alcántara muere el 30 de noviembre de ese año 1876. Guzmán Blanco vuelve asumir el mando de la República y Pérez Bonalde debe tomar de nuevo el camino del destierro. Sin embargo, la breve alegría de retornar a casa, la vista, sumada a la desaparición física de su mamá, le inspira a escribir el poema Vuelta  a la patria. Este poema recoge todo el sentimiento represado en el poeta, y es tanto emotivo como hermoso. El poema está contenido en el libro Estrofas.

En 1879 se casa con Amanda Schoonmaker. La unión de esta pareja es desafortunada. En el dolor del exilio nace una hija, Flor. El poeta concentra en ella sus afectos y alegrías, al punto de publicar su segundo libro de poesías originales: Ritmos, conjunto de 35 poemas en donde aparece Poema del Niágara, una de sus más celebradas composiciones. Le espera, sin embargo, un rudo golpe: la niña fallece en 1883. De esta trágica circunstancia brota esa conmovedora elegía que lleva por título Flor, además del poema “Gloria in Excelsis”. No vuelve a publicar libros de poesía propia.

La patria finalmente busca retribuirle por sus trabajos poéticos y decide darle un rango diplomático, pero la enfermedad le impide asumir el cargo. Su retorno final cierra el ciclo de una vida frustrada por no haber podido vivir en Venezuela y muere en La Guaira, en 1892. Lamentablemente, su tierra tampoco le dio tributo. Si bien reposa en el Panteón Nacional, en Catia, la estación Pérez Bonalde es un recodo lleno de cualquier cosa menos de poesía, y su plaza está sumida en el abandono. Aparte, la misión Vuelta a la Patria no trae precisamente a patriotas de regreso, sino a afortunados migrantes arrepentidos.

ÉPALE 358