We are the world

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

La industria cultural, ese concepto elaborado en los debates filosóficos de la vanguardia progresista que se arropó bajo el mantra de la escuela de Frankfurt, nunca había sido tan pertinente como ahora para entender cómo actúa la distracción en un país que intenta distanciarse del hegemón.

Partamos de la siguiente idea: lo distinto es incómodo, disonante, más aún, cuando el objetivo de un país-estado-mercado es estandarizar los gustos y saberes de sus gentes en el marco del sistema-mundo occidental. De eso se trata la globalización.

Es más fácil vender una camisa de marca y una convicción, si todos aspiramos más o menos a lo mismo, lo que convierte a la tarea de persuadir en un ejercicio mucho más eficiente. Nos quieren dóciles, es decir, pendejos.

Los mercenarios

Hay gente que cobra por eso. Pero, como por aquí pasó Chávez, termina siendo muy fácil para los venezolanos y venezolanas verles las vestiduras. Aunque te vistas de seda, catirito-imperial te quedas.

José Roberto Duque, articulista maestro, pone el dedo en la llaga: tiene un olfato afinado para detectar esas fisuras y apunta, incluso, a la nostalgia, una manera muy generalizada de advertir que todo tiempo pasado fue mejor.

Con ello nos venden la idea de que el presente es irremediablemente peor que lo que pasó, lo que pone un freno a la idea de futuro, el fin de la historia, más sí se trata de un entrenamiento para la liberación de los pueblos como fue desde el principio la Revolución Bolivariana.

Sí, los productos de la factoría neoliberal son seductores por asépticos. Se mercadean con un paquete de colorines y diseño industrial que le hacen agua la boca a cualquiera.

De allí que el entramado que conforman el colonialismo, el patriarcado, la homofobia, el racismo, el capitalismo, el machismo, etc., se trasfiere más rápido si viene empaquetado en “una buena película”, una “bonita canción”, un libro “chévere”, un concierto en la frontera, un centro comercial ventilado.

No sorprende, por tanto, que el diario inglés The Guardian en su edición del 27 de mayo pasado, haya revelado una serie de documentos desclasificados donde se demuestra que Estados Unidos financió a grupos de rock en Venezuela, para grabar canciones que promovieran la “democracia” y socavaran el Gobierno de Hugo Chávez.

Fueron más de diez las bandas que en 2011 recibieron plata ($ 22.970 en total) de la tenebrosa National Endowment for Democracy (NED), para producir canciones antichavistas, como intentó la USAID en Cuba con el hip hop y como han pretendido todas las agencias en el mundo entero con el reguetón.

Ni es nuevo ni necesitábamos documentos desclasificados para saberlo. La prueba más palpable de tan infantiles pretensiones la obtuvimos el 22 de febrero de 2019 en el puente internacional Las Tienditas, frontera colombo-venezolana, con el patético concierto Venezuela Aid Live que financió el millonario Richard Branson y que ofendió a todo el mundo, no por antipatriótico, sino por esperpéntico y aburrido.

Pero ojo, no sólo es la música: se financian películas con el peso de las multinacionales, canales con la mala intención a flor de piel, libros de autoayuda antiroja, disfraces de carnaval y juguetes, fotógrafos y fotografías, actores y actrices conmovidos, influencers anónimos, youtubers deshilachados, etc.

Todos, eso sí, con la belleza absurda de lo ideológicamente antagónico, a ver si así se nos quita lo bailao. Y ni así.

ÉPALE 375

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